Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) ¿Latidos o sinapsis? #3
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¿Latidos o sinapsis? #3

—Creía que sí…, pero, cuando entendí que no valía la pena, dejé de gastar energía. Todos hablamos sin pensar alguna vez.

Adam sonrió. Lo sabía. Estaba molesta, pero fingía indiferencia. Y ese esquive perverso, lo atraía aún más.

—Creo que me puse… un poco celoso —confesó con voz baja, casi infantil.

Sofía giró apenas el rostro. Una chispa de picardía asomó en sus ojos. Se incorporó con lentitud, se sentó en la esquina de la cama y recogió las piernas, tejiendo un ritual de tregua.

—Ven. Siéntate. No te quedes ahí parado como si fueras a desmayarte.

Adam se acercó. La luz opaca lo envolvía. Se sentó junto a ella, lo bastante cerca como para que sus rodillas casi se rozaran. Apoyó los antebrazos sobre los muslos, los dedos entrelazados, la espalda apenas encorvada. Transparente.

Sofía lo observaba. Volvía a ser el hombre del primer día: vulnerable, humano, transparente. Ese que ella admiraba.

—¿Puedo saber por qué te pusiste celoso? —preguntó con calma—. La verdad, me perdí con la noticia.

—Tu perfume… —murmuró él, evitando su mirada y su pregunta.

—Adam —dijo con dulzura, obligándolo a girarse—, ¿por qué estabas celoso?

—No lo sé —dijo bajando la vista—. Sé que es una tontería, pero cuando te vi con ese… Alberto, sentí lo mismo que cuando Dany te sacó a bailar aquella noche. Y hoy… cuando mi residente soltó que Rodrigo parecía tu novio. Fue la misma punzada. No sé por qué me afecta, pero es un hecho, me afecta.

La miró. Necesitaba respuestas, sí. Pero más aún, un poco de consuelo.

—¿Y qué fue con exactitud lo que sentiste? —preguntó ella sin adornos—. Cuando Dany me tomó de la mano, cuando Alberto me abrazó, cuando Rodrigo parecía más que un amigo… ¿qué sentiste?

Adam se quedó quieto. Apenas respiraba. Luego, sintió que algo en su corazón cedía, y respondió con los ojos brillando:

—Miedo.

Sofía no dijo nada. Pero lo había escuchado todo. Lo sintió en su piel, hasta en su estómago.

Ella se le acercó sin avisar. Parecía que el cuerpo se le moviese solo.

Quedaron frente a frente, a escasos centímetros.

Las narices se rozaron por accidente. El aliento de ambos era cálido.

Adam le retiró un mechón del escote. Le rozó apenas la clavícula con los nudillos.

El aire entre ellos estaba cargado, y el cuarto marcaba su propio pulso.

—Dany solo es buen bailarín. Alberto es mi amigo. Rodrigo no es mi novio —susurró ella, con una sonrisa afilada, los labios muy cerca—, y tú y yo…

—¿Tú y yo qué? — la interrumpió

Lo vio temblar. Le brillaban los ojos. Lo tenía ahí, atrapado en la red que ambos habían tejido sin querer.

—Tiene las pupilas dilatadas, doctor. Y aquí hay demasiada luz —le susurró al oído con sarcasmo antes de levantarse.

Adam no se movió. Pero le sujetó la mano, justo cuando ella estaba a punto de cruzar la puerta.

—Las pupilas también se dilatan ante estímulos complejos…, no solo por placer o adaptación a la luz, mi querida doctora —replicó acariciándole el dorso con el pulgar.

Sofía observó la caricia en su mano, luego le sostuvo la mirada unos segundos más de lo necesario . Bajó la vista. Respiró. «Esto me da Miedo» —pensó— «y, sin embargo, se me está metiendo en el cuerpo como una certeza». Volvió a sonreír y tarareó en voz baja:

♫4- …Sus pupilas contaban historias para no dormir… ♫

—Sabina… siempre opinando de todo —respondió él con otra sonrisa, reconociendo la melodía sin necesidad de decirlo.

Sofía asintió, satisfecha. Que identificara esa música era un punto a favor. Uno grande.

—Vamos, doctor —le soltó la mano con cuidado, pero con teatralidad , ese contacto merecía una despedida digna—. Tengo que bajar a Urgencias. El deber me llama.

Adam se levantó y le abrió la puerta con gesto ceremonioso, aún le pesaba dejarla ir. Caminaron juntos hacia el ascensor. Antes de entrar, una estudiante de sexto año se les cruzó con apuro:

—Doctor, qué bueno que lo encuentro. Hay una fractura de base de cráneo en Emergencias. Su celular no tiene señal. Están dándole los primeros auxilios.

—Tranquila —dijo Adam, desplegando una sonrisa que, sin pretenderlo, desarmaba voluntades—. Justo iba para allá.

La estudiante se sonrojó al mirarlo y bajó corriendo por las escaleras. Sofía, que lo había observado en silencio, arqueó las cejas con ironía, sin ocultar cierta diversión:

—No deberías hacerle eso a la gente. Es casi inhumano. Cruel, incluso.

—¿Qué cosa le hago? —preguntó él, de verdad desconcertado.

—Eso —dijo ella, señalando con la mirada—. Sonreírles así. Sin advertencia ni defensa posible.

Adam negó con la cabeza, divertido, y de pronto aceleró el paso.

Se paró frente a ella, bloqueándole el camino por tercera vez en el día.

Pero esta vez no fue solo un gesto. Se inclinó de nuevo, más lento, más cerca.

Le apartó un mechón de cabello con los dedos otra vez, y se detuvo a centímetros de su oído.

—El perfume… está fenomenal —le susurró como quien deja una herida dulce y abierta.

Sofía se estremeció. La piel respondió antes que la razón. Las puertas del ascensor se abrieron.

—Usted primero, doctora.

Ella lo miró, ya sin máscara, con una media sonrisa afilada.

—Gracias…, pero esta vez, tomaré las escaleras.