Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Tus luces sobre mí
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Tus luces sobre mí

XVIII

Sofía salió del hospital con el cuerpo dividido en dos: agotamiento físico y mental en proporciones iguales.

Cada paso era un arrastre, los párpados le pesaban y las neuronas parecían desconectadas.

La guardia había sido una tormenta en cámara lenta, de esas que no hacen estruendo, pero dejan charcos por dentro.

Aun así, postergó cualquier reflexión. En ese estado, pensar era inútil.

Era domingo, y, aunque el cuerpo pedía cama, ducha y encierro, el corazón la desvió del camino. Había algo más importante que descansar. Incluso más que Adam y las secuelas de su ego.

Antes de llegar a casa, se desvió unas cuadras y pasó por una cafetería. Compró dos sándwiches, una bolsa de papas y dos latas de refresco. Sabía que el refrigerador de Paula era un desierto: apenas hielo... y, con suerte, un perro caliente vencido. No era una visita planeada, pero sí necesaria .

Subió los escalones con la mochila colgando del hombro y el pelo recogido en un moño alto, sin intención de parecer funcional.

Paula la recibió con cara de pocas horas de sueño: rostro hinchado, moño deshecho y un pulóver largo que le caía de un hombro.

Pero sus ojos, aunque cansados, no esquivaban.

Sofía entró sin decir palabra. Paula puso la cafetera. El silencio era cómodo, casi sagrado. Se habían acostumbrado a habitarlo. La luz de la mañana se colaba en ángulos, dibujando sombras suaves sobre la mesa.

—Te traje sustento. No puedes darte el lujo de ayunar —bromeó Sofía, apenas.

—Menos mal. Solo quedaba hielo. Ni siquiera el perro caliente —respondió Paula, con una sonrisa fugaz, como un parpadeo.

Prepararon el café sin rituales. Paula se sentó, con el moño deshecho cayéndole al cuello, y sopló la taza deseando que en ese gesto se fuera algo más que vapor. Sofía la observó callada, con la impotencia atascada en la voz.

—Ya sé que esto era inevitable —empezó Paula de pronto, con la voz baja, como si hablara consigo misma, con la taza temblando ligeramente entre sus dedos, pero sin soltarla—. Algo en él siempre me mantuvo alerta…, pero no quise admitirlo.

Sofía no dijo nada. Solo inclinó la cabeza, permitiéndole el espacio.

—Me duele. Más de lo que pensé. Porque Iván…

era más importante para mí de lo que creía.

No por lo que fue, sino por lo que yo proyectaba en él.

—Hizo una pausa, con la mirada perdida en el borde de la taza—.

¿Sabes? Creo que lo que más destroza no es perder a alguien, sino perder la versión de ti que habías construido con él.

La frase flotó en el aire, pesada, verdadera. Sofía sintió cómo esa reflexión le rozaba sus propios miedos, esos que todavía no decía en voz alta.

—Me voy a permitir sentir todo lo malo que esto trae. Sin resistencia. Sin lecciones. No quiero fingir que soy de hierro —continuó Paula con un hilo de voz más fuerte—. Pero también sé que no me voy a quedar aquí demasiado tiempo. No soy de esas. Tranquila, que ahora no… pero voy a estar bien.

Sofía se sintió orgullosa de ella. No por la fortaleza, sino por esa claridad que pocas personas tienen en medio de un duelo.

—Me alegra escucharte así…, sin drama, pero sin disfraz —dijo rozándole la mano con ternura.

Paula sonrió, esta vez un poco más largo, pero con los ojos aún húmedos.

—Ya no necesito fingir. Ni justificar. Solo quiero entender lo que significó. Y después… dejarlo ir. Supongo que todo esto que me duele forme parte del proceso.

El reloj marcó un minuto largo de silencio. Sofía apretó la mano de su amiga.

—Te admiro —murmuró al fin—. Hay algo en tu forma de caer que siempre me enseña.

Paula respiró hondo, permitiendo que algo se asentara en ella.

—A veces —susurró, como quien revela un secreto en tono de broma— «hace falta el caos para que surjan las estrellas», ¿no?

—No jodas que me vas a salir ahora con frasecitas rosa —respondió Sofía relajando la conversación— tú no necesitas caos para ser estrella, no lo pienses ni por un minuto.

—Ya lo sé —respondió Paula secándose una lagrimilla desobediente que no pudo contener.

Después del café, se despidieron con un abrazo largo y silencioso. De esos que sellan complicidades y no precisan palabras. Sofía salió del apartamento con el corazón pesado, pero también lleno de algo distinto: esa mezcla rara de tristeza y gratitud que deja un encuentro verdadero.

Ya en su casa, se desvistió con la parsimonia de quien arrastra un cuerpo ajeno. Se metió bajo la ducha y dejó que el agua se llevara las sobras del hospital, de la discusión, del cansancio. Después, con el pelo húmedo y el pijama más cómodo que encontró, se dejó caer en la cama sin mirar la hora.

No logró dormirse enseguida. El pensamiento giraba en espiral: la guardia, la discusión, la cara de Adam, el silencio posterior. Miraba el celular por inercia, esperando un ruido que no llegaba. Lo dejó sobre la almohada. Se quedó quieta. Y, finalmente, el sueño la venció.

