Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) ¿Latidos o sinapsis? #2
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¿Latidos o sinapsis? #2

La idea le revolvió el estómago. Pero no pudo dejar de mirarlo.

Tenía esa forma de estar en el mundo que la excitaba y la irritaba a partes iguales.

Lo imaginó por un segundo encerrado con ella en el cuarto médico: el scrubs caído al suelo, la espalda contra la pared, sus bocas sin protocolo, sin filtros, sin anestesia.

Rápido, excitado, sucio, y terminar lo que apenas estaba empezando. De una vez.

Él seguía sonriendo irreverente, con esa dentadura de propaganda y el aura de quien cree que el universo le debe algo.

«Esa sonrisa debería ser más cara», pensó, apretando el bolígrafo cual jeringa lista para inyectar veneno.

«No puede andar regalándola así. No si sabe lo que provoca. Y lo sabe. Lo sabe a la perfección».

Sacudió la cabeza para controlar el fuego que se estaba apoderando de su cuerpo y desplazar todas esas imágenes de su cabeza. Volvió al foco: la tesis, Rodrigo… Se obligó a clavar los ojos en la pantalla. Pero lo que necesitaba urgente era un baño de agua fría.

Rodrigo, por su parte, no era ajeno a la energía del momento. Sintió la incomodidad flotando en el aire como un gas invisible.

—«No me dé lecciones, que conozco las normas» —imitó Rodrigo con fingida seriedad, calcando el tono de Adam—. ¿Qué tal? Creo que me salió más como villano ruso de telenovela que como neurocirujano...

Sofía ri ó . La sonrisa no era auténtica, pero venía en piloto automático, en defensa propia, desde un lugar interno donde se mezclaban el ego, las ganas crudas y la necesidad urgente de volver a tener el control.

Y fue esa risa —esa risa que no era para Rodrigo— la que le torció la mirada a Adam desde el otro lado de la sala. Ella lo supo. Y le sostuvo la vista un segundo… solo para después ignorarlo con saña calculada.

Pero adentro, algo dolía o estaba faltando. Tal vez era una fractura sigilosa que, en vez de colapsar, intentaba alinear sus bordes por supervivencia o por ese problema que tenía ella con no dejar las cosas a medias.

«¿Qué estoy haciendo?», pensó. Pero no tenía respuesta.

El silencio de su propia confusión latía muy fuerte, como una herida nueva que aún no sangra, pero arde.

Pero decidió volver a centrarse: terminar de revisar la tesis con Rodrigo.

No iba a quedarse allí presenciando más coqueteos ajenos ni un segundo más.

—Doctora Sofía —se acercó Adam, sin dejar de mirarla—. ¿Cree que podamos hablar un momento?

Sofía se levantó con lentitud, recogió el bolso… y con él, la sonrisa.

—Sí, doctor. Pero en otro momento. Ahora tengo cosas que hacer…

Se giró hacia Rodrigo.

—La tesis va a ser un éxito. Te veo luego.

Y salió como volcán dormido, soberana, intacta en sus propias llamas. Dueña de sí.

Adam la siguió. La alcanzó en el pasillo con el ritmo acelerado.

—Sofía, por favor…, espérame cinco minutos en el lobby. Solo cinco. Necesito hablar contigo.

Ella se detuvo. Lo miró fijo. Había ternura, quizás algo de arrepentimiento, sinceridad en sus ojos. Lo vio. Lo sintió. Y, aun así, no dijo nada. Solo siguió caminando.

Llegó al lobby . El elevador estaba abierto, esperándola como un destino inevitable. Pero, en vez de entrar, se dejó caer en un sofá. Respiró, exhausta, confundida. Agitada por dentro.

Pasaron ocho minutos. Nadie aparecía.

«Qué idiota eres, Sofía», se dijo mirando las escaleras con la intención de irse. Pero el cuerpo no cooperaba, estaba agotado… Entró finalmente al ascensor, cuyas puertas seguían abiertas, como si también esperaran algo.

—¡No cierre, que subo! —gritó una voz a lo lejos.

Ella extendió el brazo para evitar que se cerraran. No necesitaba mirar. Era él. Ese acento. Esa urgencia.

Subió con el pulso ajustado y la respiración entrecortada. Al verla allí, su expresión cambió: asombro, alivio, un toque de vergüenza. Miró su reloj. Calculó y entendió. Ella lo había esperado. Aunque no quisiera admitirlo.

Entró y dio unos pasos lentos. Se colocó detrás de ella, guardando una distancia no demasiado prudente. No podía contener la sonrisa que se le escapaba. No de burla, sino de triunfo corporal, íntimo, animal. El cuerpo sabe cuando está donde quiere estar.

Sofía no se volteó. No necesitaba verlo para saber lo que hacía.

Lo sentía: el calor, la vibración mínima del ascensor, su respiración cerca, y el pulso acelerado que no podía disimular.

El ascensor subía demasiado rápido. Ella lo lamentaba.

Quería que ese encierro durara un poco más. Solo un poco más.

Cuando la pantalla marcó el piso cinco, Adam se acercó bastante. Su sombra la envolvió como una manta tibia.

Él notó —para su secreto alivio— que le quedaban más de diez centímetros por encima de ella. La recordaba más alta en la fiesta. Eran los tacones.

