Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Nos vemos en la noche
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Nos vemos en la noche

XVI

Amber:     Vámonos al Templo esta noche.

El Templo era un sitio popular en la ciudad. Una especie de refugio para desconectar, bailar sin excesos, escuchar música inteligente y conversar si se daba el caso. Un lugar bohemio, de trova y juventud, con aroma a vino barato, Havana Club con cola y teorías existenciales.

Paula:     Confirmen todas para cancelarle a Iván,

que ya habíamos quedado.

Iván era un cirujano plástico del hospital donde trabajaba Sofía.

Treintañero, alto, de piel trigueña, cuerpo de gimnasio «tres días no y uno sí», ojos cafés, cejas anchas, cabello castaño y labios gruesos.

Llevaba un par de meses en un romance informal con Paula.

Estaban estables, según ella, aunque hablaba de él con una soltura que no convencía a nadie.

Todas ya lo conocían y había pasado el filtro del consejo.

Sin embargo, en privado, coincidían en que a ella le gustaba más de lo que admitía. Pero le seguían la corriente.

Él no hablaba mucho. Tenía esa típica pared emocional de los que se creen profundos por no decir nada… o de los que saben que mientras menos se sepa mejor. Pero, supuestamente, a Paula eso no le afectaba.

Una a una fue confirmando su asistencia. Sofía dudó por un momento: tenía planes con Adam para repasar juntos algunos casos clínicos raros antes de la guardia —esa excusa suya tan funcional—, pero en el fondo sabía que no podía faltar a la cita con sus amigas. Esa noche era sagrada.

Sofía:     Ahí nos vemos. Dejen la hora

y el código de vestuario.

Sofía:     Paula, me quedo en tu casa

que la noche va a ser larga...

y mañana tengo guardia.

Paula:     No hay problema, Sofi.

Código de vestuario: «No estoy pa’ na’».

¿¿¿QUEDA CLARO, Camila???

Porque Camila no entendía de códigos de vestuario. Ella siempre llegaba elegante y perfecta, lista para una alfombra roja. Desentonaba…, pero con estilo. Había que mirarla sí o sí.

Sofía se apresuró a dejarle un mensaje a Adam antes de que el ritmo de la noche comenzara:

Sofía:     Hoy es el cumple de una de las chicas.

Esta noche no podré ir.

Igual mañana estamos de guardia

y nos desquitamos .

El mensaje fue recibido, pero no leído. Y, ese silencio, aunque pequeño, dejó una vibración sutil en el pecho.

A las 9:00 p.m., ya estaban todas en la entrada de El Templo.

Cumplieron con el código de vestuario, incluso Camila —que fue la última en llegar, a pesar de vivir a dos cuadras— apareció con unos tenis blancos relucientes y una falda que parecía un tutú.

Su estilo decía claramente: «No estoy pa’ na’, pero soy glamourosa de todos modos». Inolvidable, como siempre.

Se saludaron con entusiasmo, rodearon a Amber para felicitarla, pero ella —seca como tierra cuarteada— no se dejó envolver en abrazos.

—Ya, suficiente. Vamos a beber y a pasarla bien un rato. Ya sé que me aman —sentenció, cortante pero genuina.

Era pesada, sí, pero era de las suyas. Y así la querían todas.

Entraron directo a la mesa que habían reservado: una ubicación privilegiada, con vistas a todo el patio.

El Templo era mucho más que un bar. Era un refugio con alma.

Un patio colonial al aire libre, en el corazón de la ciudad, donde la juventud no tenía edad y los amores efímeros se alimentaban de vino, de tragos improvisados y de trova.

Bajo techo, la barra reunía a los de siempre; afuera, mesas más libertinas y un pequeño escenario que se convertía en pista de baile a las once de la noche.

Las paredes, de ladrillo desmaquillado y tono cálido, estaban cargadas de historias fugaces de una noche que casi nadie contaba por ahí, y también de amores que se habían hecho largos sin querer.

Era habitual encontrarse con algún profesor universitario, algún músico amateur o un poeta disfrazado de economista.

Se respiraba un aire renovador, cargado de miradas que pensaban, de risas con fondo filosófico y de ese tipo de flirteo intelectual sin necesidad de contacto para ser físico.

Un grupo local tocaba en vivo, y desprendía mucho  soul .

La gente hacía coro sin esfuerzo y se extrapolaba.

Ellos no buscaban sonar en la radio, sino tocar las fibras, y mira que sí lo lograban.

Siempre había más de dos guitarras al hombro entre los espectadores esperando ser invitados a la tarima.

Y no podía faltar el negro Salvador, con sus rastas, su tabaco lento y su parsimonia.

Se movía casi flotando de esquina en esquina, en ese sitio que parecía llevar impregnado en su sangre desde vidas pasadas, haciéndolo honor a su nombre, desbordando la buena vibra necesaria  para pasarla genial.

—Bueno, Sarah —comenzó Sofía con tono insidioso—, cuéntanos cómo va la vida de casada …

—¡Qué graciosa! —respondió Sarah entre risas—. Pues la verdad, nada mal. Ariel es muy cariñoso y comprensivo…, solo tengo que educarlo un poco sobre nuestros encuentros, porque no se toma muy bien que andemos solas a estas horas.

—Los cubanos son machistas. Pasarán décadas antes de que eso cambie. Habrá que mudarse a España para que los absorba otra cultura —dijo Rachel suspirando con una mezcla de hastío y resignación.