Despertó agitada a las seis de la tarde. El celular vibraba con notificaciones viejas. Tres llamadas perdidas de Adam y un mensaje:

Adam: Me gustaría que nos viéramos.

Puedes venir a mi casa si quieres...

o, si prefieres, te voy a buscar.

Se quedó inmóvil. Sintió una mezcla extraña de alivio, deseo…

y advertencia. El mensaje no era urgente, pero sí claro.

Y, aunque una parte de ella anhelaba ir, otra se resistía.

No por orgullo, sino por necesidad de poner límites.

Adam estaba demasiado acostumbrado a ser el centro de su propio mundo… y del de quienes lo rodeaban.

Se sostuvo en un instante de calma. Sabía que tenían que hablar. Lo que acababa de vivir con Paula le había activado demasiadas alarmas. No quería desperdiciar su energía emocional ni desviarse del foco por sensaciones intensas que no la llevarían  a ninguna parte.

Tenía claro que Adam era inevitable. Pero también que debía empezar a dosificar lo que entregaba… hasta que él la viera realmente. No como un deseo inmediato, sino como alguien con peso propio.

Dejó pasar unos segundos, necesitaba asegurarse de que la decisión era suya. Y escribió:

Sofía:     Vale, estaré allí en un rato .

Adam:     Tráete las cosas de mañana.

Quédate hoy acá conmigo...,

por favor.

Esta vez no contestó enseguida. Se quedó mirando el mensaje como si sus palabras tuvieran volumen.

Y lo tenían. No era una orden. Tampoco una súplica.

Era una invitación peligrosa. Una curita anticipada.

Un «perdóname» encubierto que tal vez le evitara pedir disculpas después.

Pero, también…, era algo que, muy en el fondo, necesitaba oír.

Apagó la pantalla. Se quedó quieta. Y por primera vez en las últimas veinticuatro horas, sintió que algo dentro de ella… volvía a despertarse.

Preparó sus cosas sin apuro. Eligió un vestido largo, cómodo y fresco.

Dejó el pelo suelto, esperando que el viento hiciera el resto.

Aun cansada, se puso en movimiento. No iba con intención de ceder, pero sí de entender y marcar límites, de dejar claro que, más allá de cualquier magnetismo, ambos tenían metas igual de importantes y que ella tampoco pretendía perderlas de vista.

El sol ya empezaba a bajar cuando salió rumbo a la casa de Adam.

El cielo se extendía como un telón pastel, y ella…

una contradicción en movimiento: predispuesta, pero en alerta.

Iba con la firmeza de quien se conoce, con las reservas justas para no exponerse demasiado.

Lo que ignoraba era que Adam llevaba toda la tarde atrapado en un estado completamente distinto. Inédito.

En su casa reinaba el silencio. Ni videos de cirugías, ni series en el televisor, ni libros abiertos.

Solo la espera. Una espera obsesiva, cargada de ansiedad.

Había intentado leer. Fracasó. Tomó café tres veces, más por distracción que por hábito.

Repasó dos veces las notas de los casos del día siguiente.

Nada servía. Porque en su mente había un único nombre, repitiéndose sin tregua: Sofía.

Recordaba el rostro de Sofía esa mañana: profesional, distante.

Esa forma tan suya de mantenerse al margen lo había sacudido más que cualquier discusión.

Sí, se sentía culpable por la soberbia de la noche anterior, por haberla empujado con palabras filosas solo porque ella defendió su criterio incluso por encima de él.

Pero más que culpa, lo que lo atravesaba era miedo, un miedo real a perder algo que todavía no terminaba de ser suyo.

Como si no bastara, la doctora Karla, su profesora y también su jefa, lo había reprendido por el incidente en cuestión y por haber consignado mal la frecuencia del manitol en un postoperatorio.

Para Adam, aquella llamada de atención era una derrota.

Y lo peor era que, de un modo u otro, todo tenía como epicentro a Sofía.

El sonido del timbre lo estremeció. Caminó hacia la puerta como quien se acerca a un punto de inflexión. No sabía qué palabras saldrían, solo que tenía que pronunciarlas.

Sofía lo miró fijo y lo esquivó, entró sin ceremonias. Fue directo al cuarto. Dejó su mochila sobre la silla y se sentó en la cama sin relajar la postura, su cuerpo necesitaba marcar un límite invisible. Estaba tensa, expectante, pero entera. Y bella, dolorosamente bella.

Adam la observó un segundo como quien reconoce algo que ha decidido no seguir negando.

—Sofía… —dijo sentándose en la silla y haciéndola rodar hacia ella.

Ella no respondió. Solo lo miró, con los ojos abiertos y una expresión contenida que decía más que cualquier palabra. Rara, muy rara en él.

—He pasado todo el día… intentando concentrarme.

Y no he podido. Lo que pasó ayer, como te traté…

—bajó la voz—, no fue justo. Me siento mal.

Y lo peor fue darme cuenta, después, de cómo te habías cerrado.

Eso me dolió bastante. Hoy en la mañana, cuando te vi…

tan fría conmigo... pensé muchas cosas. Malas. Dolorosas.

Sofía lo observaba tratando de entenderlo, pero no pudo evitar interrumpirlo: