Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Nos vemos en la noche #2
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Nos vemos en la noche #2

Fue entonces cuando Camila lanzó la propuesta con una sonrisa traviesa:

—¿Y si nos vamos al Pulp Fiction?

El entusiasmo fue inmediato.

Pulp Fiction era el bar de moda en la ciudad.

El antónimo perfecto de El Templo. Si este último era bohemio y contemplativo, el otro era rojo, negro y visceral, con la sensualidad flotando como niebla en cada rincón.

Las luces vibraban tenues, estratégicas.

La música, provocadora. No se iba allí a conversar: se iba a buscar, a desear, a dejarse ver.

Era un bar amplio, vibrante, diseñado para estimular todos los sentidos.

La pista parecía un campo de caza elegante, donde los cuerpos se rozaban con naturalidad.

Desde el primer día que abrió, ellas lo habían hecho suyo.

Llegaran a la hora que llegaran, siempre había una mesa o un espacio reservado, como por arte de magia.

El DJ y el presentador ya las había declarado hijas ilustres del lugar.

Formaban parte de la decoración, de la leyenda nocturna del lugar.

Sin pensarlo demasiado, todas aceptaron. Todas menos Sarah, que se fue con Ariel, su novio rescatador, que llegó puntual a buscarla y con cara de «no me convence esta bohemia». Las demás sí partieron rumbo al Pulp Fiction, el lugar ideal para sentirse invencibles y poderosas.

Apenas entraron, fueron directo a la tarima.

Paula y Rachel se movían de tal forma que parecían parte del cuerpo de baile del local: fluidas, sensuales, con una precisión natural que volvía imposible no mirarlas.

Amber, por supuesto, lo hacía a su manera: con energía salvaje, con una desconexión tal del ritmo que daba la vuelta y se volvía arte.

Ella y la música hablaban en idiomas distintos, pero se entendían igual.

Media hora después, se les unió Erick. Amigo común, pero incondicional de Paula. Ya estaba allí, como si lo hubiera adivinado. Se lanzó a la pista con ellas de escolta.

A las 2:00 a.m. el lugar estaba en su punto más alto. Luces, sudor, pieles brillantes y una atmósfera que olía a deseo bien mezclado.

Y fue entonces que ocurrió. Camila apareció entre la multitud, abriéndose paso con el rostro transformado. Blanca como una sábana, llegó hasta Paula con pasos rápidos y torpes, parecía que el suelo se le hubiese movido bajo los pies.

—Iván está aquí —susurró, aferrándose a sus manos como quien se sostiene de un borde.

Paula se quedó inmóvil. Por fuera no hizo un gesto, pero por dentro sentía que le lanzaban un cubo de agua helada.

El rostro de su amiga gritaba más alto que su propia imaginación.

Sin darse cuenta, apretó las manos de Camila con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, como si así pudiera sostenerse de algo para no hundirse.

Había notado una vibra densa al entrar, un aviso silencioso que prefirió ignorar… hasta ahora.

Levantó la vista hacia Camila. En esos ojos había algo más que aviso: había lástima… e ira.

—Y está con otra, ¿verdad? —preguntó Paula con la voz contenida y los labios temblándole apenas antes de sellarse en una línea firme.

Sus ojos se clavaron en los de Camila como un bisturí, aunque por dentro la herida ardiera y se abriera más con cada segundo.

Camila no respondió con palabras. Solo sostuvo la mirada. Y eso bastó.

Todas se acercaron. El ambiente había cambiado.

Algo pesado, amargo e inesperado, se instaló de golpe.

La música seguía sonando, pero ya no bailaban.

Se miraban entre ellas intentando entender.

Camila, aún pálida, explicó lo ocurrido en voz baja, con frases cortas y mirada fija: lo había visto. A Iván. Y no estaba solo.

Mientras tanto, Paula escaneaba el lugar con los ojos como radares, la respiración cada vez más rápida.

Lo buscaba entre sombras, entre risas y copas, hasta que lo encontró.

Ahí estaba: en una de las mesas más oscuras, rodeado de compañeros del hospital, riéndose con una copa en la mano…

y otra mujer, demasiado cerca, inclinada hacia él.

Algo se quebró. Fue un latigazo. Y antes de pensarlo, antes de medir nada, le brotó el grito desde un sitio tan hondo que hasta sus amigas se estremecieron:

—¡¡¡Ivaaán!!!

El nombre salió rasgado, cargado de rabia y dolor, con la intención de atravesar las paredes. Su voz resonó varias veces, hinchándose en el aire, golpeando contra la música y la conversación hasta que el lugar entero se tensó. Las cabezas giraron. Un silencio eléctrico flotó unos segundos…

Él, sin embargo, fingió no oírla. Ya la había visto hacía un rato.

Había observado cómo bailaba con esa sonrisa amplia, luminosa, que no era para él.

Y, aun así, se mantuvo impasible, como si no la conociera.

Esa indiferencia le golpeó el alma a Paula, era un puñetazo invisible, sentía algo helado subirle por la espalda.

Lo llamó otra vez, más fuerte, la garganta a punto de quebrarse, pero él seguía inmóvil, riendo con aquella muchacha  como si nada.

Hasta que la mujer —pelinegra, esbelta, incómoda— le tocó el hombro y le señaló el escenario:

—Te llaman.

