Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) ¿Latidos o sinapsis?
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¿Latidos o sinapsis?

VIII

—Están especiales estas costillitas de cerdo, deberías probarlas —sugirió Alberto saboreando con entusiasmo.

—¡Qué va! Ya con el espagueti tengo más que suficiente. Luego, un cafecito… y listo —respondió Sofía, moviendo el tenedor sin apetito real.

Su mirada flotaba más allá del plato. Ese almuerzo no había sido planeado con él. Pero así se habían dado las cosas.

Eran las tres. Después del traslado de Rita y de un caso en Urgencias, el hambre vencía. Cuando Alberto le propuso ir a almorzar, aceptó sin pensarlo. Su cabeza estaba demasiado cargada como para discutir lo básico.

El comedor del hospital olía a comida recalentada, café viejo y charolas plásticas.

Sofía masticaba sin ganas, la mente vagando entre pacientes, miradas y silencios rotos.

De pronto, el recuerdo la sacudió: «¡Dios mío, Rodrigo!

» Nunca regresó a ayudarlo. Sintió un pinchazo de culpa.

Él no la había llamado, cierto. Pero, como en ese momento, Adam pasaba a ocupar un lugar incómodo en su eje emocional, la agenda de repente estaba más… disponible.

«Cuando termine aquí, voy a verlo», se prometió. Urgencias hervía. Maritza estaba al mando. Era una residente de segundo año de Medicina Interna, amiga entrañable desde la carrera. De esas que te decodifican con una ceja. Estudio, fiestas, confesiones…, una historia compartida de intensidad.

—¡Maritza Zambrano! —exclamó Sofía al entrar—. Justo lo que le faltaba a mi domingo. Contigo nunca hay paz.

Maritza la tomó del brazo apenas la vio con Alberto. La apartó unos pasos, bajó la voz:

—¿Tú me puedes explicar qué significa este dúo de guardia a estas alturas? Por favor, no vayas a recaer. Mira, que está bueno, no te lo discuto, que es encantador tampoco…, pero que es un tornado demoledor, espero que no hayas olvidado. Mantente fuerte, amiga.

Sofía sonrió con complicidad y calma. Esa voz amiga era refugio. Maritza había visto la caída libre de hacía cinco años. También la ayudó a salir. Volteó los ojos como que no era para tanto…

—Mejor explícame tú cómo lograste que Mariano esté escribiendo historias clínicas como si fuera un interno.

—Eso, querida, se llama amor verdadero —respondió Maritza pretenciosa, lanzándole un beso a distancia a su novio—. Y chantaje emocional bien aplicado. Igual que tú, que logras que tu especialista esté evaluando pacientes mientras tú estás en la bobería conmigo.

Sofía ri ó  bajito, mirando de reojo a Alberto. Aún sentía la electricidad estática que había dejado Adam. Pero se juró que no dejaría que eso arruinara el resto del día. Al menos no del todo.

—Vamos a trabajar. No te preocupes que Alberto es pasado. Estoy concentrada en el estudio.

—Sí, toda la vida has estado «concentrada en el estudio», pero bien sabemos que eso no te ha salvado de algunos «extracurriculares» —dijo Maritza con una sonrisa filosa y afectuosa a la vez.

Sofía negó con la cabeza, divertida. Saludó a Mariano, aún absorto en sus notas. «Increíble lo que logra esta mujer. Un urólogo de experiencia escribiendo como interno » . Eso sí era poder en la pelvis, y en el cerebro… Maritza era una cabrona intelectual.

Pasaron dos horas admitiendo pacientes, cruzando criterios. El cuerpo pedía cama, pero la cabeza seguía activa. Al despedirse de su amiga, Sofía le prometió:

—Cuando me bañe y coma algo, te llamo. Si la guardia no se pone intensa, hablamos.

—Te espero.

Alberto le sostuvo la puerta.

—¿Estás muy cansada?

—Lo justo. ¿Y tú?

—Ya no recordaba lo que era una guardia completa aquí.

Tomaron rumbos distintos. Sofía le insistió en que la llamara si necesitaba algo. Él asintió sin preguntas. Ella caminó directo a Emergencias. Había algo que saldar.

Rodrigo estaba solo, frente al ordenador. La luz azul de la pantalla dibujaba sombras en su rostro.

—Hola, doctor…, ¿interrumpo?

—¡Sofía! Pensé que no te vería más hoy. Estoy con la tesis.

—Más vale tarde… —dijo sentándose junto a él—. A ver, muéstrame qué tienes.

Veinte minutos de correcciones. Comentarios. Referencias. Pero ella no estaba presente. Respondía, leía, sugería…, pero no sentía. Algo en su interior se había desplazado. El interés ya no estaba ahí. Rodrigo lo notó.

—¿Te pasa algo?

Sofía respiró hondo. Lo miró, pero no sostuvo la mirada.

—Rodrigo…, no quiero disfrazar lo evidente. No sería justo.

Su voz era suave, pero definitiva.

—Estos días han cambiado cosas para mí. No tengo claro qué quiero. Pero sí sé que seguir acercándome a ti sería irresponsable. No porque no me importes…, sino porque no siento lo que debería. Y fingirlo sería cruel.

Fue honesta. Limpia. Sin adornos. Y eso dolía más.