Ella seguía inmóvil, fija en la rendija entre las puertas. Entonces, sin tocarla, se inclinó con cuidado sobre su hombro derecho. Su rostro quedó cerca del cuello, justo en el claro donde la trenza dejaba expuesta la piel. Cerró los ojos. La olió.

Sofía sintió su aliento. No solo eso. Sintió su presencia como un voltaje, como una corriente eléctrica que subía por su entrepierna y le erizaba cada centímetro de piel.

Cerró los ojos. El cuerpo le ardía. Se aferró al bolso como a una tabla de salvación.

No había palabras. Solo la tensión suspendida entre dos cuerpos que se sabían, que se deseaban y que se resistían.

Y justo cuando las puertas comenzaron a abrirse…

—Perdóname —le susurró él con sus labios sobre el pelo que le cubría el oído.

Y salió primero, sin mirarla, directo hacia la sala de Cuidados Intensivos.

Ella se quedó paralizada, con los latidos desordenados y el deseo atravesándola.

Aquel susurro le recorrió la piel como un chispazo.

Un escalofrío tenue pero persistente vibraba justo en el lado derecho de su torso, marcando el lugar donde sus cuerpos se habían rozado.

Cerró los ojos un instante: «Él sabe perfectamente lo que hace».

Una verdad incandescente que la quemaba.

Cuando las puertas cerraron, reaccionó y salió al pasillo con un temblor contenible en el cuerpo.

No lograba entender del todo lo que le estaba pasando. No era solo atracción. Era algo visceral, irracional: una vulnerabilidad pura que la desarmaba. «Por Dios… este hombre me gusta demasiado», advirtió su mente.

Se conocían desde hacía meses. Su comunicación, sutil y cargada de mensajes no dichos tenía una precisión poética: ella hablaba con los ojos, él respondía con gestos.

En lo profesional eran un engranaje perfecto: cuando uno de sus pacientes necesitaba neurocirugía, lo buscaba a él, no solo por placer cercano, sino por confianza absoluta.

Se detuvo frente a la puerta de Cuidados Intensivos.

A través del cristal, lo vio de perfil con un intensivista.

Rectoral, concentrado, perfecto. Empujó la puerta de su sala.

Entró al cuarto médico sin aviso, con toda la intención de romper esa apabullante calma interior y se topó con Alberto, sin camisa, sonriente, con la toalla al cuello.

—Ups…, lo siento —dijo ella—. Olvidé que estabas aquí.

«Pero qué cabrón eres, universo», pensó. No se disculpaba del todo. Alberto sin camisa era un imán inesperado. Una imagen refrescante e inquietante al mismo tiempo.

—¿Qué sientes? —preguntó él con medio brillo en los ojos, colocándose la camisa del scrubs. Insidioso como siempre

—Nada —respondió Sofía muy ecuánime acercándose a la taquilla—. Aunque me reconforta saber que sigues tan en forma.

Alberto sonrió percibiendo la falta de importancia que le daba Sofía a sus pectorales. Sabía que lo hacía a propósito.

—Dime algo… ¿estás enamorada, Sofía? —murmuró mientras colgaba su estetoscopio.

Sofía se detuvo. Su corazón se tensó con la pregunta. Por un segundo, pensó en las puertas del ascensor, en la respiración de Adam en su cuello.

—No que yo sepa —respondió, cerrando la taquilla con un golpe seco que marcaba distancia—. Ahora, si me permites, vete a otro lugar a ver pacientes que yo necesito un baño.

Alberto abandonó el cuarto sin pensarlo demasiado para darle privacidad.

Ella por fin entró a la ducha. Luego se puso un uniforme limpio, se soltó el cabello, lo acomodó con los dedos hacia un lado.

No usó peine. Por suerte, tenía su perfume favorito en la mochila.

Lo roció con arte. Un poco de labial, nada exagerado, pero suficiente para sentirse como ella misma otra vez.

Agarró su bolso y alcanzó a Alberto en la sala justo a tiempo para la ronda.

Rita estaba estable. Buena respuesta al esteroide, sin complicaciones. Un alivio. Habían tomado una decisión valiente y, por ahora, acertada. Pero sabían que al amanecer el Dr. Rolando exigiría explicaciones. Y les daría una clase magistral sobre todo lo que podría haber salido mal.

Al terminar la ronda, Alberto bajó a cenar. Sofía, en cambio, no tenía apetito. Decidió regresar al cuarto médico. Quería, al menos, intentar descansar treinta minutos. Aunque sabía que, con ese tipo de calor interno, el descanso era una promesa difícil de cumplir.

Se acostó en una de las dos camas. Escogió la más cómoda —la de los especialistas— sabía que Alberto no se la reclamaría. Flexionó el codo derecho sobre la frente y se quedó mirando al techo. El televisor estaba encendido en un canal de noticias, pero no prestaba atención.

Pasaron cinco minutos. Dos toques suaves sonaron en la puerta. Pensó que era alguna enfermera o uno de los alumnos dando vueltas. Dio permiso sin apartar la vista del techo.

—Hola. ¿Estás ocupada?

—Estoy descansando, Adam —respondió Sofía sorprendida, pero sin tensión.

Esta vez el cansancio le había ganado al nervio. Diez minutos mirando el techo le calmaron el pulso y aplacaron ese salto epigástrico que tanto detestaba.

—¿Qué quieres?

—Hablar contigo —dijo sin titubear.

—Ya lo estás haciendo. No te detengas —murmuró. No lo miraba.

—¿Estás molesta?