Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Pronóstico reservado #3
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Pronóstico reservado #3

—No lo sé —respondió, al fin—, pero me gustaría descubrirlo. Solo que sé muy bien bajo cuáles condiciones puedo hacerlo… y bajo cuáles no.

Adam asintió de nuevo, esta vez más despacio intentando calibrar sus próximas palabras.

—Muy bien. Pues te lo cuento todo entonces.

Se acomodó en el sofá, como si encontrar la posición correcta fuera parte del esfuerzo de ordenar lo que venía.

—Tengo una relación desde hace dos años. Bueno…, tenía. Con la mujer que viste en la fiesta. La misma con la que me vio tu amigo hace unos días — soltó sin anestesia.

Sofía cruzó los brazos, clavó la mirada en la alfombra, y apretó los labios tratando de contener una verdad que no quería salir, pero que ya se imaginaba.

—Ha sido difícil romper algo que estábamos luchando por recomponer. Las cosas no iban bien, lo sabíamos los dos, pero ha sido más complicado de lo que imaginé…, sobre todo, por la relación que tengo con su familia. Han sido muy buenos conmigo. Ella está sufriendo mucho. Y no acepta la decisión.

Sofía bajó la mirada. La garganta se le cerró.

No por celos. No por rabia. Era otra cosa.

Una mezcla de decepción y lucidez que dolía más que cualquier arrebato.

Aunque no pudo evitar pensar: «Me tiró la excusa clásica».

Y, de pronto, como un disparo en la memoria: Alberto. «No… no sucederá de nuevo».

—¿Por eso estabas tan agobiado cuando fuiste a buscarme ayer?

—Fue una tarde fuerte, tuve que decir cosas que pueden resultar dolorosas para alguien que sabes que te quiere… y no se lo tomó muy bien. Reaccionó descontroladamente. Fue ella quien llamó en la madrugada —respondió en tono bajo, preocupado.

—Pero ella estuvo aquí hoy… ¿verdad? —se arriesgó a preguntar.

—Vino a recoger unas cosas, me dijo. Yo no estaba…, pero ¿tú cómo lo sabes?

Sofía tragó saliva. No quería parecer una acosadora desesperada. Aunque quisiera preguntar si todavía tenía las llaves y podía aparecer allí de un momento a otro…, era exponer demasiado su interés en todo esto.

—Justo pasaba por aquí en un taxi cuando la vi entrar.

—Ah… ya. Las casualidades —dijo él sin énfasis.

—Bueno. ¿Y cómo defines ahora tu estatus civil?

«Que no diga “es complicado”, por favor». Adam respiró profundo, pero no tardó en responder:

—Pues…, es complicado.

Sofía recogió el rostro con una tensión que no pudo disimular. Volvían a salirle los subtítulos a sus silencios.

—Ahora mismo estamos separados, aunque ella hace múltiples intentos por hacerme entrar «en razón» —acotó haciendo comillas con los dedos—. La tengo difícil. Su madre tampoco para de llamarme. Me pide que pase por allá a tomar café todos los días.

—¿Ella trabaja contigo?

—Es residente de tercer año de Angiología en el hospital. No trabajamos juntos, pero compartimos espacios. ¿Tú no la conoces?

—No, gracias a Dios, no. Se me caería ahora mismo la cara de vergüenza.

Sofía comenzaba a aterrizar ideas. Había que poner límites claros desde ya. Y eso le convenía, aunque fuera contradictorio.

—¿Ella me conoce a mí?

—Bueno, ya me ha preguntado por ti… Creo que nos vio conversando hace unos días en una entrega de guardia.

«Entonces hoy en la mañana no tropezó. Me empujó», se dijo Sof í a.

La conversación, de alguna forma, era un muro de contención. Sofía sentía que debía mantener la compostura. No por él sino por ella. No podía permitirse chismes ni intromisiones en su vida privada y, menos, dentro del hospital.

—Bueno, Adam. Ahora vamos a lo importante. ¿Qué pinto yo en toda esta historia? ¿Qué quieres tú exactamente, conmigo?

Él levantó la mirada, ya sin defensas.

—Si supieras…, tú tienes mucho peso en esta historia.

Sobre todo, por las noches que dejé de ir a su casa, para quedarme aquí estudiando.

Pensando con tranquilidad y sin culpa cómo haría para acercarme a ti.

Yo contigo quiero probarlo todo. No te voy a engañar.

Y te hablo a ciegas, porque apenas te conozco… , pero eso es lo que siento.

Se levantó del sofá. Se acercó. Le tomó la cintura.

Le besó la frente, los ojos, las mejillas…

y luego, al llegar a los labios, se detuvo un instante.

Se mordió los suyos. Entonces la besó. Con ternura, pero también con pasión.

Ella siguió el ritmo. Luego la abrazó fuerte… y se quedó allí. Solo un instante.

Había muchas cosas que acomodar. Pero al menos, los asuntos esenciales parecían haberse puesto sobre la mesa. No definieron reglas, sin embargo, conocer el terreno… parecía un buen comienzo.

—Tengo seminario mañana. ¿Estudias conmigo un rato? —pregunto el extendiéndole la mano.

Ella asintió. Fueron a su cuarto. Ella en la cama. Él en la silla del buró desgranaba con maestría la anatomía de los tumores de la fosa posterior y sus posibles abordajes quirúrgicos, y ella, extasiada, lo escuchaba, aprendiendo de él.

Esa noche no se quedó. Se fue con la frente en alto, el deseo en pausa… y las reglas claras. Ya no quería besos con asteriscos. No iba a jugar a ciegas, no esta vez. Mañana sería otro día. Y esta vez, sería distinto. Con ella al mando… ¡Ilusa!