Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Tus luces sobre mí #2
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Tus luces sobre mí #2

—¿Te molestó que yo tuviera razón?

—No, lo que me molestó fue que mi juicio se nublara en tu presencia. No dejo de pensar que si no hubieras sido tú quien me hubiera presentado el caso, quizás me habría detenido un poco más a valorar esa posibilidad —le respondió.

—Eso que dices es muy peligroso, Adam.

—¿Y tú crees que yo no lo sé? Estaba molesto porque no me habías buscado en todo el día… Luego te pusiste un poco soberbia y creo que me bloqueé. No sé, no sé qué me pasó — le dijo bajando la mirada.

Pero Sofía iba comprendiendo, recordaba las palabras de William. Eso no le gustaba nada… Apretó los labios e hizo silencio. No era lo que ella esperaba.

Adam prosiguió:

—Es la primera vez que vivo un momento tan incómodo, incluso humillante, en el trabajo.

Y lo que más me dolió no fue eso, sino tu frialdad, tu distancia.

Entiendo que tenías motivos, lo entiendo.

Pero yo… —se detuvo un segundo, buscando aire antes de lanzarse— no quiero seguir fingiendo que esto no importa.

Se quedó inmóvil, la miró con los ojos brillosos y dejó caer los hombros en un suspiro corto:

—Sofía, creo que me estoy enamorando de ti.

Las palabras cayeron como una descarga. Ella abrió los ojos, sin respuesta.

Parte de ella lo había esperado, pero otra no estaba lista para recibirlo sin defensa.

Menos aun cuando en su memoria seguía viva la frase «fue que mi juicio se nublara en tu presencia», que la aterraba.

Porque si algo definía a Adam era su lealtad a la brillantez, a la coherencia, a su juicio quirúrgico impecable.

Y en el momento en que él decidiera que ella interfería en eso… la sentencia estaría dictada.

Adam notó que algo en el rostro de Sofía se fracturaba, y creyó que había sido su declaración, pero no retrocedió.

—No tienes que decir nada —agregó, acercándose con una calma feroz—. Solo quería que lo supieras. Para mí esto no es un juego, no es un pasatiempo. Sí, soy orgulloso, a veces torpe para expresar lo que siento. Pero quiero que esto funcione. Quiero aprender contigo cómo se hace.

«Aprender conmigo, dice» «¿Quién coño le dijo a él que yo sé cómo se hace?»

El silencio entre ambos se volvió físico.

Sus cuerpos se adelantaban a cualquier intento de pensar con claridad: pupilas dilatadas, piel en vilo, la respiración de ella alterada, la de él, contenida.

Un campo eléctrico intenso los envolvía.

Había algo brutal en ese momento: la vulnerabilidad de él, el terror de ella.

Sofía sintió que le temblaban las rodillas.

No por debilidad, sino por exceso de verdad.

Quiso hablar, pero no le salieron palabras.

No en ese instante. Porque ella había ido a pelear y no se esperaba encontrarlo así: rendido, despojado de su prepotencia, y, además, diciendo lo que nunca creyó que él diría tan pronto.

Y entonces pasó algo simple: Adam levantó la mano y rozó su brazo con la yema de los dedos.

No fue un intento de tocarla, sino una señal, un pulso, una presencia.

Ese roce leve, casi reverente, bastó para quebrar el dique que ambos contenían.

La piel de Sofía se incendió, y sintió cómo el aire se le desacomodaba en el pecho.

Sus ojos, aún húmedos, buscaron los de él. No hizo falta hablar.

Fue ella quien se levantó primero. Despacio, con el cuerpo decidiendo borrar el mal trago de las últimas 24 horas.

Lo deseaba demasiado, aunque a veces le bastaba un solo abrazo para olvidar lo complicado que podía volverse todo.

Adam no se movió. Solo la miraba. Esperando.

Dispuesto a contenerla o rendirse, según lo que ella pidiera.

Y entonces Sofía, sin aviso, lo besó. No fue un beso tímido.

Fue de esos que nacen con el pecho apretado y el cuerpo temblando.

Con los miedos al borde de la boca. Él respondió al instante.

Sus manos en su cintura, firmes, seguras, con el permiso recién concedido.

El beso creció, se volvió urgencia. Piel contra piel. Pulso contra pulso.

Ella lo empujó hacia la cama y cayó con él, sin dejar de besarlo. La ropa se volvió estorbo. El vestido resbaló por su cuerpo como agua. Las manos de Adam temblaban apenas, no por duda, sino por la intensidad de lo que contenían.

Se desvistieron con desesperación. Se tocaban intentando memorizarse, acariciándose en los sitios justos donde el roce se volvía un relámpago incontenible, de esos que desbordan.

Adam descendió por su cuerpo como si lo adorara.

Como si besarla fuera un acto de devoción.

No había apuro, pero sí una necesidad intensa.

La olió, la recorrió con la boca, respiró sobre su vientre, sobre sus muslos, sobre el hueco exacto entre sus costillas.

Sofía jadeaba con los ojos cerrados, arqueando el cuerpo como si por fin hubiera encontrado el lugar donde podía soltarse sin miedo.

Él la acariciaba, la habitaba, no para poseerla, sino para entregarse también. Sofía gemía contra su cuello, le arañaba la espalda, le mordía el hombro. Lo sentía todo. Cada centímetro. Cada latido. Se miraban a los ojos con una profundidad que desarmaba. No se escondían ni se resguardaban.

Él la tomó por las caderas, la alzó apenas, y la hizo suya una vez más.

Ella se sentó sobre él con la seguridad de quien domina…

y, sin embargo, se dejaba caer. Se entregaba entera.

La piel sudaba. Los cuerpos se buscaban en cada embestida.

Pero no había furia. Había rendición. Una forma irrevocable de decir «te reconozco», «te quiero aquí», «no quiero irme».