Las señales que no vimos
XIII
En el camino al hospital, Sofía coincidió con Sarah en la parada del bus. Hacía días que no se veían.
—Estás perdida —le dijo después de saludarla—. Y ya en las tardes no te veo…
—Es que… —Sarah bajó la voz, con ese tono entre tímido y travieso que la caracterizaba— me mudé.
—Pero… ¿cómo que te mudaste, mujer? ¿Adónde? —inquirió Sofía frunciendo el ceño.
—Pues a casa de Ariel —respondió Sarah, encogiéndose de hombros, como si hablara del clima.
—¿Peeero… tan pronto?
—¿Ves? Sabía que dirías eso. Por eso no fui al último encuentro. No estoy lista para dar explicaciones…
En eso llegaba el bus de Sofía y no pudo contestarle como debía. La abrazó rápido y le susurró con cariño:
—Ay, Sarita…, Sarita…, ¿cuándo aprenderás? Tienes 48 horas.
—¿Para qué? —preguntó Sarah casi gritando.
—Pues para ponerlo en el grupo.
Sarah tenía 24 años, era licenciada en idiomas, y siempre traía una sonrisa de cascabel que parecía tener la función secreta de resolver todos los problemas del mundo.
Trigueña, de cabello negro y voluminoso, con ojos grandes y expresivos; de esas personas que nunca se daban por vencidas.
Había pasado años esperando a quien fuese su sórdido «gran amor», pero el tal gran amor nunca volvió…
, ni la mandó a buscar y, aun así, no se amargó.
La amargura no formaba parte de los ingredientes de su temperamento.
Ahora, con Ariel —un colega músico con alma ligera y mente fuerte—, parecía haber encontrado cierta paz. Se implicaba emocionalmente con rapidez e intensidad, sí, pero lo hacía con valentía. Su forma de amar era auténtica, sin disfraces. A veces ingenua, pero siempre luminosa.
Ya sentada en el bus, Sofía desenredó su celular y respondió al mensaje de Rachel que decía:
Rachel: ¿…y?
Sofía: Done. Luego hablamos.
Rachel: No me dejes así, di algo…
Sofia: El búcaro encaja perfecto
en la decoración.
Escribió sonriendo por el mensaje críptico. Esa era su forma de hablar sin hablar, un código oculto entre ellas. Había búcaros de todas las formas y tamaños, pero no siempre funcionaban en los diseños interiores.
De pronto un escalofrío de nervios la atravesó.
El seminario de Hipertensión Intracraneal le esperaba en el hospital, y su mente estaba en otra parte.
Afortunadamente, sería con Fernando, el profesor más experimentado del servicio de Neurología —una enciclopedia con bata blanca—, un maestro que, por suerte, era más generoso que exigente con los residentes.
Al mismo tiempo, su conciencia la embistió: «Estás distraída, Sofía. Ya van siete días sin tocar la tesis, ni avanzar en el libro, ni estudiar para los seminarios».
Sintió un impulso y con la mano izquierda rozó su cuello, sin darse cuenta.
Las imágenes de la noche anterior aún le latían fuerte.
Cuerpos entrelazados, jadeos en la penumbra.
Su respiración cambió, se hizo más profunda.
El calor revivió en su vientre, insistente, urgente.
Trató de sacudir esa imagen bajando la cabeza.
Pero una sonrisa —mezcla de culpa y deseo— se le escapó.
Contó hasta tres. Se obligó a cerrar los ojos, pero su cuerpo no obedecía: hormigueo en la piel, aumento del pulso, piernas tensas.
Y en la mente una duda que le daba miedo: «¿Y ahora qué va a pasar? ¿Qué sigue después de todo esto?»
Tenía activa una alarma emocional. Y sabía que debía afrontarlo, justo cuando atravesara las puertas del hospital.
En el parqueo se cruzó con Maritza, quien llegaba oronda, como quien no le debe nada a nadie, a pesar de haber firmado trescientos pactos con el demonio. Comenzaron a caminar juntas hacia adentro.
—Vaya, Sofi…, pero qué radiante te veo hoy. Tienes más brillo en el pelo —le dijo, acariciándole una onda con gesto curioso.
Sofía sonrió entre dientes.
—Espera…, ¿tú follaste anoche? —le susurró Maritza al oído, bajando el tono con picardía.
—¡Maritza, por favor!
—No me jodas que cediste con Alberto… No puede ser que seas tan necia.
—Que no, mujer. Alberto está fuera del juego —dijo con seguridad.
—Ah, qué alivio… Pero, entonces, ¿con quién?
Sofía hizo un gesto con la mano, marcando distancia y no le dio entrada.
Afortunadamente trabajaban en salas distintas, así que subió por las escaleras sin mirar atrás.
Al llegar a la sala de Neurología casi todos estaban ya presentes…
, incluido Alberto, quien la saludó con alevosía, como quien guarda tareas pendientes.
Ella no le siguió el juego. Esta vez, no.
Mientras se alistaban para la entrega de guardia, su celular vibró.
