Interferencias 4
Esa noche, Sofía me llamó.
—¿Por qué me preocupa tanto…? —susurró—. ¿Por qué quiero saber más…? ¿Por qué tengo miedo?
Yo la conocía mejor que nadie. Ella no estaba lista para asumir que estaba enamorada, no todavía.
Solo diría que estaba deslumbrada por Adam y por todo lo que él representaba.
Lo quería para ella, aunque no supiera del todo por qué.
Y la existencia de la doctora rubia —todavía sin nombre, pero ya con demasiada presencia— la incomodaba más al ego que al corazón.
Estaba en desventaja. Débil. Enredada en ese conflicto que la arrastraba entre lo que deseaba con urgencia y lo que de verdad le convenía. Entre lo que la encendía… y lo que la hacía bien.
Pensó en contarle a sus amigas lo que estaba pasando, disfrazándolo de anécdota, para que no doliera tanto si todo se derrumbaba.
Pero no lo hizo. Sabía que, aunque ella fingiera ligereza, sus amigas leerían la verdad entre líneas.
Para eso estaban. Y, por eso mismo, calló.
Porque si hablaba, se le caía la armadura.
Porque si hablaba, acabaría aceptando un hecho al que no quería ni podía plantarle la cara.
—¿Crees que deba dar un paso atrás? —me preguntó con esa voz que parece pedir consejo, pero que, en el fondo, solo busca consuelo.
Pero no era una pregunta. Ya le estaba entregando a Adam el poder que él necesitaba para instalarse en su mente. Y él, astuto, sabía qué decir, en qué tono hablar, dónde tocar. Lo sabía y lo hacía. Ya no había remedio.
Le pedí que se mantuviera alerta. que respirara y viviera un día a la vez, porque eso era lo único que podía hacer: caminar con los ojos entrecerrados por el laberinto en que se estaba convirtiendo este intento a ciegas con el doctor Adam, pues lo peor no era lo que Adam escondía.
Lo peor era lo que ella estaba dispuesta a ignorar.