Interferencias 3
Sofía y yo habíamos quedado para estudiar al regresar del juicio —así llamaba ella a ese tipo de reuniones con sus amigas, donde cada confesión era una evidencia y, cada copa, una sentencia suspendida.
A pesar de haber sobrevivido con éxito al seminario del lunes y de que nuestros protocolos de tesis fueron aprobados sin sobresaltos, teníamos la costumbre de repasar los casos de sala y adelantar algún tema del examen de pase de año cada noche.
Pero, por primera vez en tres meses, Sofía decidió dormir. O al menos eso decía.
Estaba ensimismada, disuelta en pensamientos que no me invitó a compartir. Esa noche eligió no invocarme. No porque no me necesitara, sino porque no quería interferencias. Nada que interrumpiera sus ensoñaciones.
Adam le daba vueltas en la cabeza como un misterio apetecible.
Y, francamente, hasta para mí resultaban difíciles de resistir todos sus encantos.
Aun así, hice un último intento por bloquearle los impulsos, recordarle su enfoque.
Pero ella me evitó. Cerró la puerta. No necesitaba contradicciones, ni razones. No esta vez.
Insistía en que todo estaba bajo control…, incluso cuando la disautonomía se hacía evidente: esa súbita palpitación al recordarlo, la presión arterial emocional que subía y bajaba sin permiso, el vértigo epigástrico de la anticipación.
Ella no sabía aún quién era ese neurocirujano de sonrisa inhumana y cerebro luminoso, pero sí que esa sonrisa y ese cerebro juntos eran una combinación muy peligrosa y exquisita.
Sofía no quería amor, ni amar, ni dispersarse. Pero, evidentemente, tampoco estaba dispuesta a quedarse con la curiosidad… ni con las ganas.
Y yo, esa noche, también bajé la guardia.
No deseaba ser la culpable de sus futuros reproches.
Porque, si algo tenía claro Sofía, era que jamás se enfrentaría al «¿qué hubiera pasado si…
?». Prefería los golpes a las dudas. ¿Masoquismo?
No. Simplemente, su concepto de vivir no contemplaba los términos medios. Tampoco las oportunidades perdidas.