Adam: E spero que no tengas mucho sueño ,
y que pases el día bonito…
Si pudiera, no habría venido a trabajar
y habría pasado la mañana en la cama contigo.
Adam: Ya quiero verte otra vez.
Que salgas bien en el seminario.
Escríbeme cuando te liberes.
Sofía sintió un vuelco. El pulso se le aceleró.
No respondió de inmediato. «Suave», se recordó a sí misma.
Guardó el teléfono en silencio. Sonrió por dentro.
Desde una esquina, Alberto la observaba sin disimulo.
Ella ni lo notó. Eso, a él, le molestó más de lo que admitiría. ¿Había pasado de moda realmente?
El seminario estaba por comenzar. Los residentes de primer año se acomodaban en el salón de clases de la sala. Sofía se sentó junto a Mariam y comenzaron a dividirse la presentación, preparando también la jornada de estancia que les tocaría compartir.
Todo salió perfecto. Con el profesor Fernando al frente —la enciclopedia viva del servicio—, el seminario se convirtió, como siempre, en una conferencia magistral. No era solo una exposición. Era una experiencia.
Mariam y Sofía se disponían a bajar a evaluar algunos casos reportados en Urgencias, cuando se dieron cuenta de que el especialista al frente de la estancia era, «coincidentemente», Alberto.
Por suerte, estaban en dupla, lo que reducía las posibilidades de que él se hiciera el gracioso.
Aunque Sofía sabía bien que a él poco le importaba desentonar.
—¿Y se van solas? —preguntó él con tono insinuante.
—Ya estamos acostumbradas, doctor —respondió Mariam con soltura—. Quédese por aquí descansando. Si hay algo complicado, le avisamos.
Alberto se contuvo. Miró a Sofía, que se reía apenas, de medio lado. Sabía que él no quería quedarse.
—Pues muy bien —respondió cediendo—. Estaré atento. No dejen de avisarme cualquier cosa.
Bajaron las escaleras. Mariam insistió en entrar a la sala de Neurocirugía en el segundo piso: debía recoger una indicación de resonancia magnética para uno de sus pacientes.
Sofía la siguió, aunque sintió, de inmediato, cómo le comenzaban a sudar las manos.
A esa hora era probable que Adam ya hubiese salido del quirófano.
Y eso bastaba para alterar sus sensores internos.
Iba tan absorta en la expectativa de un posible encuentro con él que hasta chocó por el hombro con otra doctora que venía saliendo.
Fue un roce fuerte, que casi la hace perder el equilibrio.
Sofía se giró de inmediato para disculparse, pero la mujer ya doblaba por uno de los pasillos.
Solo alcanzó a notar que llevaba un scrubs rojo decorado con pinzas quirúrgicas que, por un instante, le pareció gracioso.
«Aterriza, Sofía…; estás en las nubes», pensó, obligándose a racionalizar y a recomponer la postura mientras respiraba hondo. La sala de Neurocirugía estaba justo ahí… y, quizás, Adam también.
Siguió a Mariam hasta el cuarto médico. Tocaron la puerta. Una voz desde dentro las invitó a pasar. Al abrir, el ambiente las envolvió de inmediato: poca iluminación, olor a café viejo y cinco residentes tirados en las camas riéndose con soltura. Puro clima de testosterona y excesos de arrogancia.
—Eh, neurólogas en la casa —anunció William enderezándose con sorna y llamando con disimulo a la compostura en su clan.
Desde el rincón, Adam asomó la cabeza. La buscaba, y la encontró. Se sonrojó un poco, aunque no apartó la mirada. Sofía hizo contacto visual pero lo interrumpió enseguida.
—William, por favor, dame la orden de resonancia, que voy a discutir la imagen por ti. Si no, no te la van a dar —dijo Mariam, sin perder el filo ni la ironía.
Hubo risas, silbidos. William solo alzó las manos:
—Con estas dos mujeres juntas, yo mejor ni hablo.
Sofía sonrió con satisfacción. Adam la observaba con ternura inamovible. Entonces se levantó, y con tono formal y serio, se dirigió hacia ella:
—Doctora, ya que está aquí, acompáñeme para presentarle al paciente con epilepsia que comentamos. En breve lo trasladaremos a su sala.
Sofia parpadeó. No recordaba ninguna conversación sobre algún paciente, pero lo siguió. Su corazón tamborileaba sin permiso. Caminaron por el pasillo. Él se acercó por detrás y susurró muy cerca de su cuello:
—Lo haces a propósito, ¿eh?
—¿Qué cosa?
—Vestirte así, con esa elegancia tan provocativa como innecesaria … —se mordió apenas el labio antes de añadir—. Aunque uno intente resistirse, es imposible no mirarte.
Sofía no respondió. No necesitaba hacerlo. El comentario se le quedó entre el cuello y la boca del estómago. Comenzó a recordar sus manos bajo sus bragas la noche anterior, apretó los muslos y reaccionó:
—Bueno… ¿y el paciente?
—Justo aquí —dijo él señalando la segunda cama del cubículo.
—Ah, ¿porque es verdad? —sonrió ella algo aliviada.
