Fantasmas y neurocirujanos #3
«Genial, justo lo que necesitaba. Quizás tendría que haber aceptado la cena solo para evitar este déjà vu emocional».
—Debe estar al pasar. Hoy está de guardia el neurocirujano que está llevando el caso —dijo, midiendo cada palabra, sin mirarlo, mientras esquivaba la mirada pícara que lanzaba la enfermera Rosa desde su escritorio.
—Muy bien —respondió Alberto, clavado en su asiento. Serio y concentrado, con la taza en su mano.
Sofía no levantó la vista, pero sabía que él la estaba observando. Y eso, lejos de incomodarla, le daba cierta calma.
Ella sabía quién llevaba el control ahora. Comenzó a sonar el teléfono de la sala.
—Es de Emergencias —anunció Rosa desde su puesto.
—Seguro es un caso para evaluar —murmuró Alberto sin levantarse.
Sofía sintió un frío súbito en la nuca. Ya sabía quién era.
—Dra. Sofía, es para usted —añadió la enfermera tras unos segundos.
Sofía respiró hondo, se levantó despacio y tomó el teléfono. Se alejó un poco, bajó la voz intentando disminuir el peso del momento.
—Hola, Rodrigo, buen día. Estoy un poco complicada, en cuanto adelante trabajo hago un tiempo y bajo para ver lo de la tesis…
—No, no, deja lo que estés haciendo y baja urgente con tu especialista —interrumpió Rodrigo serio—. Acaba de llegar una materna con una eclampsia severa, está en estatus convulsivo. Tiene que venir el especialista. Por favor, no demoren.
Sofía sintió que todo su cuerpo se reprogramaba. La mente clínica le ganó a cualquier otra cosa. Colgó sin decir más y se giró hacia Alberto.
—Hay que bajar. Urgente.
Él solo asintió. Ya le había visto la cara y no necesitaba más explicaciones.
Bajaron a toda velocidad hasta Emergencias.
El pasillo parecía más largo de lo habitual, y el tiempo se estiraba en cámara lenta.
Al llegar, Sofía reconoció de inmediato el cuadro clínico.
La paciente estaba pálida, sudorosa, con la mandíbula tensa entre espasmos.
Rodrigo les dio un resumen rápido y Alberto se puso en acción sin titubeos.
Sofía se mantenía firme, aunque el zumbido de la tensión aún le vibraba en los oídos. Escribía con rapidez en el historial, intentando atrapar cada palabra que salía de boca de Alberto, mientras evitaba cualquier cruce de mirada con Rodrigo.
Luego de la tormenta clínica, Rodrigo y Alberto se saludaron con la naturalidad de quienes ya compartieron guardias en tiempos pasados. Fue rápido, cordial, cercano.
«La verdad es que no me puedo quejar», pensó Sofía escribiendo sin levantar la vista.
«Debería concentrarme en pedir otras cosas más interesantes...
si es que me las van a cumplir así de fácil».
Apretó la mandíbula, agarró el lapicero con más fuerza y volvió al foco: «No te desconcentres, Sofía. Escribe».
—¿El día no comenzó bien verdad? —le susurró Rodrigo acercándosele, con genuina sonrisa y una confianza mal calibrada. Parecía feliz de tenerla ahí, aunque fuera en esas condiciones. Se acercó un poco más y bajó la voz: —Estás muy linda.
Sofía apenas levantó los hombros, lanzó una sonrisa tibia —más mecánica que halagada— y retomó la escritura como si aquel comentario fuese solo ruido de fondo. Escribía y acomodaba los papeles sobre la mesa, intentando que ese pequeño gesto pudiera devolverle el control de la escena.
Rodrigo seguía conversando con Alberto, preguntándole, incluso, por la familia. Sofía se mantuvo en silencio, escuchando a medias, pero cuando oyó a Rodrigo preguntar por la esposa y los hijos de Alberto delante de ella, no pudo evitar que se le escapara una sonrisa torcida.
«Por fin un poco de justicia», pensó, con el tipo de alivio que no se dice en voz alta, pero se disfruta.
—¿Te falta mucho trabajo en la sala, Sofía? —preguntó Rodrigo con una sonrisa ladeada, queriendo sonar casual, pero con una provocación apenas disimulada.
Sofía giró con sutileza hacia Alberto, que estaba parado con los brazos cruzados, como esperando el veredicto de un jurado. Ella percibía el dilema, y aún más, la mirada expectante de Rodrigo buscando una respuesta favorable.
—Sí, la verdad es que quedan algunos pacientes por evolucionar… y tenemos a una muchacha bastante delicada. Estamos un poco enredados —dijo mientras seguía mirando a Alberto de reojo, midiendo la salida.
Pero Alberto, que la conocía mejor que nadie en esa sala, leyó el subtexto sin necesidad de traducción simultánea, soltó una media sonrisa y, con tal de ponerla en apuros, la cortó sin titubear:
—Tranquila, Sofía. Si tienes algo que hacer, quédate un rato. Yo me ocupo de lo que falta. Cualquier cosa que necesite, te aviso… Eso sí, me quedo con el café.
Y salió triunfante, con un termo de café que no era suyo en la mano y esa satisfacción elegante que da el saber cuándo ganar con estilo. Sofía lo miró salir, apretó los labios y giró los ojos como si fuese a estrangularlo en público. Pero no dijo nada. Esa escena era de él.
—Rodrigo, lo siento —dijo entonces, ya con tono más formal—. Él es el especialista y solo quiso ser amable, pero es la primera guardia que hacemos juntos, y no está bien que él esté trabajando y yo no. Voy a ayudarlo y, cuando termine, bajo y hablamos con más calma.
No esperó su respuesta. Salió rápido, con pasos decididos y rabiosos.
Quería alcanzar a Alberto, no por él, sino por ella, para dejar en claro que no necesitaba aliados, excusas ni rescates.
Alberto había hecho una parada para saludar a una doctora de Medicina Interna, cuando Sofía lo alcanzó.
Él le lanzó una mirada burlona al notar lo rápido que se había escapado.
—¡Politraumatizado! —gritó alguien desde el pasillo.
«Plis, plis, plis, que no tenga nada en la cabeza», murmuraba Sofía para sí con los dedos crispados.
—Glasgow 9 de 15. Tiene estigmas de trauma craneal occipital izquierdo. Llévenlo a Emergencias —ordenó una voz contundente.
Ella ya no necesitaba verlo. Esa voz la desajustaba sin remedio. Era Adam. Lo vio acercarse, resuelto, concentrado. No existía nada más que el cuerpo en peligro frente a él.
—Dra., ¿cómo va su guardia? —le dijo al pasar, apenas girando la cabeza y casi corría con la camilla.
Sofía no respondió. Ni falta hacía. Su mirada sostenida hablaba el idioma exacto que él dominaba.
—Voy para el quirófano, pero guárdeme café —añadió con una sonrisa ladeada antes de desaparecer tras la puerta.
—¿El neurocirujano, eh? —comentó Alberto con tono neutro, pero con una ceja discretamente alzada—. ¡Mira tú…! también le gusta tu café.
—El que está de guardia —respondió ella sin mirarlo, tratando de convencerse a sí misma de que no era tan importante.
Y, aunque aceleró el paso, porque su cuerpo pretendía dejar atrás lo que acababa de suceder, dentro de su estómago «las mariposas», apenas comenzaban a instalarse.
Por mucho que se distrajera, no lograba retomar el control.
El universo insistía en colocarle una verdad ante sus ojos, pero ella intentaba convencer a su cerebro sobre otra necesidad: escapar.