Las cosas que no se dicen
XI
Era sábado por la noche. La ciudad susurraba, cansada y melancólica, libre de urgencias clínicas y de prisas.
Sofía aceptó sin pensarlo la invitación de su mejor amigo, Eddy.
No quería seguir atrapada en casa, repitiendo en bucle mental la ausencia de Adam, pues…
, de nuevo, no había mensaje, no había señal.
Y la incertidumbre ya le pesaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Se encontraron en su restaurante de siempre, el de luces melancólicas y pinturas desteñidas donde solían contarse la vida y arreglar el mundo.
Eddy, ingeniero civil e hijo de una doctora reconocida del hospital, era su amigo incondicional desde hacía años.
Alto, trigueño, con unos ojos verdeazules que cambiaban de tono según la luz, ese día lucía más relajado que nunca.
«Modo soltero sin dramas», decía, pero con Sofía bajaba la guardia.
Se entendían sin máscaras; sabían cuándo el otro mentía y cuándo solo necesitaban silencio. A veces eran coartada. A veces refugio.
—Estás rara —soltó sin anestesia—. Rara, despistada, perdida. ¿Qué pasa?
Sofía levantó los ojos, forzó una sonrisa y bajó la cabeza. Eddy la miraba con ojos de rayos X.
—¿Y ese tal Adam del que me contaste el otro día? ¿No es el neurocirujano de quien medio hospital no para de hablar? —Insistió.
Ella chasqueó la lengua, se acomodó un mechón y dirigió la mirada hacia la copa.
—Ay, no es para tanto. Es… un tipo más. No entiendo por qué tanta fama —dijo con desdén.
Eddy ladeó la cabeza y añadió, como nota al pie:
—Me lo presentaron en una cena el otro día. Sí me pareció un tipo elegante, la verdad. No estoy seguro…, pero juraría que estaba con una muchacha medio rubia. Tal vez me confundo.
En ese instante, la expresión de Sofía se fracturó.
Se quedó inmóvil. El rostro se endureció como una máscara.
La mandíbula se tensó. Su mano sudaba, apretando la copa como si pudiera exprimir del vidrio alguna respuesta.
«Una muchacha rubia». Otra vez… La chica ahora pasaba de ser «una» a ser «la».
Eddy lo notó todo, sin esperarlo: el parpadeo contenido, el trago inconcluso, la decepción en sus ojos.
—Espera… —dijo él bajando la voz con una empatía que dolía—. Tú… no te ves, ¿verdad? ¡Madre mía!, pero si estás jodida… Y no te enteras.
Una revelación punzó en su interior. Sofía intentó cubrirse con una carcajada hueca, pero enseguida se quebró.
—No tiene sentido, Eddy…, ni siquiera hay nada —mintió sabiendo que él no le creería.
—¿Entonces por qué se te encoge el pecho? ¿Por qué se te quiebra la voz? —la desnudó con la mirada—. ¿Por qué… esa cara, Sofía?
Ella tragó saliva. Sintió el pinchazo del orgullo.
Frente a Eddy, siempre era la más dura. Él la veía como un ídolo femenino y emocional, una figura invulnerable.
Así que no respondió. Miró otra vez la copa, mientras en su cabeza retumbaban las palabras: «Estás jodida».
Eddy, con suavidad, le tomó la mano sobre la mesa, un gesto breve pero suficiente.
—Tú lo ves todo, Sofía. Siempre ves a los demás —susurró con cariño—, pero cuando se trata de ti... te ciegan las ganas de ser fuerte. Te apartas o quieres apartarte de la verdad.
El silencio se hizo pesado, pero no incómodo. Ya se había logrado entre los dos una tregua invisible, necesaria .
—Hay otros libros que leer, y también uno por escribir —le recordó, sabiendo que ella trabajaba en un proyecto sobre neurociencias—. Hay pacientes que te buscan y personas que te necesitan. Hay gente que espera verte llegar por cómo les transformas el día. Move on.
Sofía exhaló largo, dejando escapar la tensión.
Fue un respiro luminoso, un instante a contraluz donde, lentamente, se calmaron las olas internas.
Miró a Eddy con gratitud, él era lugar seguro, alguien que estaría, después de cualquier tormenta, para sostenerla.
Al escucharlo sintió un leve alivio…, aunque sabía que no duraría mucho.
Porque el cuerpo puede mentir menos que la cabeza.
Y el suyo aún vibraba con una ausencia que no terminaba de entender.
El domingo transcurrió tranquilo: visitas familiares, películas ligeras, nada que demandara energía. A las 9:00 p.m. , mientras Sofía alistaba la cama en pijama, el teléfono vibró sobre la mesita de noche.
Adam: Hola, ¿estás despierta?
Era él, irrumpiendo de nuevo sin permiso, inesperado, directo…, porque aparecer cuando le diera la gana era su derecho inalienable o, al menos, eso pensaba. Sofía contuvo el impulso de dejarlo en visto. Respiró hondo, deslizó la sábana, apagó la luz. Un silencio inoportuno le agitaba los latidos.