—Por supuesto. ¡Mira que te crees importante, muchachita! Por cierto, no respondiste mi mensaje.
—Estaba en el seminario… y luego se me pasó —dijo quitándole peso con una sonrisa traviesa—¿Cómo te fue en el quirófano?
—Bien…, aunque al final terminé solo. Entró conmigo Daniel, pero no coincidimos en nada. Y llegó un punto el que me cerré y dejé de hablar. Me pongo muy pesado cuando estoy operando, lo reconozco— dijo con un gesto de resignación—. Tengo otro caso en 20 minutos.
Sofía sonrió. Recordó que William le había contado una vez que, dentro del quirófano, Adam se transformaba y toda su atención se concentraba en el paciente y en el plan trazado con precisión.
Que no admitía desvíos, ni toleraba bromas o palabras de más.
Para él, no existía nada más fuera de esa mesa que su mente y sus manos, unidas a una técnica quirúrgica estudiada con rigor y una vida humana que dependía de él.
Se notaba que los demás lo respetaban, quizá por su agilidad y precisión, pero también era evidente que trabajar a su lado podía resultar áspero.
Su carácter se blindaba ante cualquier intento de distender el ambiente, y bastaba una palabra fuera de lugar para que todo se hundiera bajo el peso de su silencio férreo.
Sofía no estaba segura de que sus colegas lo admitieran en voz alta, pero intuía que para muchos era incómodo seguirle el ritmo.
Ella, en cambio, entendía que para sostenerse en ese quirófano había que entregarse con concentración absoluta, hasta el final.
—Pero, bueno —dijo Adam cambiando el tema—, ¿qué me dices? ¿Nos tomamos algo juntos esta tarde?
—Puede ser —respondió Sofía alejándose un paso más de él y acercándose al paciente.
Tenía muchas ganas de acercarse…, incluso, de olerlo, pero sabía que no debía.
Trabajaban juntos; esa cercanía podría hacerlo incómodo.
«¿De verdad era solo eso?». La duda le punzaba: había preguntas que no se animaba a formular y que ya no podían ser pospuestas, había que gestionar el momento y responderlas, pronto.
La tarde transcurrió sin sobresaltos. Almorzó con Maritza, quien —entre confidencias y risas— le habló de Mariano. «Me estoy enamorando…, pero no quiero atarme», confesó— eso sería fallarme a mí misma después de pasar tantos años recluida de la realidad por culpa de mis padres.
Maritza había pasado toda la universidad custodiada por sus padres que no la dejaban ni respirar, ni salir, ni dormir fuera, ni quedarse con sus amigas…
y, de pronto, se había liberado. Sentía que enamorarse de Mariano podía volver a encerrarla de otra forma.
Y no había fallas en sus miedos, pero no tenía por qué ser así.
Sofía la escuchaba y la entendía, aunque su mente estaba en otro lugar, y tampoco encontraba algo comparable para contarle. Todavía no tenía o no estaba convencida de tener algo importante que compartir.
Al terminar la estancia, Alberto se le acercó muy zalamero y le dijo con picardía…
—Te llevo a casa… ¿y así recuerdas viejos tiempos?
Sofía le viró los ojos.
—No, gracias…, no tengo mala memoria.
Y en lugar de seguirle la corriente, tomó el teléfono y llamó a Adam. Él contestó al segundo timbre:
—Wow, me estás llamando. Esto debe ser muy fuerte para ti —dijo él, sarcástico y con una sonrisa en la voz.
—No tienes idea —respondió Sofía—. Acabo de terminar. ¿Nos tomamos algo por fin? —arriesgó sin rodeos.
Él tardó apenas un segundo:
—Pues, claro. Estoy un poco complicado ahora, pero puedo pasar por ti a las 7 si te parece.
Sofía sintió un escalofrío. Leía el mensaje con el corazón latiendo fuerte.
Pero una voz mínima, aguda, casi imperceptible, le susurraba desde adentro: «No te apresures».
No era el plan inicial, pero funcionaba.
Podría llegar a casa, darse una ducha, recomponerse, elegir atuendo… y esperar por él sin prisa.
Decidió caminar para relajarse, eran casi tres millas hasta su casa, pero iba escuchando a Carlos Varela en sus auriculares para calmar el pulso:
♫6- Una verdad no dice nada, / y al mismo tiempo lo esconde todo, / como una hoguera que no se apaga, / como una piedra que nace polvo. ♫
Mientras cruzaba la calle, decidió cambiar de ruta y eligió la que implicaba pasar por frente a la casa de Adam. Caminar por ahí reviviría con más fuerza las imágenes que no dejaban de rondarle en la cabeza… y quizás hasta se encontraba con él «de casualidad».
Ya estaba a unos quince metros de la puerta cuando alzó la vista…
y se paralizó. Las piernas le flaquearon, la respiración se le quebró en un suspiro agudo.
Una mujer esbelta sacó una llave del bolso y abrió la puerta.
Vestía un scrub rojo estampado con pinzas quirúrgicas.
Su cabello… era rubio, como un presagio.