Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Demasiado para un domingo
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Demasiado para un domingo

VII

El grupo de WhatsApp entraba en efervescencia y Sofía no podía prestarle la justa atención. Ya tener que explicar que Alberto también estaba ahí suponía demasiado desgaste. Pero cuando abrió el chat, le dio play al último audio de Camila… a ver si traía resumen.

Camila:     Bueno, niñas, no es que me sienta orgullosa,

pero… me he follado a un cura.

Bueno… a uno en proceso.

Sofía apartó el teléfono como si quemara, lo volvió a acercar, pensando que quizá había oído mal. Le dio reproducir otra vez. No se había equivocado. «Madre mía…, pero vaya nido de arpías en el que convivo», pensó, y solo escribió:

Sofía:     Esto es demasiado para

un solo domingo…

Cerró el chat. Quiso seguir tomando aire, pero no podía evitar pensar en las crisis venideras de anorexia nerviosa que se desatarían en Camila. Estaba loca por saber más, pero no era el momento. Habría que verse esa semana. Obligatorio.

—¡Doctora Sofía! Apresúrese —le gritó Rosa desde la ventana, con un tono más zalamero que urgente y un guiño de ojos—. El neurocirujano está en la sala evaluando a la paciente de la cama 7 y dice que la necesita.

Sofía sonrió sin darse cuenta. «Al fin podré verlo».

—Dígale al doctor que enseguida estoy con él.

Se acomodó la trenza sobre el hombro izquierdo, se revisó en el reflejo de la ventana —el delineado parecía intacto — y entró en la sala con paso controlado. Allí estaba él, sentado junto a su paciente, conversando, parecían viejos conocidos.

—Doctor, ya estoy aquí. Dígame, ¿para que soy buena? —preguntó Sofía, con una sonrisa aparentemente inocente…, pero cargada de intención.

Adam levantó la mirada, cruzó los brazos con deliberada calma y esbozó una media sonrisa provocadora.

—Eso aún está por verse…, pero para cerrar puertas tiene una destreza admirable.

Sofía contuvo una carcajada, girando la cabeza hacia la paciente, que también sonreía con complicidad, como si estuviera viendo un episodio que ya conocía. Sin palabras, le hizo una seña a Adam para que la acompañara al escritorio de enfermería que estaba libre.

Él se despidió de la paciente con calidez profesional y caminó tras Sofía, con esa expresión suya entre curiosa y entretenida.

—Además…, eres gracioso —soltó ella mientras se sentaban, dejando la frase en el aire.

—¿Además? —repitió él arqueando una ceja—. Interesante uso del adverbio. ¿Qué más hay en esa lista?

Sofía rodó los ojos. No le daría el gusto de enumerarla. Pero la sonrisa que dejó escapar hablaba por ella.

—¿Cómo le fue en la cirugía? ¿El paciente de Emergencias sobrevivió? —le lanzó como quien cambia de tema, aunque no del todo.

—Está en recuperación. Estable… y, posiblemente, sin secuelas neurológicas. Supongo que eso responde ambas preguntas.

«¿Posiblemente? ¡Wow!», pensó Sofía. Incluso el Dr. Maravilla se permitía un margen de incertidumbre.

—Bueno, tuvo suerte.

—¿Quién… yo? —replicó él ladeando la cabeza.

—No, tu paciente —le respondió con una mirada filosa, directa, que casi decía «pero no te me agrandes».

—Hoy es un buen día —dijo Adam sosteniéndole la mirada—. Lo supe desde que amaneció. Por cierto, casi la una. ¿Ya almorzaste?

—No, de hecho… —dijo Sofía, escaneando el entorno—. Justo iba a buscar al especialista de guardia para que esté pendiente de la sala y yo poder salir, pero parece que se me adelantó sin avisar…

«Seguro anda detrás de alguna falda», pensó. Aunque, para su sorpresa, no le molestaba tanto como debería.

—Los especialistas hacen eso, desaparecen sin dar explicaciones —respondió Adam, guiñándole un ojo—. ¿Qué tal si…, cuando reaparezca, almorzamos juntos?

Sofía fingió pensarlo, solo por deporte.

—Vale… me parece una buena idea.

Se levantó con calma y le sirvió una taza de su café. Adam lo probó y entrecerró los ojos, aprobándolo con entusiasmo.

—Estaba loco por decírtelo, el vino y tú, hacen un equipo… explosivo. No podía dejar de mirarte el viernes cuando volví a la fiesta —dijo sonriendo con un dejo de nostalgia—. Tardaste como diez minutos en notar mi presencia. Fue un espectáculo exquisito. Me rio solo, al recordarlo.

—No deberías.

—¿Qué cosa? ¿Reírme solo?

—No…, recordarme así.

Fue entonces cuando una voz cortó el momento como un bisturí:

—¡Sofíaaa! —gritó Rosa desde la sala—. ¡Rita! Se ha quedado profundamente dormida, respira muy lento.

En la cama 3, la escena era inequívoca: Rita apenas respiraba, su piel pálida, los párpados pesados. Adam le presionó las uñas, buscó respuesta al dolor. Nada.

—Estupor profundo —diagnosticó él en voz baja, evaluando con rapidez su estado neurológico—. Solo responde a estímulos dolorosos profundos.

Sofía auscultó el tórax. Silencio. El aire casi no entraba. Un escalofrío le cruzó el cuerpo. Rita y Sofía tenían la misma edad, y, por un instante, se quedó inmóvil.

—¡Hay que intubarla ya! —ordenó Adam abriendo la vía aérea con las manos.

Sofía no reaccionaba.

