Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Neuroimágenes
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El resto de la semana pasó sin señales de Adam.

Solo su letra firme y exacta aparecía en la historia clínica de la paciente operada, que evolucionaba bien.

Eso confirmaba que seguía allí, en el hospital…

, pero invisible. Imaginó que estaría horas metido en el quirófano, pero algo no cuadraba: después de un domingo tan intenso, ni un cruce en el pasillo, ni un mensaje. Nada.

Por ahora, Sofía se mantenía a salvo de las tormentas internas.

No justificaba su ausencia, ni minaba su autoestima.

Quizás aún sostenida por la convicción que le dejó su última charla con él.

Pero el silencio de Adam empezaba a ganarle espacio en la cabeza.

No la desbordaba…, pero la picaba. Era una pregunta sin respuesta.

El viernes de guardia fue distinto. El Dr. Rolando, de turno como especialista, apenas apareció.

Delegaba con la confianza de quien sabe que su residente puede manejarlo todo.

Y así fue: la guardia se deslizó entre rutinas clínicas y papeles firmados.

Sofía trabajó sola. Y sí, extrañó a Alberto…

, aunque solo por la eficacia de su compañía. Nada más.

El fin de semana lo pasó estudiando y descansando…, le dejo poco espacio a sus pensamientos insidiosos, pese a que alguno que otro siempre la distrajo más de una vez.

A las 6:00 a.m. , sonó el despertador.

—Otra vez lunes… —murmuró, refugiándose bajo la almohada.

El despertar fue brutal. Justo en el umbral del sueño más profundo. Aun así, Sofía jamás posponía la alarma. Su cuerpo rogaba cinco minutos más, pero su voluntad decidía primero.

Tenía jornada completa. De 8:00 a.m.  a 5:00  p.m. , con la temida discusión de neuroimágenes al mediodía. Ese el ring favorito de su rutina. En ese instante había competencia, estrés y tenía que usar la lógica clínica como arma. Allí, se sentía como pez en el agua.

Cada mediodía, los residentes se presentaban ante el jefe de Imagenología para defender los casos de pacientes que necesitaban estudios.

Solo se priorizaban tres resonancias magnéticas diarias.

En Cuba, estos equipos son contados y las piezas de repuesto tardan años en llegar —o nunca llegan—, así que, lejos de sustituir el juicio clínico, las máquinas lo ponían a prueba.

Era entre las doce y la una de la tarde cuando comenzaba el duelo: neurólogos contra neurocirujanos.

Argumentos clínicos, signos neurológicos, tiempos de evolución…

todo se jugaba en ese espacio. A veces Sofía ganaba, a veces no.

Pero cuando su convicción era sólida, peleaba con la precisión de un bisturí, aunque no fuera esa su destreza principal.

Incluso llegó, más de una vez, a conseguir que le aprobaran una cuarta resonancia.

Ese día venía preparada y no solo clínicamente. Algo en ella —una tensión imperceptible— la mantenía alerta. Una esperanza indecorosa de que, entre caso y caso, podría volver a verlo.

Le tocaba conseguir una resonancia magnética para Rita, la paciente que se había complicado durante la guardia de aquel domingo y que, ahora, tras recuperar su nivel de conciencia y encontrarse estable, estaba apta para realizarse el estudio.

La mañana transcurrió sin grandes contratiempos, y Adam no aparecía por ninguna esquina; parecía que se lo había tragado la tierra.

Llegó el mediodía. Sofía tomó el historial clínico, ajustó su bata y bajó las escaleras con pisadas contundentes y postura ganadora.

Ya conocía el efecto que la primera impresión tenía sobre los otros.

Sin embargo, el eco de sus propios pasos le devolvía una anticipación que no quería admitir.

Al entrar al salón, divisó a William sentado con cuatro solicitudes en mano.

—¡Sofía, en serio…! ¿tú? ¿Cuántos casos vienes a discutir? —preguntó William un poco inquieto.

William, residente de primer año en Neurocirugía, era moreno, de estatura mediana y muy buen carácter.

Inteligente, capaz, admirador confeso de Adam, a quien consideraba su tutor.

Se habían hecho buenos amigos y en muchos aspectos era su mano derecha.

Con Sofía tenía excelente química: compartían pacientes, guardias y un respeto mutuo matizado por una confianza que permitía bromas sin reservas.

—Tranquilo, William —respondió Sofía con una sonrisa de suficiencia—, solo vengo por una resonancia. Así que elige bien dos de las tuyas… porque ya hay una con nombre y apellido.

William recogió la sonrisa y alzó las cejas, preocupado. Era seguro de sí mismo, pero ya sabía lo que implicaba enfrentarse a Sofía en ese escenario: había salido derrotado antes.

—Menuda manera la suya, doctora, de intimidar a mis residentes —susurró una voz por su espalda, rozándole la nuca con su aliento.

Sofía se tensó de inmediato. Era él. Adam.

—Ve a Emergencias, William. Acaba de llegar un trauma que hay que evaluar. Yo me encargo de discutir las imágenes hoy.

