Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Demasiado para un domingo #2
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Demasiado para un domingo #2

—Estaba en el Cardiocentro —continuó él—. Me llamaron por un ACV. Salí volando. Dejé el teléfono en la taquilla…

Ella asintió en silencio. No necesitaba oír más. Le creía. No había mentira en su voz. Pero eso tampoco le daba paz.

El contacto despertaba otras cosas. No solo el alivio.

El olor tibio en su cuello, la arrastró a otro tiempo: una cama desordenada, una guardia compartida, una risa que se le quedó pegada en la piel.

Caos, ternura, deseo. Todo mezclado. Alberto la mantuvo entre sus brazos más tiempo del necesario .

Y ella no se apartó. Hasta que él, como obedeciendo una alarma invisible, le besó el cabello con dulzura mientras se giraba hacia la paciente y la puerta se abría con decisión.

—Cama 12 de UCI —anunció Adam, entrando con paso seguro.

Pero se detuvo en seco. Los vio. El abrazo aún reciente. La proximidad. No era explícito, pero bastaba. Él no dijo nada de inmediato su rostro se transformó apenas. Hizo una pausa mínima, casi imperceptible…, pero suficiente para que Sofía la sintiera como una punzada en la nuca.

—Ya está reservada para este caso —añadió, con un tono más bajo, para recuperar el control de su propia voz.

Sofía se apartó completamente de Alberto. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se alisó la bata, reacomodó los bolígrafos del bolsillo con torpeza, y caminó hacia Adam sin levantar la vista. El calor le subía por la garganta. Un sonrojo silencioso, implacable.

Alberto, en cambio, no se dio por enterado . Siguió revisando los signos vitales de Rita inmutable. Pero su cuerpo proyectaba algo más: presencia, pertenencia, historia compartida.

—Gracias, Adam. Ahora redacto la hoja de traslado. En serio…, gracias por todo —dijo Sofía, con la voz más baja, queriendo calmar lo que ni siquiera se había dicho.

Adam asintió. Pero no la miró. Sus ojos seguían enfocados en Alberto, casi midiendo su estatura simbólica en la sala.

Cuando Alberto salió al balcón a tomar aire, Adam dio un paso hacia Sofía. Su voz no subió, pero tenía filo.

—¿Quién es él?

Sofía demoró en contestar unos segundos. Bajó la mirada. Sintió que las palabras se le llenaban de plomo.

—El especialista de guardia. El doctor Alberto.

—Aaaah —respondió Adam, estirando la vocal con una sonrisa contenida—. No lo había visto antes.

—Estaba fuera del país. Se reincorporó hace poco.

—Ya veo —dijo lanzando una rápida mirada por la ventana—. Un poco… afectuoso, ¿no?

—Somos amigos —respondió Sofía, esta vez con firmeza. Pero sus manos seguían en movimiento, ordenando papeles que no necesitaban orden. Tampoco estaba segura de que debiera darle explicaciones.

—Lo puedo notar —añadió Adam con una ceja casi arqueada y el tono más inquisitivo—. ¿Y así eres con todos tus amigos?

Sofía se quedó inmóvil. «¿Qué derecho tenía él de hacer esa pregunta y de ese modo?

». El oxígeno parecía reducirse, como si la sala hubiera cerrado puertas invisibles a su alrededor.

No respondió de inmediato. Apretó la mandíbula, conteniendo una presión que amenazaba con romperla por dentro.

Luego alzó la vista, con una expresión afilada, pero sus pupilas la traicionaron.

Se dilataron, un gesto involuntario, pero revelador.

Algo en su interior se anticipaba: furia, sorpresa o, quizás, un nervio expuesto.

Adam no necesitó más. Sabía leer cuerpos con la precisión de quien se ha entrenado en quirófanos y silencios. Esa mínima variación en sus ojos fue como una descarga. Había tocado una fibra. Tal vez sin querer. Tal vez queriendo.

Sofía sostuvo la mirada sin pestañear. Pero por dentro, hervía.

Irritación, sí. ¿Culpa? Quizá. ¿Deseo? También.

Todo junto. Y eso la enfurecía aún más. Sabía manejar colapsos respiratorios, sí.

Pero no insinuaciones que la reducían a un papel que no había elegido.

No ese domingo. No con él. Y, sin embargo, ahí estaba.

Expuesta. Emocionalmente alterada. Justo frente al único hombre al que menos quería mostrarle vulnerabilidad.

Adam tampoco habló. Pero en su cuerpo algo se endureció. Una tensión que no venía de la Medicina, sino de otro lado más primitivo. El momento había quedado sellado. Ninguno saldría de ahí intacto. Y Alberto…, Alberto era otra historia.

A Sofía no le gustaba el rumbo de sus indirectas . Ni el tono. Sabía que no era buena con las medias tintas, y menos cuando algo la tocaba en el lugar exacto donde más le molestaba.

—Puede ser, no lo tengo claro —dijo, al fin—. Pero lo que sí tengo claro es que ninguno de mis amigos «cariñosos» entra conmigo de la mano a las fiestas.

