Pronóstico reservado #2
—Cuídense —dijo Eddy, con la sonrisa aún fija, pero ya sin rastros de cortesía.
Sofía se montó en la bicicleta, acomodándose en el marco como antes, con la naturalidad de quien no quiere pensar en lo inquietante que ha sido todo. Adam arrancó sin decir palabra. El viento comenzaba a refrescar la tarde.
Y allí estaba otra vez. La sudoración tibia en las palmas. El escalofrío recorriéndole la espalda. Esa cosquilla eléctrica en la nuca que anunciaba peligro, deseo, y algo más. La sensación de no tener nada bajo control. Y, por supuesto…, las ganas irrefrenables de comérselo vivo.
Adam no se pudo contener:
—Eres una mujer de muchos amigos. Tienes suerte.
Sofía percibió la ironía, pero ese no era el ring adecuado para ripostar e iniciar ningún combate, así que lo ignoró.
—¿A dónde vamos? —prefirió preguntar.
—A un sitio que me gusta mucho. Es el restaurante de un amigo —respondió mientras se inclinaba hacia ella para olerle el cabello más de cerca—. Tengo muchas ganas de darte un beso.
—¿Y qué te lo impide? —replicó Sofía, volteándose con rudeza, ya un poco cansada de silenciar su mal genio.
Adam sonrió, pero no ejecutó ninguna acción, siguió escuchando música en silencio.
—¿Qué escuchas? —le preguntó Sofía para dispersar un poco la energía.
Él no respondió, pero le colocó en el oído uno de los auriculares. Era Alejandro Sanz:
♫-8 Ya no duele … porque al fin ya te encontré. Hoy te miro …
y siento mil cosas a la vez. ♫
A Sofía ahora le subía el fuego de la explosión, pero de cortisol. Le quedaban minutos para soltar un «ya no más», pero la canción la contuvo.
Llegaron al lugar poco después. Una fachada sobria, con detalles de madera y luces cálidas. El anfitrión, un hombre con acento extranjero, de unos cincuenta años, los recibió con entusiasmo:
— ¡Bienvenuti! Pasen, por favor.
Los condujo hacia una terraza reservada, donde solo otra pareja ocupaba una mesa en el extremo opuesto. La decoración era cuidada, íntima: velas, flores frescas, música suave. Pero para Sofía, nada de eso tenía el sabor del romance. Más bien olía a estrategia. A escondite.
Se sentó con el ceño un tanto fruncido, predispuesta, a la defensiva. Adam, como si nada, hojeaba el menú con familiaridad.
—Te recomiendo la lasaña de champiñones. Es mi favorita.
—Prefiero la carbonara —dijo ella con decisión, sin levantar la vista.
Compartieron par de copas de vino, mientras hablaban del hospital, Adam mucho más que ella y comieron en silencio. Al menos durante los primeros minutos. Hasta que Adam, sin mirarla, rompió la tensión:
—¿Te pasa algo?
Sofía dejó el tenedor con un gesto agudo. Lo miró con franqueza.
—Sí. Sí me pasa algo.
Adam bajó la cabeza. Ya estaba esperando esa respuesta.
—Creo que ya sé qué es.
—¿Lo sabes? —preguntó ella cortante—. Sí, claro que lo sabes.
—Anoche te dije que teníamos que hablar. Tú no quisiste.
—Y tú no insististe.
—Me pudieron más las ganas que te tengo… Hablar lo habría arruinado todo.
—¿Y qué te hace pensar que no va a arruinarlo ahora igual?
Adam sonrió apenas, como si lo tuviera todo bajo control, como si no hubiera nada que temer.
—Mejor comamos en paz. Disfrutemos la cena. Luego vamos a mi casa… y lo hablamos.
Sofía cruzó las piernas bajo la mesa. Empezó a contar en su cabeza, como en los entrenamientos de manejo emocional: uno… dos… tres..., pero no funcionaba.
«¿Cómo puede ser tan cínico? ¿Cómo puede seguir comiendo como si nada?»
Era hombre. Macho. Varón. Masculino. Claro, ahí estaba la explicación exacta del fenómeno. Mucha testosterona, poca oxitocina.
—¿A tu casa? ¿En serio?
—No veo por qué no… Dudo que esto podamos hablarlo en la tuya.
Ella enarcó una ceja. No dijo nada. Solo exhaló con esa mezcla de rabia y asombro que solo provoca el descaro sin remordimiento.
—Bueno —dijo al fin—. Supongo que no puede ser en un parque…, al aire libre, ¿verdad?
Él bajó la mirada. Soltó el tenedor de un golpe. Por primera vez, descolocado.
—¿Nos vamos? —le preguntó.
—Me parece lo justo —respondió ella segura.
Adam pagó la cuenta en silencio. Salieron sin mirar a los lados. El dueño del restaurante levantó la mano para despedirse, pero se quedó con el saludo congelado y las palabras muertas en la boca.
El camino fue un silencio inevitable, una carretera de pensamientos que ninguno quiso transitar en voz alta.
Llegaron a la casa. Adam desmontó de la bicicleta, abrió la puerta sin mirarla y subieron la pequeña escalera sin cruzar palabra.
Giró la llave y se quedó un segundo detenido antes de empujar la puerta.
—Pasa —dijo.
Sofía se detuvo en seco.
—¿Estás seguro de que no hay nadie? —replicó con ironía y prepotencia.
Adam le lanzó una mirada cortante. Inquisitiva. Como un cuchillo que no corta la piel, pero apuñala las intenciones.
—Entra, Sofía —dijo, irrefutable.
Ella obedeció. Se sentaron en la sala. Él en el sofá, con los codos sobre las rodillas. Ella al borde de una butaca, como quien no está segura de querer quedarse.
—¿Qué quieres saber? —preguntó él sin rodeos.
—Todo lo que tengas para decirme.
Adam asintió, mas no habló enseguida.
—Está bien. Te lo diré todo. Pero dime tú primero… ¿por qué? ¿Por qué quieres saber? ¿Qué es lo que quieres conmigo?
Sofía sintió el hielo recorrerle los hombros.
Esa era la pregunta que no había previsto.
Que no quería responder. El interrogatorio se le devolvía como un espejo sucio, que no reflejaba respuestas, sino más dudas.
«¿Qué quiero?», pensaba a la vez que se sentía de frente a un espejo cuyo reflejo la desafiaba.
El silencio se estiró. Por dentro, peleaba con la verdad: no lo sabía.
No del todo. Solo tenía claro lo que no podía permitir.