Tenía la certeza de que contaba con dos opciones: herirlo con su silencio y no responder o fingir indiferencia y actuar como si nada. Entonces esperó cinco minutos que se sintieron eternos.
Sofía: Hola, sí, estoy despierta.
Adam: Tengo ganas de verte.
El estómago le dio un vuelco. Un calambre eléctrico subió desde los muslos, recorriéndole la pelvis hasta el vientre. Se sentó de golpe; el pelo le rozaba el cuello. Calor. Confusión. Deseo. Miedo. El bucle volvía…, pero, esta vez, ella jugaría con estrategia y sin prisa. O eso creía.
Sofía: ¿Oh sí? No es que se note mucho, eh.
Esa respuesta él no se la esperaba así que no perdió tiempo:
Adam: ¿Puedo ir a buscarte, ahora mismo?
Ella se abrazó las rodillas, su respiración se volvió contenida, casi inaudible.
Sofía: ¿Estás loco? ¿Para qué?
Adam: Pues para tomarnos algo, conversar, mirarte un rato.
Ella sintió el corazón golpeando contra las costillas. Su piel se erizó. El pulso le latía en la sien, subía y bajaba como un metrónomo fuera de compás.
Sofía: Ya es tarde. Ahora todo está cerrado.
Adam: Mi casa sigue abierta. Tengo
una botella de vino, buena música…
y repito, muchas ganas de verte.
¿Qué se te ocurre que podamos hacer
con todo eso?
Con el teléfono entre sus dedos, casi sin fuerza, repetía internamente: «¿Qué rayos está pasando aquí?
» Deseo, incertidumbre, y un orgullo malherido se debatían en su mente.
Adam era un incendio inesperado, días perdido y de pronto, la ausencia y el exceso colisionaban en un segundo. «¿De dónde surgía esta intensidad?»
Reflexionó: lo correcto habría sido decir «no», pero lo correcto no le encendía la sangre como las ganas de tenerlo cerca en ese momento.
Sofía: Ven.
Adam: Estaré ahí en 20 minutos.
La noche ya no era un refugio. Iba camino a convertirse en torbellino, en desequilibrio. Al final daba igual que pasara lo que fuera hasta que el presente la revolcó y las palabras de Eddy volvieron a intoxicarle el impulso: «Estás jodida».
Así que lo pensó mejor… se levantó de la cama y se paró frente al espejo, respiró de nuevo.
Sintió el control volver. Su mente se agudizó, repiqueteó ideas y límites.
Decidió que ahora estaba en la posición perfecta para poner ella las reglas del juego…
y obtener, todas sus respuestas. Esos 20 minutos de espera, serían decisivos en el desenlace de la noche, dio un paso hacia atrás y preparó con pericia a su cerebro para lo que venía.
Entonces, pulsó el botón verde y le hizo una videollamada a Rachel, la puso en contexto rápido y comenzó a elegir la ropa.
—¿Qué tal este? —preguntó levantando un vestido negro en apariencia inocente.
Era corto, a mitad de muslos, con tirantes finos que parecían diseñados para deslizarse solos apenas con el movimiento justo.
El escote era moderado, pero caía con una naturalidad provocadora, ajustado en el busto y suelto desde las caderas, como si la tela supiera dónde quedarse y dónde escapar.
No era un vestido atrevido, más bien, peligroso: uno de esos que, bajo la luz adecuada y con la actitud precisa, podía desarmar a cualquiera, uno que susurraba sensualidad por los cuatro costados.
De esos que una mujer lleva cuando finge que no quiere llamar la atención, pero lo consigue inevitablemente desde la sencillez.
Contrastaba perfecto con su piel blanca.
Rachel, con su voz baja y ese tono de cómplice veterana en guerras de bandidaje, sentenció sin titubear:
—Ese es perfecto. Deja tu cadena de siempre, sandalias planas, pelo suelto, aros sencillos, poco maquillaje… y perfume apenas. Que huelas más a piel que a fragancia. Camina tranquila. Lo demás cae por gravedad. Pero… ¿y por abajo?
—Encaje negro. Igual no creo que eso sea relevante hoy… —respondió Sofía, soltando un suspiro entre temblor y risa, agradecida de tener al otro lado del teléfono a alguien que sabía con certeza cómo moverse en esos torbellinos físicos y mentales.
Rachel soltó una carcajada:
—Si quieres autoconvencerte tú…, síguetelo diciendo, pero no insultes a mi experiencia así, por favor.
Ambas se rieron en complicidad.
—Tenerte de asesora en esta operación es muy injusto para él —añadió Sofía jadeando de nervios—. Esa experiencia tuya es una ventaja letal.
—Querida, no te engañes —replicó Rachel con una sonrisa que se percibía, aunque no se viera—. Ya tú no me necesitas para estas cosas. Tener que conquistarte a ti… eso sí que es injusto para él, lo pintes como lo pintes.
