Nos vemos en la noche #3
Lo dijo sin melodrama, sin lágrimas. Pero por dentro, las palabras eran como un eco hueco que no dejaba de rebotarle en la conciencia.
Porque sí sentía, y demasiado: un dolor profundo, punzante, que le mordía el estómago y le apretaba el corazón.
Sin esperarlo, se vio a sí misma aterrizando en algo que había esquivado: estaba enamorada, a pesar de sus durezas, de todo lo que había jurado no volver a sentir.
Y eso la golpeó con la crudeza de quien sabe que eligió mal y entregó algo valioso en un lugar equivocado.
En su cabeza, la frase giraba una y otra vez: «Mi reacción no ha sido coherente con mi personalidad». Pero debajo de ese análisis había un vacío inmenso que se abría cada vez que recordaba su sonrisa, su indiferencia, la otra mujer a su lado.
Sin darse cuenta, Paula se abrazó a una almohada bajo las sábanas, como si se abrazara a sí misma e intentara contener los pedazos que sentía se desprendían.
Ese gesto mínimo, instintivo, fue lo único que la sostuvo mientras aceptaba lo que no quería admitir: ella también lo iba a extrañar…
con un dolor que ya empezaba a instalarse, lento, en cada rincón de su cuerpo.
Sofía no supo qué más decir. No por la situación, sino porque se trataba de Paula, y Paula, tenía murallas… altas, gruesas, impermeables. Tal vez no quería que le dijeran nada. Tal vez sí. Era imposible saberlo.
Paula apagó la lámpara y cerró los ojos. Sofía se dio la vuelta, callada. Entre el murmullo lejano de la ciudad dormida, comenzó a pensar. No en Paula. En ella misma.
Se descubrió pensando en lo jodido que era confiar, en lo traicionero que resultaba proyectar futuros con alguien cuyo rostro verdadero nunca terminas de conocer. «¿Quién era Adam, en realidad?» —se interrogó, mientras una punzada áspera le contraía el estómago.
La situación de Paula la había empujado a ese lugar oscuro que llevaba semanas evitando: la duda. La sospecha. El miedo al vínculo. Pero no llegó a ninguna conclusión. El cansancio, el alcohol y el golpe emocional la vencieron. Y se quedó dormida.
A las seis de la mañana, sonó la campana de la puerta. La mamá de Paula había pasado a dejarles leche y café. Ambas despertaron de un salto.
Por un instante, Paula se quedó inmóvil, sin reconocer del todo la habitación.
Sintió una tregua fugaz, esa vacilación transitoria y salvadora: quizá todo lo de la noche anterior había sido una pesadilla, un mal sueño que se disolvería al abrir los ojos.
Pero, apenas respiró hondo, la verdad le cayó encima como un muro.
No, no había sido un sueño. Iván, la otra mujer, su voz quebrada gritando su nombre…
, todo estaba intacto. El dolor la atravesó cual rayo incontenible, y junto con él llegó la ira, un ardor que la hizo apretar los puños bajo la sábana.
Se miraron aún desorientadas, y después de unos segundos, se sonrieron. Paula, con una mezcla de vergüenza y cansancio. Sofía, con sororidad. No hacía falta hablar para entenderse.
La vergüenza de Paula no venía solo del dolor, sino de haber tenido que vivir esa escena frente a todos.
Frente a sus amigas, a los testigos del bar, al espejo incómodo de su orgullo.
Y esa conciencia renovada, esa claridad hiriente de la madrugada, la aflojó un poco, la desmanteló por dentro.
Sintió que el aire no le alcanzaba, y que una parte de ella se había quedado allá, congelada en esa esquina del bar.
Pero, al final, qué bueno que había sido así. Sin farsas, sin silencios y con la compañía perfecta. Aunque sentía que algo dentro se desplomaba con violencia, se obligó a incorporarse.
—Qué fuerte todo… —dijo poniéndose de pie y estirando los brazos con lentitud, cada músculo cargaba el peso de la noche.
Sabía que se avecinaba un duelo. Y tal vez no iba a ser tan fácil como había creído. Tal vez ninguna despedida lo era. Sofía, desde la puerta del baño, le lanzó una frase como quien entrega una llave:
—A veces el universo nos revienta las cosas en la cara para que no sigamos confundiendo sus señales. Pero tú…, tú siempre has sabido caer de pie.
Paula bajó la vista. No contestó. Por dentro, seguía intentando reconstruirse con las manos temblorosas de quien se sabe rota, intentando convencerse, de que en algún momento volvería a respirar hondo sin que le doliera.
Pero a ella no había que recordarle quién era, ni cuánto valía.
Lo sabía, con todas sus letras. Y también sabía, con igual certeza, que quien había perdido en esa historia no era ella. Pero aun así... dolía. Dolía bastante.
Sofía se metió a la ducha. Tenía guardia en el hospital y necesitaba recomponerse.
El agua cayó sobre su cuerpo como un telón entre el presente y el caos de la noche anterior, arrastrando consigo los restos de alcohol, de tensión y de preguntas sin respuesta.
Un rato después se vistió rápido, se acercó a Paula y la abrazó largo, de esos abrazos que no buscan resolver nada, mas sí sostienen.
—Te llamo luego —murmuró antes de salir.
Paula asintió en silencio. Caminó hasta la puerta y la cerró con suavidad. El clic del cerrojo resonó en la casa como un eco vacío. Y fue ahí, en esa soledad inmediata, cuando algo dentro de ella se aflojó.
Apoyó la espalda en la puerta, bajó la cabeza y se permitió lo que no había hecho en toda la noche.
La primera lágrima rodó silenciosa, como un hilo caliente abriendo paso a todo lo que había estado conteniendo.
Y detrás de esa lágrima vino otra, y otra, hasta que sintió el pecho ceder, y comprendió que no era solo tristeza, era el reconocimiento doloroso de que había amado, pero había elegido mal, y ahora le tocaba convivir con un vacío que nadie más podría llenar.
A solas, dejó que el llanto la desmantelara despacio. Cada lágrima era una pieza que se desprendía, dejándola desnuda y expuesta…, pero al menos, por fin, verdadera.