Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) Interferencias 2
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Interferencias 2

«Comenzó el drama», pensé.

—Estoy segura de que todo está bajo control —le dije—. Inspira profundo y cuéntame.

—Alberto, Rodrigo y Adam… están aquí los tres.

No me sorprendió en lo absoluto. Sofía tenía una predisposición innata —casi genética— para atraer casualidades catastróficas.

Jamás tenía tiempo para aburrirse, y por más que intentara posar de estresada, lo cierto era que disfrutaba esos escenarios cargados de adrenalina y testosterona.

Le fascinaba sentirse deseada, estar en el centro de una historia que parecía escrita para ella.

Lo que yo no terminaba de entender era qué hacía Alberto allí.

—¿Y Alberto por qué está ahí?

—Pues de guardia. Es el especialista. Nerina no pudo venir.

—Vaya casualidad... bastante inoportuna. Ese cuento seguro tiene más páginas —le dije recordando que yo también conocía bien al Dr. Alberto y lo había tenido que sentar más de una vez para hacerlo entrar en razón. No aceptaba un «no» sin luchar.

—¿Y qué te preocupa realmente? —quise saber, porque hasta ahora nada parecía grave.

Sofía se quedó en silencio. Cuando hablaba conmigo, su discurso se volvía introspectivo. Yo no hacía nada especial, pero ella encontraba en mi escucha ese espejo que le permitía entender sus emociones sin tanto adorno. Respiraba, y se calmaba.

En el fondo, yo percibía que lo que ciertamente la inquietaba era no poder compartir tiempo con Adam. Pero aceptarlo le parecía una forma de derrota. A Alberto podía manejarlo. A Rodrigo podía postergarlo hasta que se disolviera como una aspirina. Pero con Adam..., no era tan simple.

—¿Sabes qué? —me dijo al fin en un tono más reflexivo—. La verdad es que no me preocupa nada. Todo estará bajo control. Gracias por estar ahí.

Esa era Sofía, cuando me disponía a responderle, ya me había colgado.

Más que buscar consuelo, solo quería dejar constancia de que estaba siendo deseada, observada, disputada.

Estaba en el centro de un triángulo —sin dudas, escaleno— y no era difícil intuir cuál de los lados se llevaría su atención.

Sofía era experta en dramatizar emociones, en bucear hasta el fondo de sus pasiones solo para volver a la superficie sin una gota de arrepentimiento.

No es que sufriera con cada historia: le gustaba el fuego, pero temía la cicatriz.

Hacía años que no lloraba por amor. Había aprendido a soltar con desgarro, pero también con decisión.

Desde entonces, podía ilusionarse, sí, pero no se permitía el dolor.

Cada episodio era intenso, inolvidable, pero superficial en lo profundo.

Su trabajo, en cambio, era sagrado. Nada lo alteraba, ni una crisis emocional.

A veces lloraba, sí, pero solo después de haber terminado su trabajo.

A veces bailaba hasta tarde, pero al regresar se sentaba a estudiar como si nada.

El deber no se postergaba. La diversión, tampoco.

Aun así, esta vez mi instinto se revolvía con una inquietud particular. Algo se iba a descontrolar. Lo sentía en los huesos.