Rachel andaba callada, casi invisible. Llevaba semanas dándole vueltas a su vida, como si cada pensamiento se tropezara con el siguiente.

A sus casi treinta y tres, los conceptos de felicidad que antes la impulsaban se le estaban desmoronando entre las manos: lo que soñó a los veinte ya no tenía el mismo brillo, ni la misma urgencia.

Aquella noche, sin embargo, no buscaba respuestas ni discursos; no quería ser protagonista de nada.

No tenía fuerzas para eso. Se quedó al margen, observando de lejos, como quien se sabe en pausa y aun así respira.

—¿Pau, y cómo van las cosas con Iván, no se molestó porque le cancelaste? —le preguntó a Paula, con una intención disfrazada de curiosidad.

—No, qué va. Estamos bien, nos lo tomamos con mucha calma —respondió Paula, quitándole peso al asunto—. Ahora andamos reuniendo para irnos unos días de vacaciones a los cayos.

Todas soltaron una bulla burlona, entre risas y silbidos.

—Solo me preguntó a dónde iba y me dijo que saldría a cenar con unos amigos del hospital. Así que... quedamos a mano — agregó.

—Muy moderno, así me gusta —acotó Rachel lanzando una mirada fugaz a Sarah, quien ni se inmutó.

Ella vivía en su mundo, donde no explotaban bombas.

—Camila, ¿y el cura qué? —preguntó Amber, siempre fascinada por las historias más descolocadas.

—Ya se me pasó el fuego. Resultó que era demasiado intenso, y ya no quiero volver a verlo. Nosotras no somos de hombres así, ¿verdad? —dijo Camila, necesitando justificar su decisión.

—Vaya, pero qué buena chica me has salido.

Después de desviarlo del camino… lo abandonas a las tinieblas.

Espero que en el infierno no te arrepientas —comentó Amber, divertida—, pero eso no va a pasar porque ustedes son unas duras.

No les gustan los intensos… hasta que les gusta uno de verdad y no les hacen caso.

Ahí sí quieren intensidad, ¿o me equivoco?

Todas bajaron la vista, esquivando el tema mientras ella ya se disponía a levantarse para bailar con esa desproporción tan suya. Sofía seguía absorta mirando el móvil. Su mensaje a Adam seguía sin ser leído.

—¿Y tú, Sofía? ¿Cómo va todo con el Doctor Maravilla? —preguntó Camila, a propósito de la intensidad, con una sonrisa en los labios.

—Déjenme volver a sentarme —ironizó Amber, volteando los ojos. Ya todas sabían que las historias de Sofía solían ser las más largas, como si fueran también las más «serias» e «importantes» del grupo.

Pero Sofía ni se enteró.

—¡Sofía…, hello ! —le dijo Rachel, chasqueándole los dedos frente a la cara.

—¿Eh? Ah..., todo bien. Nada de estrés. Nada nuevo que contar.

—¿Eso es todo? —preguntó Paula levantando una ceja con sospecha.

Amber le tocó la frente:

—¿Estás bien?

—Voy por un mojito —respondió Sofía con evasiva—. Las veo en la pista.

Al regresar de la barra, sonó la notificación de un mensaje.

Adam:     Vale, diviértete. Igual terminé ahora mismo

y estoy muy cansado.

Pórtate bien.

Nos vemos mañana. ¡Te quiero!

Sofía se quedó en shock. Era la primera vez que «te quiero» salía de uno de los dos. Leerlo la descolocó por completo. Responder con un «yo también» iba contra todas las reglas. Un emoji, en cambio, le parecía frío, casi despectivo. Nada parecía estar a la altura.

Corrió hacia sus amigas. Llamó a Paula y le mostró el mensaje. Paula lo leyó y reaccionó como si hubiera visto un fantasma.

—¡Ooohhh, qué miedo…! ¿Y ahora qué vas a responder?

—¡Pues para eso te lo he enseñado a ti! ¡Para que me digas! —le soltó Sofía, desesperada.

—¿Yo? ¡Si tú eres la que responde por todas cuando no sabemos qué decir! A mí no me preguntes …

Rachel se unió al momento, levantándose con una copa en la mano.

—¡Qué fuerteee! —dijo al ver la pantalla—. Ponle «gracias» y ya —añadió riendo mientras se ponía a bailar.

—¡No sirven para nada! —gritó Sofía, alzando la voz para hacerse oír por encima de la música.

«¿Y ahora qué coño escribo yo aquí?» —pensaba, con el pulso acelerado, cuando llegó una nueva notificación.

Adam:     No entres en pánico.

No tienes que responder de vuelta.

Te mando un beso.

Sofía:  Otro para ti.

Suspiraba aliviada y escribía con una sonrisa.

Por fin respiraba tranquila; se había evitado el colapso.

Sin embargo, se debatía entre la sensación de haber dejado pasar una oportunidad y ese inoportuno cargo de conciencia que surge en los comienzos de una relación, cuando las definiciones, los deberes y los derechos aún están difusos.

Pero eligió no pensarlo demasiado y se sumó al baile con sus amigas.

Ellas eran sus cómplices, sus almas gemelas, su zona segura… , su cable a tierra.

A la una de la mañana, sonó la última canción en El Templo. Esa que siempre ponían justo antes de cerrar, como ritual de despedida. Las chicas, algo más contentas de lo habitual tras varias copas, no tenían intenciones de que la noche terminara ahí.