Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Fracturas silenciosas
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Fracturas silenciosas

XVII

Sofía, ya en la calle, caminó con paso sereno, pretendiendo que nada podía sacudirla. Pero por dentro, su mente era un remolino. Lo de Paula le había dejado una marca innombrable. No por el drama. No por la traición. Sino por la claridad brutal que deja ver lo frágil que es todo.

Porque, al final, todas jugaban con fuego.

Y ella también. «¿Y si Adam no era quien creía?

» «¿Y si su historia también estaba por romperse?

» La pregunta le atravesó como un viento frío.

No tenía respuestas. Solo esa certeza incómoda que se acomodó en su cuerpo, como un peso.

Esa mañana, el miedo volvió a hacer nido bajo su piel, con la forma de una premonición que no se atrevía a formular en voz alta.

Y entendía que, tal vez, ninguna estaba tan a salvo como creía. Quizá vivir con el corazón blindado por miedo era una trampa silenciosa. Tal vez la única salida era soltar, dejarse llevar y aceptar que, pasara lo que pasara, la vida no garantizaba nada… salvo que doliera de vez en cuando.

Igual el destino suele ser cabrón y esa mañana, en el hospital, algo no encajaba.

El reloj marcaba con precisión la hora exacta en que solían encontrarse en el ascensor.

Pero Adam no apareció. Sofía fingió revisar mensajes en el celular, con una calma ensayada para dilatar el tiempo, mientras por dentro la inquietud comenzaba a treparle por el pecho como una sombra muda.

«Probablemente tuvo una urgencia con un paciente», se decía, obligándose a razonar, pero la explicación no lograba apagar esa punzada sorda que comenzaba a instalarse. Le escribió un mensaje escueto:

Sofía:     ¿Todo bien?

La respuesta llegó cuatro minutos después:

Adam:     Perdona, me surgió algo.

Paso a verte en un rato.

No era un mal mensaje. Pero no era «su» mensaje. No tenía ese tono, ese guiño, esa cercanía casi táctil con la que Adam solía escribirle. Era… neutro. Y eso, entre ellos, resultaba raro.

Intentaba no darle más vueltas, así que subió al tercer piso a revaluar a un paciente de Medicina Interna que había admitido el día anterior. Necesitaba cambiar el foco, obligarse a una normalidad urgente, pero al doblar hacia el pasillo que conducía a la sala de Angiología, se detuvo en seco.

Allí estaba Adam. Apoyado con naturalidad en la baranda del balcón del fondo, inclinado hacia adelante como quien se sentía cómodo en su espacio, conversando con ella. Con la doctora rubia. No había dudas.

Ella lo miraba con una expresión entre confianza y complicidad.

Sonreía con la boca, pero también con los ojos.

Tenía esa manera de mirar que parecía reclamar una historia compartida.

Adam, en cambio, se mostraba más serio, más medido.

La sonrisa apenas insinuada. La postura, menos relajada que la de ella.

Siempre parecía que, internamente, estaba haciendo cálculos.

Fue solo un instante. Pero resonaba con la fuerza de todas las preguntas no hechas.

Sofía bajaba la mirada. Sentía cómo el abdomen  se le encogía con una contracción involuntaria, como si algo caliente y ácido le subiera por el esófago.

El corazón le martillaba en el cuello, pero trataba de contenerlo.

«Al parecer no solo se sincronizan nuestros ciclos menstruales cuando estamos juntas», pensaba con una ironía defensiva al recordar el incidente entre Paula e Iván.

Pero la imagen no se borraba. Algo en esa escena no se sentía del todo inocente.

O quizás era ella, intoxicada por los celos, leyendo más de lo que había.

Intentaba convencerse de que era solo una charla de pasillo.

Un cruce inevitable. Un comentario clínico.

Pero la verdad era que no sabía qué dolía más: la posibilidad de que Adam tuviera algo con ella…

o la sospecha de que, si así fuera, él no sabría cómo contárselo.

Y mientras bajaba la mirada, comprendió algo inquietante: la rabia no era solo por Adam, sino porque lo de Paula había abierto una herida propia.

Al fin y al cabo, detrás de la rabia siempre se esconde el miedo.

El cuerpo lo maquilla, la mente lo esquiva, pero tarde o temprano termina por desbordarse.

Lo que Sofía no sabía… era que Adam, en ese mismo momento, estaba más concentrado en cómo contárselo a ella que en la conversación que estaba teniendo.

Sin pensarlo demasiado, Sofía retrocedió un paso y se deslizó hacia dentro de un cubículo desde donde, por la ventanita angosta, tenía una vista perfecta del balcón.

Se apoyó contra la pared, sin respirar, como si estuviera cometiendo un acto prohibido.

Sacó el teléfono. Sus dedos temblaban apenas al escribir:

Sofía:     Te estás haciendo de rogar…

y tengo ganas de verte.

Pero creo que nos veremos en

la entrega de guardia.

Envió el mensaje. Y esperó. Del otro lado del vidrio, Adam tomó el celular como si lo hubiera estado esperando. Lo desbloqueó, leyó… y apareció esa sonrisa mínima que se dibuja con el simple pliegue de los labios, pero tan sincera que no necesitaba palabras.