Las chicas, algo pasadas de alcohol, vibraban entre la tensión y el atrevimiento, sintiendo cómo el corazón se les subía a la garganta.

Paula, en cambio, se quedó clavada en el suelo, temblando sin poder evitarlo.

El calor de la sala se volvió de pronto insoportable, pero por dentro sentía frío, un frío que le mordía los huesos.

Iván, por fin, se levantó. Su andar fue lento, altivo, casi aburrido, y esa calma fingida fue como un filo que se le hundió en el pecho.

Cada paso de él hacia ella era un latido doloroso que se le encajaba en la piel.

Todas lo miraban como si asistieran a un juicio. Él no miró a nadie. Fue directo a Paula, con una sonrisa cortada, dura, que no alcanzó a suavizar nada. La distancia entre ellos se volvió un abismo que la tragaba por dentro.

—Eh…, ¿y tú qué haces aquí? —preguntó, mirándola de arriba abajo sin acercarse demasiado, sin darle nada de lo que ella necesitaba—. Voy a fumar afuera.

Paula se paralizó. El golpe fue seco, absurdo, como un portazo en la cara.

Las palabras apenas le llegaron, y cuando lo hicieron fue como sentir un vacío inmenso, un hueco desgarrante se expandía desde el estómago hasta los labios.

El alcohol enturbiaba sus reacciones, pero no alcanzaba a amortiguar el dolor que le quemaba por dentro.

Sofía, rápida, se le acercó, intentando sacarla de ese trance:

—Hey…, ¿qué quieres hacer?

Paula no contestó. No podía. Solo salió tras él. El cuerpo le pedía moverse, sabía que quedarse ahí la rompería en mil pedazos.

Lo encontró afuera, en una esquina junto al callejón lateral del bar. Él fumaba con un amigo que, al verla, se retiró discretamente. Iván no se inmutó. Ni una mirada. Paula lo enfrentó de pie, con los ojos ardiendo y el corazón atragantado.

—¿Qué está pasando, Iván? ¿Qué es todo esto?

Él exhaló el humo despacio, mirándola de soslayo, y le respondió seco, defensivo, como quien dispara sin apuntar:

—No tengo que darte explicaciones.

Paula percibió un latigazo por dentro, sintió cómo se desmoronaba todo lo que habían construido, como si todo el tiempo compartido se hiciera ceniza entre sus dedos.

—¿En serio? ¿Después de meses haciendo planes juntos me sales con esto? —la voz le temblaba, pero no le retiró la mirada— Yo creí que ya estábamos en otro punto Iván.

Él apartó la vista, con una indiferencia que pesaba más que cualquier mentira. Paula lo entendió en ese gesto: no había nada que valiera la pena rescatar. Tragó la rabia y, desde un lugar donde solo queda la dignidad como defensa, habló con una calma helada:

—Ok…, como prefieras. Esto se acabó hoy. Solo dos cositas — dijo, levantando el índice con precisión casi cruel—   Primero: Este sitio es nuestro. ¡Búscate otro! Y segundo, grábate esto muy bien: Me vas a extrañar.

Se giró con elegancia, firme, y regresó a la pista. Fingiendo que el corazón no le temblaba.

Iván se quedó quieto. Inmóvil. Sin pestañear.

La cabeza hecha agua. Pensando cómo irse.

Cómo desaparecer del lugar. Paula, en cambio, bailó al principio, con energía forzada, pero la adrenalina no le duró mucho y de pronto lo sintió en la médula.

Los músculos se rindieron a traición, las piernas ya no respondían.

Erick la atrapó por la cintura justo a tiempo.

—Está bien…, respira. Esto tenía que pasar —le susurró.

Ninguna dijo nada más. No hacía falta. Se conocían lo suficiente como para saber cuándo el silencio es la forma más noble de acompañar. No se quedaron hasta el final. Veinte minutos después, no había rastros de Iván en el Pulp Fiction, y, por fin, Paula lo dijo sin drama:

—Quiero irme a mi casa.

Todas entendieron que la noche había terminado. En la puerta del bar, se despidieron con abrazos tibios y silencios elocuentes. Ninguna dijo demasiado. Solo acordaron que al otro día hablarían.

Paula vivía a cuatro cuadras del lugar. Erick las acompañó a ella y a Sofía en el camino, sin decir palabra, pero ella repetía en voz alta, tratando de masticar el recuerdo para deshacerse de él:

—Le he dicho «me vas a extrañar» ... Eso fue lo único que se me ocurrió. «Me vas a extrañar». Por Dios..., ¿en qué estaba pensando? ¡Qué dramática!

Sofía solo la miraba con una sonrisa comprensiva. Erick también sonrió con esa ternura de quien sabe cuándo no debe opinar. La risa fue breve, compartida, como un gesto de apoyo más que de burla.

Ya en la casa de Paula, prepararon la cama sin mucho hablar.

Sofía se quitó los tacones, Paula se lavó la cara.

Todo en automático, porque el cuerpo no funciona bien cuando la mente se queda atrás.

Por fin se tumbaron, la habitación quedó en penumbra.

Sofía se giró hacia ella; apenas la veía, pero la sintió despierta.

—¿Qué sientes? —preguntó con suavidad.

—Nada —respondió Paula tras una pausa larga—. Sencillamente…, no siento nada. Y eso es lo peor.