Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Lo inevitable también se elige
24%

Lo inevitable también se elige

XII

Subieron unas escaleras pequeñas y Adam abrió la puerta para que Sofía pasara. Luego entró él y acomodó la bicicleta en una esquina de la sala.

Era una casa de puntal alto, antigua pero bien cuidada, con pocos muebles, distribuidos con sobriedad.

Había un sofá ancho, estilo vintage, frente a un cuadro abstracto de colores tenues con salpicaduras rojas que, a primera vista, le pareció a Sofía una representación visual de la turbulencia de un orgasmo… seguida de la calma que viene después.

«Sofía, deja la perversión», se dijo para sí, consciente de que el trayecto aún la tenía exaltada.

La luz era íntima, solo una lámpara de luz amarilla iluminaba toda la sala.

—Ponte cómoda… ¿Quieres agua?

—No, estoy bien. Gracias.

—Vale. Ya vuelvo. Voy por el vino —dijo Adam desplazándose por un pasillo lateral que, sin invadir las habitaciones, conectaba la sala con la cocina.

Adam se veía cansado, con el rostro desarmado, se notaba que en ese instante no tenía fuerzas para fingir firmeza. No hacía esfuerzo por parecer inquebrantable; sus gestos revelaban una rendición silenciosa; era evidente que algo le pesaba más de lo habitual.

Sofía se dejó caer en el sofá con delicadeza. Volvió a mirar la pintura, esperando que le revelara un secreto. Sonrió, casi sin darse cuenta. Luego sacó el móvil y le escribió a Rachel:

Sofía:     Estoy en su casa…

¿Crees que hoy deba ceder?

Rachel:     Pues no lo sé. No dejes de hacer nada

de lo que te arrepientas después… 😂

Es lo único que puedo decirte.

Sofía: …

Rachel:     Tranquila, en su momento lo tendrás claro.

Adam regresó con una botella de vino tinto descorchada y un par de copas. Le alcanzó una a Sofía, se sentó a su lado y, mientras le servía un poco, comentó con una sonrisa ladeada:

—No sé tú, pero a mí siempre me ha parecido que el vino tinto es un tanto perverso… Lo ves así, quieto en la copa, y parece que te susurra: «Hazlo ya».

Sofía tembló un poco. Él lo notó.

—Te has puesto roja… ¿por qué brindamos?

Ella lo miró con picardía y respondió, mientras apoyaba su mano libre en el muslo de él, presionando levemente:

—Por el autocontrol…

Adam bajó la vista hacia su mano y volvió a preguntar con voz grave:

—¿Para conservarlo… o para soltarlo?

Sofía deslizó la mano un poco más arriba, sin apartar la mirada de sus ojos.

—Brindemos porque lo que sea que pase cuando se acabe esta copa… sea inevitable.

—Si es que nos da tiempo a terminarla antes de que pase —replicó Adam juntando su copa con la de ella e intentando acercarse aún más a su boca después del primer sorbo—. Sabes bien cómo me pones... y te aprovechas.

Sofía se levantó despacio y caminó hacia una esquina donde había una reproductora de música.

—De saber, lo que se dice saber... tengo mis reservas —acotó, mientras husmeaba entre los CDs—. ¿Cómo estuvo tu día?

Adam se dejó caer hacia atrás, adoptando una posición más cómoda en el sofá.

—Difícil. Pero ya está.

—¿Por eso me escribiste? —insistió ella, sin mirarlo.

—Digamos que… para poder escribirte, el día tuvo que volverse así de difícil —añadió Adam dejando que su vista se perdiera en el fondo de su copa.

Eso podía significar muchas cosas. Sofía no supo si debía profundizar. Eligió el silencio.

—¿Qué música quieres escuchar? —preguntó él cambiando el aire con una naturalidad que no engañaba del todo.

—Sorpréndeme —respondió ella, casi segura de que elegiría al autor de 19 días y 500 noches .

Se sentó a esperar… mientras Adam se encargaba de lo suyo. Y, de pronto, comenzó a sonar una melodía completamente inesperada:

♫5- When a Man Loves a Woman, de Michael Bolton.♫

«Wow. Esta sí no me la esperaba» pensó Sofía.

