Noche de Chicas
XIX
Era miércoles, ocho de la noche, y Sofía y sus amigas habían improvisado un encuentro de contingencia.
Nada formal: un par de botellas de vino tinto, una pizza compartida y la promesa tácita de ponerse al día sin filtros.
Estaban todas reunidas en la habitación de Sofía, dispersas entre la cama y un par de butacas estratégicamente acomodadas.
Almohadones, mantas, risas a media voz y copas listas completaban la escena.
—¡Alberto en tu vida otra vez! No sé de qué te quejas, mujer —exclamó Paula con esa mezcla de ironía y entusiasmo tan suya.
—¡Qué graciosa, Paula! No confundas las cosas. Alberto volvió a su vida, no a la mía…, como siempre hace —respondió Sofía segura de haber cerrado un ciclo que ya no era suyo—. Y ya lo tenía claro. Yo sigo adelante.
—¿Y hacia dónde? —preguntó Rachel, alzando una ceja cómplice, girando su copa de vino como quien estudia una revelación.
—A ver, volvamos a empezar esta conversación —interrumpió Camila con gesto teatral, lanzando un cojín al aire—.
Porque a mí no me sacaron de mi cama un miércoles por la noche para ocultarme información.
En serio, Sofía…, dinos la verdad. ¿No pasó nada con Alberto esa noche?
Los dos… solos… de guardia… después de tanto tiempo.
Sofía sonrió por fuera. Por dentro, hervía.
Lo de Alberto siempre fue físico, salvaje, imposible de apagar ni con la rabia más feroz.
Le había enseñado a rendirse al deseo sin romanticismos, pero nunca hubo amor: ocultaba que estaba casado, que tenía un hijo.
Más de tres meses de mentira. Una caída brutal. Irreversible.
—Bueno, eh… —tartamudeó—…trabajamos toda la noche. Yo entré al baño a las 3 a.m. Al salir, él estaba casi sin camisa, con toda la luz encendida. Agresivo. Tentador. Me dio risa, lo confieso.
—¡Seguro te reíste sin querer! —saltó Paula, divertida.
—Se acercó y me acorraló —continuó Sofía.
—Y lo devoraste, obvio —afirmó Rachel sin pestañear.
—No. Solo nos besamos. El beso fue inevitable, lo admito.
Tenía ganas desde que lo vi… pero me supo diferente.
No era solo por él. Llevaba todo el día con la tensión sexual desbordada, acumulada por demasiadas razones.
Tal vez por eso no pude contenerme. Pero justo cuando empezó a escalar demasiado, lo empujé. Me fui a mi cama.
—Y él, a la tuya —insistió Camila, con tono pícaro.
—Que no, Camila. ¡No lo dejé! Cada uno durmió en su cama. Aquí la que cayó en camas celestiales e impuras fue otra… ¿o no? —dijo devolviéndole la mirada con sagacidad.
Todas rieron.
—Seguro te arrepentiste al amanecer —musitó Camila cruzando las piernas.
—Casi siempre me arrepiento al amanecer —confesó Sofía con media sonrisa—. ¿Y tú, Camila? ¿Te arrepentiste?
—Yo creo que Camila nos ha demostrado que no se debe quedar uno con hambre cuando hay tanta comida…, ¡aunque, después, llegue la anorexia nerviosa! —exclamó Rachel bebiendo de su copa otra vez.
—Cuenta tú, Camila…, y ese cura, ¡por favor! Solo imaginarme el acto ya me intriga demasiado —añadió Paula entre risas
—Bueno, hace cuatro días que no me pasa la comida —dijo Camila bajando un poco la voz—. Tuve un desliz. Mi alma necesitaba un poco de paz…
—…y tu pelvis, Terapia Intensiva —remató Paula sin piedad.
Las carcajadas no se hicieron esperar.
—La verdad…, no me siento culpable —continuó Camila, con esa naturalidad suya que siempre rozaba el escándalo—. Él ya tenía dudas con su vocación. Yo solo fui el catalizador. Igual…, esta ruptura ha sido más jodida de lo que imaginé.
Camila era una odontóloga de 24 años, puro caos emocional y encanto físico en un solo cuerpo. Bella, presumida, su risa despertaba alarmas. Tras una ruptura amorosa fuerte e inesperada, luchaba contra la anorexia nerviosa con humor y fragilidad cruzada.