El corazón de Sofía dio un vuelco. Las manos sudaban y la impecable presentación que tenía preparada en su cabeza comenzaba a deshacerse como tinta en agua. No se giró. Inspiró hondo y bajó la vista.

Traía tacones de ocho centímetros. Perfecto.

Labios pintados. Cabello suelto y brillante, con olor a jazmín.

Bata blanca, falda ceñida, camisa color hueso con el primer botón desabrochado.

El perfume «fenomenal», él así lo había bautizado.

Y esos lentes que la hacían parecer más severa de lo que era. Entonces se volteó.

Allí estaba Adam, apoyado contra la pared, brazos cruzados, a menos de un metro. Uniforme quirúrgico azul marino. Y, por supuesto…, la sonrisa de guardia.

—Doctor Adam —dijo Sofía, cargando su saludo con teatralidad—. Ha pasado el tiempo desde la última vez que lo vi.

—Ciertamente. Un milenio, diría yo —replicó él, sin borrar la sonrisa.

Sofía sonrió, complacida. Pero él no dio tregua.

—No obstante, Sofía —añadió, dando un paso hacia ella y bajando la voz—, hace siglos que no discuto imágenes…, pero te ahorro el esfuerzo. Hoy tengo cuatro casos. Si llegara a haber una resonancia número cuatro, no será para ti.

—No te equivoques —replicó ella sin pestañear—.

No necesito la cuarta. Más bien serás tú quien necesite un par extra.

Y mejor ten cuidado porque cuando el orgullo se adelanta a la inteligencia, el caos es inevitable.

Además, no entiendo… ¿no es que tú eres tan grandioso que no necesitas imágenes para diagnosticar?

Adam curvó los labios , ladeando la cabeza y se inclinó un poco, como para confiarle un secreto que ardía.

—Para diagnosticar, no. Pero para operar, sí. ¿Tienes idea de lo que significa «operar», doctora?

El subrayado fue innecesario . La provocación estaba servida. Esa vieja cizaña entre neurólogos y neurocirujanos seguía viva entre ellos. Tal vez, más viva que nunca.

Sofía sintió cómo la adrenalina le encendía las venas.

Esa chispa, ese fuego competitivo que tanto había extrañado.

En un segundo, recuperó el hilo argumental de su caso y reorganizó mentalmente su estrategia.

Justo antes de que comenzara la discusión, se inclinó apenas hacia Adam —que aún estaba a su lado— y le susurró al oído con una media sonrisa:

—Creo que operar significa: pérdida aguda y, con suerte, transitoria, de la capacidad de pensar con coherencia.

Lo soltó justo a tiempo, sin darle espacio para responder. Adam reprimió la sonrisa, mirándola de soslayo con una mezcla de advertencia y rendición. Ella ya estaba atenta al doctor Javier, quien comenzaba la sesión con su voz grave y segura.

En un primer momento las tomografías fueron asignadas sin mayor disputa. Algunos residentes se retiraban apenas obtenían su número; otros, por vocación o estrategia, se quedaban hasta el final. Entonces vino la parte álgida:

—Bueno, ahora las resonancias. ¿Quiénes tienen casos para resonancia?

Sofía y Adam levantaron la mano al mismo tiempo.

—¡Claro! neurólogos y neurocirujanos, como siempre —bromeó el doctor Javier—. Bueno, doctora, las damas primero.

Sofía giró con perspicacia la cabeza hacia Adam, luego alzó la voz con una serenidad impecable:

—Creo que hoy el doctor Adam merece la cortesía. Trae cuatro casos aparentemente graves para discutir. Prefiero escucharlo antes de decidir si el mío debe presentarse hoy.

Adam la miró de reojo. Sabía muy bien lo que Sofía estaba haciendo.

—Aclaro —intervino Javier— que no se otorgarán más de tres resonancias. Mañana vienen casos transferidos de otras provincias. No hay espacio.

Sofía sonrió. Su gesto, amable en apariencia, era una jugada de ajedrez. Adam, lector experto de intenciones, lo captó al instante.

Él presentó sus cuatro casos con su acostumbrada tenacidad: tres tumores cerebrales y una hernia discal extruida. Clínicamente defendibles, aunque solo uno comprometía de forma inmediata la vida del paciente. Sofía tomaba nota mental, sin perder la compostura. Su carta aún no estaba sobre la mesa.

El doctor Javier la miró con duda. Sofía se volvió hacia Adam y le susurró un «lo siento» cargado de compasión y sarcasmo… justo antes de lanzarse:

—Doctor Javier, mi paciente es una joven de veinticinco años —empezó con firmeza—. Está hospitalizada desde hace diez días con un brote activo de Esclerosis Múltiple.

Adam se pasaba la mano por la nuca, mientras la miraba enternecido… y ya derrotado. Esto era un golpe bajo

—Ahora está fuera de peligro, pero con alto riesgo de recaída. Necesitamos realizar la resonancia ya, para definir la conducta terapéutica antes de que ocurra otra crisis irreversible.

Se ajustó los lentes con determinación. Su voz era directa, sin titubeos:

—He escuchado con atención los casos del doctor Adam y, sin restarles importancia, considero que mi paciente debería tener prioridad absoluta, porque…

Y entonces desplegó su artillería clínica: analizó caso por caso, contrastando los argumentos de prioridad con la urgencia real.