Cada palabra fue un disparo seco. Cortante. Definitivo. Adam la miró, midiendo el golpe. Y en vez de retroceder, hizo lo que tantos hombres hacen cuando se sienten tocados en su orgullo: redirigió el ataque, como si nunca hubiera sido el agresor.

—A lo mejor no entran…, pero algunos sí salen. ¿A que sí? —ironizó dando un golpe bajo de los que quiebran las rodillas.

La atmósfera entre ellos estaba a punto de estallar. El oxígeno se volvió hierro. Sofía sintió el calor subirle a las mejillas. Le ardía la cara. Le zumbaban los oídos. Las palabras de Adam le cayeron como sal sobre una herida que apenas empezaba a cerrarse.

«¿Él? ¿Justamente él? ¿Tenía que ser él quien usara eso como arma?».

—Algunos sí, tienes razón —dijo ella con frialdad afilada—. Pero parece que, lamentablemente, no los escojo bien.

Y sin esperar respuesta, se giró y caminó con pasos decididos hacia Alberto que ya estaba de vuelta frente a Rita. Pero las manos aún le temblaban.

Adam la observó alejarse. El eco de sus propias palabras mal puestas le golpeó el pecho como un latido tardío.

Ya se había arrepentido de cada una. Bajó la mirada, sintiendo una vergüenza que no esperaba.

Se quedó apoyado contra el marco de la puerta.

En silencio. Observando a la paciente y a Sofía.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué hacer con lo que sentía.

—Sofía —dijo Alberto con tono reflexivo—, ¿y si nos arriesgamos y le ponemos el esteroide ahora? La primera dosis antes del traslado.

Ella parpadeó. Agradeció el cambio de tema, como quien toma aire tras una inmersión abrupta. Pero no lograba despegar del todo el veneno de la escena anterior. Todavía sentía el calor en la nuca.

—Pero… mmm… ¿y la glucemia elevada? —balbuceó, intentando volver al terreno clínico. Sus ojos, sin querer, se desviaron un segundo hacia la puerta. Adam seguía ahí.

—Riesgo-beneficio —replicó Alberto—. Si esto es un brote de Esclerosis Múltiple, hay una buena probabilidad de que el esteroide la estabilice, al menos en parte. Tiene 25 años.

—Mi edad —murmuró Sofía, soltando el aire—. Hagámoslo. Su última glucemia no fue tan alta. Ajustamos insulina y avisamos al intensivista. Vale la pena. No puede empeorar.

—Esa es mi chica —dijo Alberto sonriendo mientras escribía las indicaciones. Luego lanzó una mirada deliberadamente jovial hacia Adam, que seguía inmóvil en la entrada—. Doctor, no se quede allí. Pase y tome café antes que se enfríe. El de Sofía es el mejor del hospital.

La ironía subía por las paredes frías del hospital y se le metía a Adam en la sangre.

—Ya me iba, pero, gracias…, doctor —respondió Adam, forzando una sonrisa. La mandíbula apretada hablaba por él—. Espero que Rita evolucione bien. Que tengan buena tarde los dos.

Y se fue sin mirar atrás.

—¿Y él qué hacía aquí? —preguntó Alberto, intentando sonar casual, pero con el ceño ligeramente fruncido.

Sofía sintió la pregunta como una astilla bajo la piel. Estaba harta de justificar cada movimiento, cada gesto. Pero respiró.

—Vino a ver a su paciente de la cama 7. La operan mañana. Por suerte, estaba cuando ocurrió lo de Rita. Me ayudó.

—Vaya…, atento el colega —susurró Alberto, intentando parecer neutr o —. Solo espero que no tengamos una urgencia cardíaca… porque me imagino a quién tendríamos que llamar, ¿no?

Sofía lo miró con los ojos entrecerrados haciéndole la clásica mueca de «Ay, qué gracioso». Ese tipo de comentarios la fatigaban.

No contestó. Pero, por dentro, algo se removía. El gesto de superioridad de Alberto, su comodidad en escena, su manera de leerla…, todo eso la incomodaba más de lo que le gustaba admitir.

Y, sin embargo, sus pensamientos no estaban allí. Seguían en otra puerta. En otra voz. En unos ojos cobrizos que, aunque le molestara, se habían instalado en su memoria y plantaban bandera.

Alberto, casi ajeno a eso, no dejaba de mirarla con perversión mientras revisaba la hoja de indicaciones con aire satisfecho. Como quien cree haber recuperado un espacio. Sofía lo notó. Y también notó que su paciencia estaba a punto de evaporarse.

—Concéntrate, Alberto —dijo, cruzando los brazos con un suspiro—. Por favor.

Él no se inmutó. Ladeó la cabeza y soltó esa risa peligrosa con una mezcla de encanto y arrogancia.

—Eso intento…, pero me lo pones difícil estando tan cerca.

Sofía le sostuvo la mirada, sin embargo, esta vez no sonrió. Demasiadas piezas en juego. Y no todas estaban bajo su control.