—¿Bailamos? —sugirió él.

Sofía no respondió de inmediato. Lo miró desde el otro extremo de la sala, como quien calibra la magnitud del peligro..., pero decidió avanzar igual.

Adam le extendía la mano.

—Vamos..., no muerdo. Al menos no sin consentimiento.

Sofía soltó una risa breve. Se acercó despacio, sin apuro, con ese andar suyo que parecía coreografiado por una fuerza natural. Tomó su mano, y al hacerlo, notó el calor que él aún guardaba en los dedos. Era firme, mas no invasivo.

De repente, Michael Bolton parecía cantar como si supiera en detalles lo que estaba ocurriendo. Adam colocó su mano en la espalda de Sofía, apenas por debajo de la cintura y la otra sostenía la mano derecha de ella con una suavidad que desmentía toda la tensión de su cuerpo.

Comenzaron a moverse lentamente. Nadie guiaba del todo. Nadie seguía. Era una danza sin estrategia ni técnica, hecha de impulsos y silencios.

Sofía apoyó la mejilla en su hombro y se pegó aún más a su cuerpo. Su respiración se acompasó con la de él. Ahora era ella quien lo olía sin pudor, sin piedad. Todo lo demás se disolvió.

Él bajó un poco el rostro y rozó con los labios su sien. No la besó. Solo se quedó ahí, suspendido, respirando con ella.

—Tenía ganas de esto —murmuró.

—¿De qué? —preguntó Sofía, sin separarse.

—De tenerte así…, sin prisas y bien cerca.

Ella cerró los ojos. No respondió. No le cabía en una oración todo lo que deseaba en ese instante.

—¿Está muy mal que ahora mismo tenga muchas ganas de averiguar con mis manos todo lo que hay debajo de ese vestido? —susurró él, con los labios entreabiertos rozando su oído.

Sofía se estremeció y tragó en seco.

—Me encanta tu atrevimiento… Y no, no está mal. Supongo que es un instinto básico.

—Te equivocas. Es mucho más que eso. He fantaseado contigo —susurró Adam, con una sonrisa entre cínica y reverente— con mucho éxito… desde antes de hablarte por primera vez. Sinceramente, me has hecho pasar muy buenos ratos.

Sofía sintió que se ruborizaba demasiado, en tanto él seguía hablándole, su mano bajó por su espalda, lenta, precisa, hasta la parte alta de sus nalgas, presionando apenas con la yema de los dedos.

Ella temblaba, pero se contenía. Con la sangre alborotada y las ganas ardiéndole bajo la piel, podría haber tomado el control.

Pero no. Adam sabía lo que hacía. Y ella no pensaba interrumpirlo.

Él retiró la mano en una caricia ascendente por el brazo, hasta llegar a su hombro, donde recolocó con sutileza el tirante que ella misma había dejado deslizarse con un gesto imperceptible.

Entonces se apartó con cuidado, acarició sus mejillas con ambas manos y le dijo, con voz grave y delicada:

—Tranquila…, hablemos. Creo que debemos.

«¿Hablar, ahora…?», pensó Sofía mientras temblaba, sin saber cuál de las dos cosas la desajustaría más: una conversación que prometía ser peligrosa o traspasar con Adam todos los límites físicos y sexuales, de una vez y sin retorno.

Recordó a Rachel: «Tranquila, en su momento lo tendrás claro». Y se aferraba a ese consejo por si llegara a necesitar culpar a alguien de lo que estaba a punto de hacer.

Se acercó a sus labios, rozándolos con los suyos en un vaivén mínimo, casi imperceptible, y murmuró:

—¿Hablar, ahora…? ¿Estás seguro?

Adam se mordió el labio inferior, conteniéndose.

—No juegues con mi mente Sofía. No me pongas a prueba.

—¿A prueba? No, qué va, yo no necesito que me pruebes nada —respondió

Sin pensar más, la haló de la cintura con firmeza, atrayéndola hacia él. Su mano subió por su espalda, y la besó en el cuello. Lento. Luego le acarició el hombro con sus labios tibios para luego besarlo también. Colocó la mano en su nuca y acercó su rostro al suyo con decisión. Ella no se apartó.

