Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Nubes grises
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Nubes grises

XIX

El lunes llegaron juntos al hospital. Discretos, sin saber aún si era demasiado pronto para mostrarse. Sentían que algo había cambiado: caminaban en sincronía y los silencios, antes afilados, empezaban a volverse habitables.

Sofía llevaba el pelo suelto y la mirada limpia. Adam, más callado de lo habitual, no dejaba de contemplarla mientras avanzaban por el pasillo de entrada.

Fue Maritza quien los vio primero. Una ceja alzada, una sonrisa maliciosa apenas contenida. Al minuto, un mensaje vibró en el celular de Sofía:

«Hoy me buscas para almorzar. Tienes mucho que explicar».

Sofía sonrió en silencio. No dijo nada. Guardó el teléfono y miró a Adam de soslayo, con un destello de ternura y esa pizca de precaución que todavía no sabía cómo desactivar.

Durante algunos días, todo pareció fluir otra vez.

Cafecitos breves entre pacientes y quirófanos, almuerzos compartidos, turnos tranquilos.

Dormían juntos con más frecuencia. Parecían cómodos, aunque expectantes.

Se contaban muchas cosas, estudiaban lado a lado.

Adam le enseñaba con una pasión contagiosa; era, sin duda, su mejor profesor.

A pesar del miedo que no terminaba de irse, Sofía —con él— se sentía en las nubes.

El jueves por la tarde, Sofía preparaba una pasta en casa de Adam cuando recibió una llamada de Rachel. La puso en altavoz; tenía las manos ocupadas.

—Oye, querida, te extrañamos… Vamos a vernos mañana en el Templo. Solo nosotras. Dile al doc que te devolveremos sana y salva.

—Vale, ahí nos vemos —respondió Sofía, sonriendo—. Estoy en su casa, haciendo una pasta.

—¡Wow! El amor hace milagros —dijo Rachel, burlona, antes de colgar.

Adam, desde la silla del comedor, escuchaba en silencio. Se levantó y se acercó despacio, apoyando las manos en el respaldo de la silla en tanto se inclinaba hacia ella, besándole el cuello y susurrándole apenas:

—¿Y si esta vez no vas? Podríamos ver una peli, pedir comida… descansar.

Sofía se apartó con sutileza y detuvo sus ojos en él, arqueando una ceja.

—¿Me estás pidiendo que no salga con mis amigas?

Él dudó, intentando domar el impulso que ya se le había escapado.

—No, no es eso… Solo que mañana es viernes y me gustaría terminar el día contigo. Todo esto entre nosotros empieza a sentirse real y no sé, ese plan tan de chicas solteras, con copas y confesiones… me deja con la sensación de que puedo perderte en cualquier brindis.

Sofía dejó el tenedor sobre un plato y se sentó frente a él, buscándole la mirada.

—Adam, no me hagas esto —dijo contundente, pero calmada—. Mis amigas son un sitio seguro. Saben que estoy feliz contigo, que te quiero. Nosotras cuidamos la felicidad de las otras. Son mis amigas, sí…, pero, si tú me haces feliz, también son tus aliadas.

Él respiró hondo.

—¿Y yo te hago feliz?

Sofía curvó los labios en una sonrisa traviesa, ladeando la cabeza:

—Bueno, eso aún está por verse, pero es lo que les he dicho para mantenerte a salvo.

Continuó riendo y, más empática, añadió:

—Quizás ya es hora de planear algo para que las conozcas de una vez por todas.

Adam inclinó el rostro, incapaz de sostenerle la mirada.

—Tranquila. Tú ve mañana a lo tuyo. Ya me quedo yo eligiendo las películas que me gustan sin pelear con nadie— dijo, fingiendo una conformidad que no alcanzó a sus ojos.

Sofía notó la fractura. Pequeña, pero real.

Era apenas una frase, pero la incomodidad de Adam dejó una sombra en el aire.

Suspiró para que entrara aire limpio y volvió a la cocina, removiendo la salsa con parsimonia.

Sabía que no debía ceder. Que él tendría que integrarse a su mundo con la misma libertad con la que ella estaba entrando en el suyo. Sin demasiadas reglas.

Esa noche estudiaron hasta pasada la una de la mañana.

Ambos tenían el examen de pase de año cada vez más cerca, y el cansancio se les colaba en los párpados.