—¡Sofía! ¡El laringoscopio, ahora!

La sacudida verbal la trajo de vuelta. Corrió hacia la estación, rebuscó entre los estuches, volvió con el equipo en las manos. El Ambu ya estaba en uso. Adam ventilaba manualmente mientras la enfermera intentaba localizar a Alberto por teléfono. «¿Dónde estás...?», murmuraba Sofía entre dientes.

Le pasó el laringoscopio con dedos temblorosos, sosteniendo el tubo endocraneal con la otra mano.

—No consigo visualizar las cuerdas… —gruñó Adam frustrado.

Sofía lo miró. No era el procedimiento. Era él. Estaba tenso. Y eso le bastó para entender que ambos estaban navegando fuera de lo habitual.

—Déjame intentarlo yo —pidió respirando hondo—. Lo he hecho antes.

Adam asintió y se apartó. Hizo silencio.

Sofía cerró los ojos un segundo. Recordó aquella guardia en el extranjero, el equipo precario, la presión extrema. Y cómo, contra todo, lo había conseguido. Colocó el laringoscopio con firmeza. Las miradas la quemaban por la espalda. Visualizó las cuerdas vocales. Tubo adentro. Adam auscultó.

—Está ventilando.

Conectaron el viejo Oxylon , un ventilador mecánico de unos 40 años que por lo visto en pleno siglo XXI solo se usaba en los hospitales de Cuba. El sonido del aire devolvió algo de control al caos. Pero la urgencia no había pasado. Rita necesitaba UCI. Ya.

—Buen trabajo —dijo Adam, genuino, impresionado—. Lo hiciste.

Sofía todavía temblaba por dentro.

—¿Dónde diablos está Alberto? —disparó, la voz quebrada, los ojos a punto de desbordarse.

—No respondió el celular, doctora —informó la enfermera, evitando su mirada.

«Lo mato… juro que lo mato», pensó, tragándose el impulso de gritar.

Adam hojeaba el historial clínico como si cada línea pudiera darle sentido a lo que acababa de pasar.

Sus ojos cobrizos se movían rápidos sobre el papel, pero de reojo no dejaba de mirarla.

Había algo en Sofía en ese instante —temblando apenas, sosteniendo la compostura— que lo tocó de un modo que no esperaba.

—Sospecha de Esclerosis Múltiple… y es diabética. Hay que trasladarla a Intensivos   —concluyó, con la voz firme de quien ya ha enfrentado cientos de urgencias—. Voy a coordinarlo. Quédate con ella. No la pierdas de vista.

Sofía asintió, todavía con la respiración agitada.

—Gracias…, si no hubieras estado…

No terminó la frase. Adam la miró entonces, no solo como colega. La miró como quien ha visto a alguien crecerse ante el miedo y, aun así, quiere apartarla de todo lo que le asusta. Había orgullo en esa mirada, pero también un instinto feroz de protegerla.

—Tranquila. Lo hiciste tú —dijo con una calma que sostenía más de lo que sonaba.

Le agarró una mano y le rozó con su pulgar el dorso para calmar el oleaje. Para su ego, no haberla podido intubar él mismo, era una derrota que le pesaría; pero verla mantenerse de pie, pese al susto, le provocó algo que no podía nombrar.

—Ya vuelvo —añadió sin apartar la mirada de la suya por un segundo más del necesario , antes de girarse para irse.

Sofía se sentó al lado de la paciente. Rita seguía inconsciente, aferrada al murmullo regular del ventilador. Intentó repetirse que era solo un turno más, otra guardia cualquiera. Pero sabía que no lo era. Ni por lo que había pasado, ni por lo que se estaba jugando frente a esa cama.

Para los residentes de primer año —sin importar la especialidad—, este tipo de urgencias no solo son difíciles; son brutales.

Los colocan de frente a una responsabilidad inmensa, arrinconándolos contra sus propios límites y enfrentándolos a lo que nadie les enseña, porque hay cosas que solo la vida —cuando se vuelve ineludible— puede enseñar.

Y en medio de ese momento, tan clínico como existencial, muchos comienzan a hacerse un inventario silencioso de sus propios miedos: si están en el lugar correcto, si alguna vez estarán listos, si la medicina es realmente para ellos.

Y justo cuando Sofía hacía autopsia mental de sus certezas, como si el guion llegara tarde a su propia escena, la sombra de Alberto por fin atravesó la sala, con la bata abierta y los ojos desorbitados al ver a Rita conectada a un Oxylon.

—¿Qué pasó? ¿Qué pasó aquí?

Sofía lo fulminó con la mirada. Esa expresión no necesitaba palabras. Y Alberto la reconoció al instante. La había visto antes. La conocía bien.

—Tranquila…, dime qué pasó —pidió, con voz baja, sin moverse aún.

—Pasó que no contestas el móvil. Que Rita entró en estupor profundo. Que dejó de respirar. Que tuvimos que intubarla. Que no estabas. Y que... —Su voz se quebró. El final se le atragantó y par de lágrimas brotaron sin permiso, rabiosas.

Se cubrió el rostro con ambas manos, estaba muy tensa. Alberto no dijo nada. Solo se acercó. La rodeó con los brazos, la atrajo hacia él, y le acarició la espalda con una suavidad que no era solo profesional.

—Lo siento…, de verdad. Pero lo hiciste bien. Muy bien. Estos momentos son los que... nos hacen mejores médicos —le susurró.

Sofía no respondió. Ya conocía ese tipo de frases. Pero en ese instante, el cuerpo de Alberto sosteniéndola se parecía bastante a la tierra firme.