Y por primera vez, comenzó a besarla como había querido hacerlo desde el primer día. Sofía respondió con la misma intensidad.

La sujetó con fuerza, y la cargó sobre él hasta llevarla al sofá. Ahora ella quedaba debajo, con el vestido subido hasta medio muslo y el corazón latiéndole en el cuello.

Se miraron un segundo. Lo suficiente para entender que lo que venía ya era inevitable.

—¿Estás segura? —preguntó él con la voz cargada de humo y duda.

—Yo siempre estoy segura —respondió ella, devolviéndole la misma frase que tantas veces había sido suya, pero esta vez sostenida por el fuego de su propio deseo.

Eso lo encendió todavía más. Le sostuvo el rostro con ambas manos y volvió a besarla, más lento, más profundo, deseando tatuar el momento en su memoria.

Descendió con la boca por su cuello, bordeó el escote y deslizó los tirantes del vestido, descubriendo su piel palmo a palmo cual parte de un ritual.

Ella, sin titubear, le arrancó el pulóver blanco casi sin que él alcanzara a notarlo.

Cuando las manos de él encontraron el encaje negro, se detuvieron un segundo. Le quitó por fin el vestido, solo para mirarla. Y luego la tocó sin necesitar un mapa. Sin límites. Sin pausas.

Sofía recorrió su pecho desnudo con las yemas de los dedos, bajando hasta la cintura. Lo quería todo. No para poseerlo, sino para rendirse. Para perderse justo donde él la estaba esperando.

Él deslizó las manos por sus muslos, hasta enredarse en sus bragas y se las retiró con una lentitud precisa, casi ceremonial. La acarició entera con las yemas de los dedos, hasta sentir la humedad tibia que confirmaba todo lo que el cuerpo de Sofía ya gritaba en silencio.

Ella, sin dejar de mirarlo, percibía la urgencia contenida bajo sus pantalones.

Buscó el cierre y comenzó a bajarlo con indicios de ansiedad y temblor.

En segundos, se quedaron desnudos. Sin ropa.

Sin escudos. Sin nada que imaginar. Cada movimiento tenía el peso de lo inevitable. No fue suave. Fue real.

Los gemidos eran incontenibles. Hubo fallos, desbordes, torpeza, y la desesperación cruda de dos cuerpos que por fin se encuentran después de haberse dicho «no» demasiadas veces.

Se sincronizaron hasta llegar al orgasmo casi al mismo tiempo.

Sofía tomó el control de ese reloj. Se desvaneció sobre él con el temblor residual en los músculos, el pulso acelerado, la piel aún tibia y reactiva.

Adam la miraba como si, al fin, hubiera entendido por qué sentía tanto. El corazón le latía con fuerza, sofocado. El cerebro le zumbaba en un éxtasis adictivo. Peligroso.

Sofía giró hacia el costado, recostando la cabeza sobre su pecho. Lo sintió respirar.

—Me gustas mucho, Sofía. Y necesito que lo sepas bien, estoy sintiendo que se me va de control —murmuró.

—Shhh…, por favor, no digas nada. No ahora —susurró ella.

Él la abrazó en silencio, besando su pelo mientras a ella se le perdía la mirada en el cuadro de enfrente… sonriendo apenas. Estaba satisfecha. Y, al mismo tiempo, llena de miedo.

Eran casi las dos de la madrugada y Sofía y Adam se habían quedado dormidos —incómodos, pero en la gloria— sobre el sofá. De pronto, un teléfono sonó como una alarma. Pero no despertaba el cuerpo, sino la sospecha. Ambos se levantaron de golpe, asustados, taquicárdicos.

Sofía, instintivamente, agarró el vestido del suelo y se cubrió lo que pudo del cuerpo. Adam, de un solo movimiento, se puso el pantalón. Se apresuró a localizar su teléfono, y al ver la pantalla, lo apagó sin pensarlo.