Hubo un pequeño silencio, esa pausa donde todas saben que algo dolió. Rachel la miró con ternura y Paula le ofreció otra copa sin decir nada.
—Sofía, por favor…, actualízanos sobre el Doctor Maravilla —agregó Rachel con una sonrisa curiosa.
Sofía sonrió. Solo recordarlo bastaba para sentir la revolución en el estómago. El ascensor. Su respiración. Su boca. Su cuello…
—¡Sofía, hello ! ¡Aterriza! —interrumpió Paula chasqueando los dedos frente a sus ojos—. Te estás yendo por la tangente y no te lo vamos a permitir.
Y, entre risas, halagos, preguntas inquisitivas y vasos medio vacíos, Sofía contó algunas cosillas. Intentó sonar neutral, profesional. Pero sus amigas la conocían demasiado bien. Todas entendieron que estaba desbordada. Sin frenos. Rumbo al abismo, aunque aún no lo admitiera.
—¿Pero…, al final con quién fue a la fiesta? ¿Quién era la rubia que lo acompañaba?—preguntó Rachel siempre con su olfato fino para detectar alertas emocionales.
—Ni idea —respondió Sofía con un dejo de molestia—. Lidia tampoco sabe.
—¿Y no se han visto más después de la guardia? —Camila se acomodó como detective de novela negra, lista para una confesión.
—El lunes en la mañana, cuando fue a ultimar los detalles de la cirugía de una paciente. Me dio los buenos días con una sonrisa… enorme, pero había demasiada gente. No hablamos… Ya han pasado tres días.
Esa ausencia pesaba más que un grito. Se respiró un silencio inquisidor en la secta. Cuando un hombre está interesado, se nota… y, cuando deja de estarlo, retumba. No hacía falta mirar a Sofía para saber que a ella sí le importaba, y mucho. Entonces llegaron los pronósticos.
—Si no se mueve pronto, bórralo —sentenció Paula con su tono de arquitecta emocional en demolición.
Estaba superando una separación estoica, y hablaba del amor como quien habla de un contrato vencido.
Tenía 23 años y estaba en plena consolidación profesional, con una autosuficiencia sólida y una autoestima bien cimentada que no dependía de validaciones externas.
No era vanidad. Era convicción. Con ella no había lugar para dramas ni medias tintas.
Pragmática al extremo, le gustaba presumir que no creía en los rodeos emocionales, y, aunque a veces le temblaran las certezas por dentro, jamás lo dejaría ver.
Si algo tenía claro, era que una mujer no debía mendigar afecto, ni tiempo, ni presencia.
Para Paula lo que no se daba con naturalidad, simplemente no valía.
Había conocido a un chico hacía poco tiempo, pero aún no era digno de ser presentado.
Rachel, en cambio, tenía otro enfoque. A sus 32, también arquitecta, era más espiritual que romántica.
Creía en los gestos sutiles y en las conexiones inevitables.
Tenía una elegancia natural que no dependía de marcas ni maquillaje, pese a que resultaba experta en eso.
Era de esas mujeres que entran a un sitio y lo ordenan todo con su energía excelsa.
Le gustaba lo bello, la armonía, lo bien hecho, tanto en lo estético como en lo emocional.
No había tenido suerte en el amor, cierto.
Pero en vez de lamentarlo, aprendió a disfrutarse como pocas.
Era libre, y esa libertad la llevaba como una joya invisible.
Sabía leer entre líneas, ver más allá del ruido.
Aquella noche, tras escuchar a Sofía, sentenció con una convicción inquietante:
—Ese tipo va a volver… y, cuando lo haga, no vas a estar lista.
Camila, que jugaba entre la lucidez brutal y la ternura de quien se está reconstruyendo, soltó:
—Tú tranquila que, si ese hombre no vuelve, lo invoco yo. Y tú sabes que me sale.
Faltaban Amber y Sarah. Amber no acudió por una cita misteriosa. Sarah, algo rara últimamente, se excusó con que tenía demasiado trabajo acumulado.
Sofía las miró a todas. En sus ojos, en sus posturas, en sus bromas cargadas de amor, vio algo que la anclaba.
Estar con ellas era un bálsamo. Entre carcajadas, confesiones y miradas que no necesitan traducción, podía respirar.
Y allí, entre risas y heridas compartidas, recordaba quién era…
, incluso, cuando atrapada en el deseo parecía olvidarlo.