Pronóstico reservado
XIV
Sofía retrocedió un paso. El corazón le retumbaba en las costillas.
Bajó la mirada, se giró despacio… y comenzó a caminar, aunque ya no sabía hacia dónde.
Sacó el teléfono del bolso con la mano aún temblorosa.
Un nudo en la garganta le apretaba la voz, y los ojos le ardían por unas lágrimas de rabia que no estaba dispuesta a soltar.
La mujer del scrubs rojo —la misma con la que había chocado en el hospital— acababa de entrar como quien entra a donde pertenece: con una llave, con naturalidad… al mismo lugar donde Sofía había dormido la noche anterior. El suelo le tembló bajo los pies. Y se sintió tonta.
Marcó a Eddy sin pensar. Él respondió de inmediato, con la respiración entrecortada, quizá todavía en medio de su rutina en el gimnasio.
—¿Qué pasa, cariño?
—Eddy… ¿crees que puedas venir a buscarme? Rápido, por favor.
—¿Dónde estás?
—Justo afuera del hospital —dijo mientras se decidía a regresar.
—Vale… en diez llego. ¿Pero te pasa algo?
—No. Todo está bien. Solo ven pronto, por favor.
Eddy no insistió. Detectó la urgencia en su voz y bastó eso. Dejó las pesas a un lado, se puso la camiseta sin siquiera secarse el sudor y agarró el auto de su papá sin cambiarse.
Ocho minutos después se detuvo justo donde ella lo esperaba. Sofía subió sin decir palabra y se hundió en el asiento, como quien se resguarda de una tormenta interior.
—¿Te llevo a tu casa? —preguntó él con suavidad.
—No. Vamos a la tuya. No quiero que mi madre me pregunte por mi «mala cara».
Eddy asintió sin palabras y arrancó.
Sofía se llevó las manos al rostro. Tenía las mejillas ardientes, la mandíbula tensa. Movía la cabeza de lado a lado, murmurando:
—Esto no me puede estar pasando a mí… No puede ser. No puede ser…
Sentía el pecho oprimido, como si alguien le hubiera vaciado el aire con un puño invisible. Le costaba tragar. Las sienes le palpitaban. El pulso le zumbaba en las muñecas. Y lo peor era la confusión: no saber qué significaba lo que había visto, ni si tenía derecho a sentirse traicionada.
La mujer rubia no era un personaje aleatorio en esta historia. No era un error. Era una pieza de ese rompecabezas que Adam nunca le mostró del todo. Trabajaba en el hospital. Era parte de su mundo. Y tenía las llaves de su casa. Quizás aquí la aleatoria era ella.
«¿Cómo no lo vi antes? ¿Por qué no hice las preguntas que debía? ¿En qué momento me dejé llevar tan rápido por las apariencias, por el deseo?»
Eddy, atento a su silencio, no hizo preguntas durante el trayecto. La miraba de reojo, presente, disponible.
Al llegar a su apartamento, Sofía se quitó los zapatos, le parecía que llevaba siglos caminando.
Entraron sin encender más luces que las necesarias .
Ya en el cuarto de Eddy, se sentó en la cama con lentitud, como temiendo romperse por dentro.
Cruzó las piernas, apoyó los codos sobre un cojín y se cubrió la cara con ambas manos.
Permaneció así, respirando hondo, como buscando el centro exacto de su dolor.
Eddy regresó con un vaso de agua. Se sentó a su lado, le rodeó los hombros con el brazo y la atrajo con delicadeza. Ella se recostó en su hombro. En ese momento, lo único que necesitaba era un lugar donde caer. Y ese lugar era él.
Sus amigas no estaban listas aún para escuchar esta historia… Primero tenía que entenderla ella. ¿De verdad le gustaba tanto Adam? ¿O le dolía más el ego?
—Voy a preparar café. ¿Te apetece? —preguntó Eddy.
—Seguro. Gracias —respondió ella, un poco más calmada.
Cuando volvió con las tazas, se sentó con firmeza a su lado.
—Ahora es inevitable que me cuentes.
Sofía le contó todo con detalle, incluso lo que él aún no sabía de los avances que habían tenido… Él la escuchó con dulzura, pero sin compasión.
—Mira, yo que soy hombre, te digo algo: no es para tanto. No puedes andar suponiéndolo todo. No puedes emitir juicios sin hablar con él. Algo tendrá que decir, ¿no?
Sofía sabía que tenía razón. Pero no podía dejar de sentirse estúpida.
—Puede ser…, pero sospecho que lo que va a decir no será bueno. A menos que mienta.
—Tienes que darle el chance. Y luego decides. Vamos, que yo sé que estás jodida, pero estás a tiempo… ¿verdad?
—«Estás jodida» …, otra vez. No hace falta que me lo repitas tanto —dijo ella fulminándolo con la mirada.
—Dijiste que iba a pasar por ti a las siete, ¿no? Para ir a tomar algo…
—Sí. ¿Crees que deba ir?
—Es tu oportunidad, mujer. Pues claro que sí. Si quieres, me preparo con mi mejor versión y, «de casualidad», estaré junto a ti en el portal cuando llegue… Un poco de fantasmas se merece.
Sofía no pudo evitar reírse. Eddy imponía con su físico, sí, pero más con su carisma. Le tomó la cara con cariño y le agradeció con la mirada por estar ahí, por ser especial, tarareándole aquella canción de Kany García que un día sin querer adoptaron como himno de su amistad.