Sofía colgó la llamada con el corazón latiéndole en la garganta. El vestido ya no era solo un vestido. Era una declaración silenciosa, un reto, un escudo y una rendición, todo a la vez. Se miró en el espejo y se reconoció poderosa, pero no tenía un plan, improvisaría.
Con un último retoque en los labios —apenas un brillo tenue— se calzó las sandalias y salió al encuentro de lo inevitable. Afuera, la ciudad palpitaba tibia, cómplice. Y Adam, aunque aún no lo supiera, ya estaba en jaque.
Vibró el celular y el mensaje estremeció la pantalla
Adam: Estoy afuera.
Sofía no respondió. Caminó directo a la puerta, sin prisa, aunque el corazón le martillaba el pecho. Hacía mucho que no sentía los nervios tan vivos, tan físicos.
Lo vio apenas abrió, parado sobre una bicicleta, apoyando un pie en el pavimento, inmóvil, bajo la luz cálida de una farola que escasamente lo delineaba.
En Cuba, la bicicleta no era solo un medio para moverse; resultaba un ritual de supervivencia.
Con un transporte público tan escaso que parecía un recuerdo que se desvanece, y los autos privados más difíciles de hallar que la señal de WiFi, subirse a una bici era aceptar un reto diario.
No importaba si eras neurocirujano o constructor.
Pedalear era un acto de rebeldía, nostalgia y resistencia contra un sistema político que, roto y absurdo, mantenía al país atrapado en la miseria.
Él no se bajó. Llevaba pantalones crema y un pulóver blanco. Contra la oscuridad, parecía todavía más alto, más presente. El rostro se le notaba cansado, como si el día lo hubiera golpeado, pero, aun así…, estaba guapo. Muy guapo. Cuando la vio, quedó hipnotizado y sonrió, víctima de una emboscada.
—Ese vestido… wow —soltó casi sin pensarlo—. Te ves preciosa.
Sofía dio unos pasos hacia él. No lo miró directo. Se acercó y le rozó la mejilla con los labios. Lento, medido, preciso.
Adam la rodeó por la cintura con una mano para devolverle el saludo. La observaba como tanteando un terreno que se moría por explorar. La otra mano seguía firme en el manubrio. Estaba enternecido con el contorno de sus piernas perfiladas en el contraste exacto entre el vestido y la noche.
—¿Lista? —preguntó Adam señalando el espacio que quedaba justo delante de él en la bicicleta. El lugar exacto donde quedarían demasiado cerca. Demasiado pegados. Demasiado inevitables.
—¿En serio, ahí? —dijo Sofía arqueando una ceja.
—Siempre podemos caminar, si prefieres —respondió él, sin perder la calma.
Pero en ese instante, para Sofía, aquella bicicleta no era un simple vehículo ni un desafío. Era el carruaje de una princesa, un paseo distinto, un salto a lo que se moría por descifrar.
—No, está bien. Solo que no recuerdo cuándo fue la última vez que hice esto… Supongo que han pasado años —le respondió mientras se situaba con cuidado agarrada al timón y se le cruzaban imágenes borrosas de su novio de la secundaria.
Adam esperó a que se acomodara. Luego colocó las manos en el manubrio, encerrándola entre sus brazos y su pecho. Su rostro quedaba peligrosamente cerca de su cuello, y, cada vez que se inclinaba, le rozaba el cabello.
Avanzaron en silencio unas cinco cuadras.
Las manos de ambos sudaban, pero nadie decía nada.
De pronto, Adam frenó en seco. Sofía se tensó, a punto de preguntar, pero no hizo falta.
Él se acercó más. Hundió la nariz con lentitud en el costado de su cabello.
Cerró los ojos. La olió como quien está por saborear algo prohibido y muy deseado.
Sofía se contrajo. Un escalofrío le recorrió los muslos. Flexionó el cuello, un acto reflejo, casi una defensa inútil.
—¿Ya llegamos? ¿Por qué te detuviste? —preguntó en un hilo de voz.
—Shhh… —murmuró él sobre su oído—. No hables. No te muevas. Quédate así.
Le enredó un mechón de cabello entre los dedos. No había lógica, solo instinto. Sofía cerró los ojos. La respiración de él se volvió más pesada, más nítida. Su torso, pegado a su espalda. El latido, palpitándole en el cuello. Y esa sensación nueva que le hervía bajo la ropa.
—Hueles bien —susurró él.
—Lo sé —respondió ella, sin moverse, dejando que el cuello se le inclinara lentamente, pidiendo más. «No me tortures así», pensó. Pero no lo dijo. No podía.
Debajo del vestido, el calor era evidente. La ropa interior de encaje se volvía liviana, húmeda. La noche lo sabía. El silencio del domingo, también.
Por fin, Adam volvió a pedalear. La ciudad, casi apagada, los envolvía. Llegaron al destino unos minutos después: una casa colonial, discreta, a tres cuadras del hospital. Desde la acera, parecía guardar un secreto.