Precisa. Implacable. Sin arrogancia, pero con autoridad.

Adam la miró, sorprendido. No solo se defendía con argumentos irrefutables; también había usado, con sutil inteligencia emocional, aquel domingo… y su presencia en él.

El doctor Javier arqueó las cejas, luego miró a Adam con una sonrisa compasiva:

—Doctor Adam, seleccione ahora los dos casos más urgentes de los cuatro que presentó. Los otros dos quedarán pendientes para rediscutirlos mañana.

Sofía exhaló en silencio. No estaba sorprendida. Pero sí muy satisfecha.

Salieron juntos del salón. Avanzaron en silencio por el pasillo, alejándose del resto. Sofía contenía una risa sutil, mientras el rostro de Adam permanecía impenetrable. Hasta que no pudo más y la detuvo:

—Sofía, tú eres fuerte. Muy fuerte —soltó con impotencia, pero a la vez con cierta admiración que no podía disimular.

—Y eso, es obvio que te molesta —respondió ella, encogiéndose de hombros mientras seguía caminando.

—Es que… no me creo haberme quedado callado —confesó él.

—Porque no podías ripostar, y lo sabes. Rita necesitaba esa resonancia más que cualquier otro —replicó Sofía, con tono directo y sereno.

Volvieron a caminar.

—Me pones la vara alta, eso me gusta.

—Dicen que lo peor que puede pasarle a un ser humano es tener la vara bajita y que le vaya bien. Así que míralo por la parte buena. Te genero conflictos de superación —dijo ella presionando el botón del ascensor.

—Sí, conflictos de superación… y provocación —agregó Adam con énfasis.

—¿Será posible provocarte? Tengo mis dudas—musitó Sofía presionando el botón del ascensor.

—Tendrás que esforzarte más, pero sí. No pierdas las esperanzas — le respondió apoyándose a la pared.

—¡Lástima que no quedara más público al final de la discusión!

—¿Lástima por qué? —preguntó exasperado.

—Las derrotas en público son un remedio eficaz contra la prepotencia —remató Sofía con media sonrisa.

—¿Prepotente yo? Igual… esto no es una competencia —protestó él.

El ascensor se abrió y entraron, junto a dos personas más.

—Doctor, este es su piso —señaló Sofía al notar que no se movía cuando el ascensor se detuvo en el segundo.

—En realidad voy hasta el quinto, tengo pacientes en UCI —respondió Adam sin despegar los ojos de ella.

Se quedaron en silencio mientras la puerta se cerraba con una lentitud irritante.

—Eres prepotente, sí —comenzó ella en murmullos para que los demás no escucharan—. Quieres disimularlo, pero no te sale… El tema es que a mí no me intimidas.

Adam esbozó una sonrisa y se inclinó hacia ella, demasiado cerca.

—Tenga cuidado con el tonito, doctora. Recuerde que soy cirujano. Opero. Y a veces… pierdo la capacidad de pensar con coherencia.

Las puertas se abrieron. Sofía salió sonriendo, pero veloz, con el corazón retumbando. Volteó una última vez. Adam se quedó recostado en el fondo del ascensor, riendo sin ruidos ni esfuerzo, diciéndolo adiós con los dedos.

Ella sintió una rabia embriagadora, y algo que se alejaba peligrosamente del triunfo, mientras el ascensor lo tragaba de nuevo hacia el segundo piso… donde, según él, no tenía que quedarse.

Sofía caminó directo al cuarto de descanso, el pulso todavía estaba alterado.

Había ganado la resonancia, sí. Pero la victoria tenía un sabor extraño.

No le gustaba la forma en que Adam la sacaba de eje, cómo lograba agitarle las certezas, cómo la enfrentaba sin violencia, pero con un magnetismo incontrolable.

¿En qué momento había pasado de rival médico a distracción emocional? Se miró en el espejo mientras se quitaba los lentes. El reflejo era el de una mujer que fingía control. Pero su estómago aún se retorcía como el de una adolescente, y su respiración delataba un suspiro roto.

«Cuidado, doctora…», se repitió mentalmente, imitando su voz. Ese tono. Esa cercanía. Esa certeza de que la conocía más de lo que ella misma había permitido. Sofía no era de las que se dejaban arrastrar por el vértigo. Al menos, eso quería seguir creyendo.

Y, sin embargo…, «¿por qué había desaparecido esa semana? ¿Dónde se había metido? ¿Por qué ni una llamada, ni una excusa, ni un mensaje?»

Ese silencio inesperado la inquietaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Aún no se había dejado caer en los abismos del insomnio ni en los juegos de minar su autoestima, pero la duda comenzaba a carcomerle los bordes del juicio.

«¿La estaba evitando? ¿Se arrepintió? ¿Lo que sucedía entre ellos era solo una chispa efímera para él?»

«Esto no es una competencia», había dicho él. Pero claro que lo era. No por una resonancia. Era una guerra, entre deseo y control. Peor aún, entre egos. Y Sofía, sin saber cómo, sentía que empezaba a perder terreno.