La doctora rubia lo notó al instante. Su expresión cambió. Dejó de sonreír. Se quedó quieta por un segundo, luego giró el rostro con frialdad y dio un paso hacia atrás, cortando abruptamente la conversación. Adam parpadeó, sorprendido. Iba a decir algo, pero ella ya se alejaba por el pasillo.

Él bajó la vista otra vez al celular. Pensó en escribirle de inmediato. Pero algo —quizás el momento, quizás el instinto— le dijo que no. Que esperara. Que se lo dijera más tarde, cuando la tuviera enfrente.

Sofía observó todo en silencio. No podía escuchar las palabras. Pero había entendido suficiente, sin embargo, eso no bastaba para calmarla.

Ella esperó a que Adam se marchara y luego caminó directo al ascensor rumbo al quinto piso. Evaluaría al paciente más tarde, cuando estuviera más serena. En ese instante, necesitaba una sola cosa: llegar al puesto de enfermería, sentarse y respirar.

Durante las siguientes dos horas, se concentró con rigor clínico en sus tareas. Le pidió a Nerina, la especialista de guardia, que asistiera sola a la entrega. No se sentía lista para enfrentar a Adam. No todavía.

Revisó evoluciones, discutió casos, atendió visitas de familiares. Mantuvo una compostura impecable, pero algo se había desordenado. No era celos, no del todo. Era desubicación emocional. Una sensación de estar fuera de lugar que le calaba hondo.

Cuando Adam notó su ausencia en la entrega de guardia, sintió una punzada y la llamó al salir. Ella contestó, por diplomacia más que por ganas.

—No viniste. ¿Qué pasó?

—Me quedé atorada con un ingreso nuevo…

—Y yo pensando que era porque aún no superas mi mensaje de anoche.

«Oh..., el "te quiero"», pensó. Lo había olvidado por completo.

—La verdad…, los mensajes de texto no me pueden tanto —dijo fingiendo una sonrisa que no llegaba ni a parecerse.

—Pues habrá que decírtelo mirándote a los ojos entonces.

El silencio se apoderó del momento. Sofía no sabía fingir. No estaba en ella. Y ahora mismo no creía en nada.

—Habrá que probar —respondió con voz baja. Luego añadió, casi como escapando—. Nos vemos luego, estoy enredada y colgó sin más.

Adam miró el teléfono, algo desconcertado. Pero no insistió. Sabía que el día apenas comenzaba. Y que sería largo. Poco después del mediodía, mientras escribía indicaciones con la cabeza baja, Sofía sintió una sombra cruzar sobre el escritorio. Levantó la vista. Adam estaba allí.

—Hola —dijo él, con tono suave—. Vine a evaluar a la señora de la cama 10 —informó haciéndole un guiño—. ¿Tienes un minuto?

Sofía asintió sin mirarlo demasiado. Cerró el expediente con calma y se hizo a un lado, señalando el espacio con un movimiento sutil.

—¿Estás bien? —preguntó Adam, bajando un poco la voz, casi con ternura, sentándose a su lado.

—Sí, claro. Solo un día pesado y he dormido poco. Mucho trabajo desde que llegué. Por eso no he podido ir a verte yo antes —respondió ella, sin despegar la mirada del monitor.

Su tono era neutro, medido, casi áspero. Una cortesía bien estudiada. No le sostenía la mirada. No porque no pudiera…, sino porque verlo tan cerca, con ese gesto familiar que conocía bien, la desestabilizaba. Lo deseaba. Y no era el momento.

Adam vaciló. Había pasado por allí con la intención de hablarle, de contarle que esa mañana se había cruzado con su ex y habían intercambiado unas palabras sobre un asunto pendiente.

No era algo trascendente, pero quería decírselo para no dejar huecos entre ellos.

El problema era que no sabía cómo empezar.

Y la forma en que Sofía evitaba su mirada, ese hielo invisible en el aire, no le dejó margen.

—Sí, se te nota cansada —dijo al fin—. Yo también estoy…, no sé. Raro hoy. Medio aturdido.

Lo dijo sin saber si eso abría o cerraba la conversación. Como quien tantea sin mapa. Ella no respondió. Solo hizo un gesto mínimo con la cabeza, como diciendo «te entiendo». Y volvió al expediente con una concentración milimétrica.

Ambos sabían que esa noche compartirían guardia. Pero por primera vez en semanas, no se sentía como un regalo. Se sentía como un crucigrama que estaba difícil resolver.

Eran cerca de las cuatro de la tarde. Afuera, el hospital seguía latiendo con su ritmo incesante, pero en el cuarto médico, todo estaba en pausa.

Sofía y Nerina descansaban en sus camas una al lado de la otra, con las tazas de café tibio en la mano.

La luz suave de la tarde se colaba por las persianas, dibujando líneas sobre el suelo.

Habían hablado poco. El silencio entre ellas no era incómodo. Era de esos compartidos que solo existen entre personas que se entienden sin explicaciones. Sofía miraba el techo, pensativa. Y, sin buscarlo demasiado, soltó:

—¿Tú conoces a la angióloga esa que estaba con Adam? La rubia…

Nerina giró la cabeza con calma, ya sabía que esa pregunta iba a llegar.