Sofía se preocupó. Eran las dos de la mañana. «¿Quién llamaría esas horas?»

—¿Está todo bien? —se limitó a preguntar.

Adam le sonrió con una ternura inusual, casi con amor.

—¿Cómo podría no estarlo? —respondió mientras volvía a sentarse a su lado. Le besaba los labios y le acariciaba el brazo.

—¿Nos terminamos el vino o tienes mucho sueño? —preguntó justo cuando Sofía se abrochaba el sujetador.

—Creo que es bastante tarde… y mañana hay que trabajar.

—Pues, vale, entonces vamos a dormir —dijo él, extendiéndole la mano y señalando una puerta blanca junto a la entrada del pasillo largo—. Vamos a mi habitación. Ese sofá es buenísimo para muchas cosas, pero no para dormir.

—¿A dormir? ¿Aquí? —preguntó Sofía.

—Sí, claro. ¿O pretendes volver a tu casa a estas horas?

—Pues… sí, creo que es lo más sensato, ¿no?

—Lo más sensato es descansar. Te llevo en tres horas, así llegas temprano al hospital.

Sofía se quedó un instante en silencio. Estaba un poco predispuesta. Eso no entraba en sus códigos y le parecía apresurado. La duda se le notaba en el rostro… y en la inmovilidad.

—Son solo tres horas, mujer. Vamos a dormir, imagina que estamos de guardia. No pasa nada.

Sofía lo siguió callada por el pasillo. La puerta blanca se abrió con un leve chirrido y dejó ver una habitación amplia, sobria, con paredes claras y una cama bien tendida. Nada recargado. Nada impersonal. Todo demasiado íntimo.

Adam encendió una lámpara de mesa y la luz amarilla dibujó sombras suaves sobre los bordes de la cama.

—Puedes usar lo que quieras —dijo señalando un pullover suyo que le dejaba sobre la silla—. Lo digo por si prefieres dormir más cómoda.

Ella asintió sin decir nada. Se cambió de espaldas, con movimientos lentos, mientras él observaba su cuerpo desnudo consternado, sin disimulo. No había prisa ni palabras de más.

Se acomodaron en la cama. Él la abrazó por detrás, como si el gesto pudiera protegerla del mundo.

Sofía cerró los ojos extasiada, pero no se durmió.

El calor del cuerpo de Adam la envolvía.

Su respiración en la nuca era constante, tranquila.

Sin embargo, algo en ella seguía alerta.

No por miedo. Por intuición. «¿Quién llama a un hombre como él a las dos de la mañana?

». No hizo la pregunta. Solo la pensó. La anotó mentalmente, como un pendiente inevitable.

Él la besó en el hombro y murmuró un «buenas noches» casi inaudible. Sofía no respondió. Tampoco durmió de inmediato. A las cinco y treinta, Adam la despertó con un beso en la frente y una voz suave.

—Vamos, dormilona…—Le acarició el cabello, alcanzándole una taza de café—. Te llevo a casa.

Ya estaba vestido con el scrubs  azul, impecable, parecía que había dormido ocho horas. En tanto Sofía se incorporaba, él revisaba la habitación en silencio: el teléfono, las llaves, el reloj. Se movía con rapidez, pero con esa ternura de quien cuida sin hacer ruido.

A Sofía le sorprendió verlo tan listo a esa hora. Lo observó con un gesto de ligera desconfianza. Él lo notó y sonrió.

—Tengo que pasar a ver unos pacientes antes de entrar al quirófano… y sí, tengo mis rasgos de TOC —dijo. Y abrió la puerta para sacar la bicicleta.

En el camino tontearon un poco. Él le repetía que había pasado una noche genial, y lo mucho que le gustaba su olor, pero no hablaron de nada serio.

Sofía llegó a casa justo cuando Isabel se levantaba. Se quitó los zapatos en la entrada y, al cruzarse con su hermana, solo dijo:

—No me preguntes. Luego te cuento.

Isabel la miró de arriba abajo y soltó una sonrisa.

—Con ese vestido…, ni falta que hace. Vaya, qué ejemplo el que me das. Eres una floja, no tienes autocontrol.