♫7- «yo te necesito, pa’ salvarme» ♫
Las amigas de Sofía creían que Eddy era solo un figurín apuesto e inmaduro. Pero ninguna lo conocía de verdad. Tenía un corazón enorme. Y a Sofia… ciertamente, la quería. Mucho.
Eddy fue a ducharse antes de llevar a Sofía a casa.
Se puso una camisa blanca remangada muy casual y los botones superiores desabrochados, acompañado de un pantalón azul oscuro.
Iba muy perfumado y con la determinación de intimidar un poco a Adam si este llegaba a aparecer.
Sofía lo piropeó; a él le encantaba que ella lo hiciera.
En el trayecto a su casa ella iba más calmada, aunque llena de preguntas… y, por alguna razón, también de miedo. Eddy rompió el silencio:
—¿Tú realmente sabes lo que quieres con él, Sofía? ¿Lo tienes claro?
Sofía se quedó pensativa. A ciencia cierta, solo sabía de la fuerte atracción que Adam ejercía sobre ella.
Admiraba su talento profesional, el desafío que él representaba, ese coeficiente intelectual altísimo que la retaba constantemente.
Eso, para ella, era un ancla demasiado poderosa…
no obstante a que, intuía que podría ser su perdición.
¿Lo que quería con él? Jamás se lo había cuestionado, y caía en cuenta de ello en ese preciso instante.
Eddy aprovechó su introspección para poner todas las cartas sobre la mesa e insistió:
—Supongamos que todo fluye, que desaparecen los obstáculos y comienzan una relación. Que todo el hospital se enterara y los ven llegar de la mano cada mañana. ¿Eso te haría feliz?
Aunque imaginar esa escena producía una descarga inevitable de serotonina, Sofía ya no era una adolescente.
Además, estudiaba el cerebro, así que, con esfuerzo, se reconfiguró.
Había cosas que no quería perder ni cambiar, cosas que, en ese momento de su vida, no eran negociables.
Su estilo de vida le brindaba mucha paz…
y, en realidad, nunca se había planteado si quería ir tan lejos.
—Ahora que me lo preguntas… en serio, no tengo ni puta idea de cuál es la respuesta.
—Entonces, ¿a qué se debe tanto malestar? —inquirió Eddy con tono relajado.
Sofía se quedó en silencio, reflexionando. Cuando llegaron a la puerta de su casa. Ambos entraron, y ella fue directamente a darse un baño. Eddy se quedó en la sala, poniéndose al día con Isabel, a quien no veía desde hacía días.
Ya envuelta en la toalla, Sofía recibió en su celular el mensaje que había estado esperando, respaldado por una duda inquietante de que no fuera a llegar. Su ritmo cardíaco se aceleró con imprudencia. Eran casi las 6:30 p.m .
Adam: Contando los minutos para verte…
¿Ya estás lista?
Se tomó un par de minutos para responderle:
Sofía: Casi.
Adam: Nos vemos a las siete.
Sofía se vistió más relajada que la noche anterior, aunque no tenía muchas ganas de impresionar a nadie.
Un mal síntoma tratándose de ella. Se puso un pullover blanco con cuello de V, y un pantalón jeans, bastante ceñido al cuerpo y ajustado a la cintura, con unos tenis blancos.
Llevaba el cabello suelto, aún húmedo, y un leve aroma a jazmín.
Eddy la inspeccionó y le dio el visto bueno.
—Estás muy en plan «me da lo mismo todo, pero soy sexy igual». Me gusta tu actitud.
Ambos rieron y se sentaron a tomar otro café con Isabel en el portal.
Se divertían con los cuentos de Eddy, que se recostaba en la baranda con ese aire desenfadado y atractivo que lo volvía casi imposible de ignorar.
Vestía sencillo, pero el porte y la seguridad le daban una presencia que imponía sin esfuerzo.
De pronto una bicicleta se paró frente a la puerta. Sofía se enderezó, sin mirar aún, pero sabiendo perfectamente quién era. Sus entrañas se contrajeron, pero su rostro... impecable. Ni un rastro del nerviosismo que la estaba desbordando por dentro.
Adam apareció con una mochila negra al hombro y el cabello un poco más revuelto de lo habitual.
Alzó la vista y allí los vio. Su mirada se transformó.
Lo reconoció enseguida, aunque su expresión apenas se alteró.
Frenó con suavidad y bajó de la bicicleta.
Eddy dio un paso al frente y le tendió la mano con naturalidad. Isabel se presentó sola, como siempre.
—Soy su hermana —inquirió mientras le daba un beso en la mejilla, y él se presentaba de vuelta.
—¿Qué tal? —le dijo Eddy, extendiéndole la mano derecha, con una sonrisa que podía ser tanto una cortesía como una advertencia.
Adam dudó un segundo antes de responder el apretón.
—Todo bien… ¿Qué tal?
—Pues muy bien —replicó Eddy, midiendo cada centímetro de su lenguaje corporal.
Sofía, ignorando deliberadamente el cambio de energía, intervino con voz ligera:
—Adam, él es Eddy, mi mejor amigo.
—Sí —interrumpió Eddy sin dejar de mirar a Adam—. Ya nos hemos conocido antes.
Adam sostuvo la mirada, intentando mantener la compostura.
—Ah, ¿sí?
Sofía miró a ambos, fingiendo asombro, y percibiendo esa corriente subterránea que aún no podía descifrar. Dio un paso adelante y se despidió de Eddy con un beso en la mejilla.
—Gracias por todo. Te llamo luego.