—Vaya…, pensé que me ibas a salir con lo de «me absorbe el estudio», «no tengo tiempo para nada», «mi carrera es lo más importante ahora» … —dijo él, con amargura disfrazada de ironía, aunque ya lo estaba esperando.

—Sabes que el estudio es importante. Pero también sé que hay vida más allá del hospital. Y no pienso esconderme tras una excusa tan tonta.

—¿Hay alguien más?

Sofía suspiró.

—Espero que no. Por mi propio bien.

—Bueno…, siempre quedará María —bromeó, con una sonrisa pálida.

Ella ri ó , ligera.

—Si te puedo ser sincera, me parece que, «María» es una opción muy desesperada.

Rieron juntos y hubo un alivio, aunque breve.

—Pero no te perdono que no me trajeras café.

Volvieron al trabajo. Referencias otra vez, plazos, tribunal. Todo más neutro. Más claro.

Hasta que la puerta se abrió bruscamente. Un residente de Neurocirugía entró con prisa, pidiendo cama disponible. Rodrigo se levantó, le reclamó por las formas, y le recordó que debía darle contexto y presentar al paciente para él decidir si le daba la cama o no.

Y entonces… apareció Adam. Como una ráfaga. Su sola presencia alteró el aire. Sofía lo vio, y su cuerpo entero entró en alerta. Un golpe seco en el estómago. El mundo se contrajo a su figura. Y supo —sin admitirlo— que ya no tenía escapatoria. «Otra vez no», pensó.

Adam la vio antes de procesarlo . Detuvo el paso, parecía que algo invisible le hubiese tirado del pecho.

Sus ojos la recorrieron con una intensidad hostil y acusadora, sin disimulo.

Había algo en él que había cambiado. Ya no era solo el neurocirujano brillante que iluminaba quirófanos.

Increíblemente, ahora, era también un hombre con los nervios expuestos.

—¡Doctor, necesito la cama ya! —le dijo Adam a Rodrigo con un tono seco y tajante, que no dejaba lugar a discusión—. Y no me dé lecciones, que conozco las normas. Pero este paciente viene de recuperación y la sala de terapia sigue sin disponibilidad.

No era una petición. Era una exigencia que no admitía debates.

—Sí, claro, Dr., no se sobresalte demasiado que le puede subir la presión —respondió Rodrigo con diplomacia y un cinismo apenas velado, pero con voz firme—. La cama 4 está libre.

Luego, se inclinó hacia Sofía y murmuró con complicidad sarcástica:

—¿Ves lo que te decía? Los neurocirujanos... son una especie rara. Brillan en cirugía y fallan en humanidad. Tal parece que les extirparan un trozo de humor como con cada tumor que sacan.

—La presión la tengo alta hace rato, pero agradezco su preocupación —intervino Adam, con voz suave pero cargada.

Le inquietaba —más de lo que admitía— que Sofía estuviera en todos los sitios donde había alguien con cualidades considerables para competir con él.

Le molestaba su popularidad, su sociabilidad sin filtros, su forma natural de brillar en cualquier grupo.

Sofía no respondió. Ni siquiera sonrió. Tenía los músculos entumecidos. Seguía mirando a Adam, como quien observa un incendio desde la ventana sin poder moverse ni gritar «¡Auxilio!»

Él daba indicaciones exactas, como era rutina, pero había una tensión distinta en su cuerpo. Una contención agresiva. Y Sofía, que ya había aprendido a leerlo más rápido de lo que deseaba, sintió la vibración bajo la piel.

Entonces entró Vivian, la jefa de enfermeras de Emergencias.

Su presencia era imposible de ignorar. Esbelta, voluminosa, piel nívea y cabello azabache.

Caminaba con una seguridad escénica, siempre generosa con sus afectos.

Se abalanzó sobre Adam con un abrazo ruidoso, y una frase que mezclaba alegría desbordada con coquetería descarada.

Sofía apretó l os dientes . «Joder, Vivian, qué bien me caes, chica, pero tenías que estar tú de guardia justo hoy», pensó.

Vivian susurró algo al oído de Adam. Él se sonrojó, sonrió —esa sonrisa—, y le respondió con soltura, relajado. Hasta empujó al residente que estaba a su lado con el codo, en broma, como si el ambiente se hubiera convertido de pronto en una comedia ligera.

Y entonces la miró, y recordó que Sofía estaba allí.

Que había estado viéndolo todo. Pero ya era tarde.

Ella lo detallaba con los labios apretados, el cuello contraído, y la mandíbula incómoda de quien mastica algo agrio.

¿Celos? No, no era tan simple. Era frustración.

Un desajuste emocional que no terminaba de ceder.

No le dolía Vivian —la conocía bien, sabía que no era personal—.

Le dolía su propia lasitud, ese punto débil que creía blindado y que él acababa de tocar, otra vez, sin siquiera notarlo.

Le dolía que la versión de una Sofía más expuesta la sobrepasara.

¿Y si todo lo que había sentido no era más que una proyección, una ficción autoinducida?

¿Una construcción emocional sin cimientos?

¿Y si Adam era solo otro hombre con el ego bien puesto y el cuerpo bien hecho, experto en manejar sus efectos, sabiendo exactamente cómo moverse en una sala, cómo dejar una frase flotando, cómo regalar una sonrisa en el momento justo... y ya?