Aun así, siguieron repasando, comentando casos, apuntando detalles.

Cuando al fin apagaron la luz, durmieron abrazados, pese a que el verano ya comenzaba a dejar su marca y el calor se pegaba a la piel como una segunda sábana.

El tiempo avanzaba sin tregua. Desde mediados de abril sus vidas se habían ido entrelazando casi sin darse cuenta y, ya cerca de julio, los días se confundían en una misma hebra de turnos, clases, encuentros y rutinas compartidas.

A la mañana siguiente llegaron de la mano al hospital. Sus pasos resonaban en el pasillo principal hasta que se toparon con uno de los profesores de Adam, un hombre mayor con fama de mordaz, aunque entrañable.

—¡Pero miren qué linda pareja! —bromeó al verlos lado a lado—. Da gusto encontrarlos así.

Sofía sonrió ligera, sin responder. Adam, en cambio, endureció el gesto y siguió caminando. No fue brusco, pero sí distante. Cuando se apartaron del profesor, Sofía le susurró, casi sin mirarlo:

—¿Te pasa algo?

Adam tardó en responder.

—No… nada. Solo que no me gusta mezclar las cosas. Ni que mis profesores opinen o se metan en mi vida personal.

Sofía no insistió, pero por dentro, algo no terminaba de convencerla. La inquietud seguía allí, amagando. Esa forma tan blindada de Adam en el hospital, ese muro que levantaba entre ella y su mundo… no le gustaba, pero se lo guardó, por el momento.

El resto del día transcurrió sin incidentes. No pudieron almorzar juntos; Adam estaba en el quirófano. Sofía se quedó en planta y fue asignada para hacer interconsultas junto a Christian, un R3 de Neurología que siempre había mostrado una disposición especial para enseñarle.

Christian era alto, de pelo castaño y sonrisa fácil.

Tenía esa mezcla de inteligencia nata y humor ligero que hacía que todos se sintieran cómodos a su lado.

Era noble, atento y, sobre todo, un excelente neurólogo.

Sofía se sentía a gusto con él; la ayudaba a entender conceptos complejos y la impulsaba a pensar más allá de lo evidente.

Entre ellos había una química genuina, una camaradería de pasillos y cafés rápidos que no necesitaba explicación.

A Christian no le gustaba Adam. Sofía lo había notado desde hacía tiempo.

Cada vez que él aparecía, el gesto de Christian cambiaba, se calzaba una máscara distinta.

Más de una vez, a solas con ella, había dejado caer comentarios irónicos —mitad broma, mitad verdad— sobre lo autosuficiente que parecía «el doctor maravilla».

Sofía nunca quiso darle cordel ni debatir al respecto; no pensaba abrir puertas que no iba a cruzar.

Adam, por su parte, hablaba de Christian casi como si no existiera.

A veces fingía olvidar su nombre, otras, soltaba algún sarcasmo casual, un comentario provocador que quedaba flotando en el aire.

Él había notado también esa química entre ellos, pero hasta entonces no le había dado más importancia…

salvo por esas punzadas de ironía que reservaba para sí mismo.

Mientras recorrían los pasillos, Sofía sintió la vibración de su teléfono en el bolsillo de la bata. Lo desbloqueó al vuelo, entre un expediente y otro, y leyó el mensaje:

Adam:     Qué ganas tengo de quitarte la ropa otra vez

pero supongo que me tendré que aguantar

hasta mañana…

Ya hoy no nos podremos ver,

sigo atrapado en el quirófano.

La sonrisa se le escapó, amplia, casi con picardía. Christian la notó al instante.

—¿Están juntos verdad? —preguntó, mirándola de reojo, sin dejar de caminar.

Sofía le sostuvo la mirada un segundo, sin perder la sonrisa.

—Algo así —dijo, breve, y enseguida se inclinó sobre el historial de un paciente, refugiándose en una nota urgente que revisar.

El momento pasó rápido, pero quedó flotando. Christian volvió a su tono amable, retomando la explicación de un nuevo protocolo mientras hacían anotaciones. Pero Sofía, aunque escuchaba, sentía que el aire se le espesaba alrededor.

Guardó el teléfono. El mensaje de Adam seguía ardiendo en su bolsillo, pero por debajo de esa chispa había algo más: la intuición de que el equilibrio era frágil. Que las miradas, las bromas veladas y los silencios contenían algo que pronto iba a romperse.