Fantasmas y neurocirujanos #2
Sin sopesarlo mucho, fue hacia él y lo abrazó.
El cuerpo de Alberto seguía igual: fuerte, cálido, con ese perfume emboscado que su cuerpo recordaba mejor que su cabeza.
Habían pasado tres años desde la última vez que lo había visto.
Y, pese a que, no lo diría nunca, su presencia le removía cosas que prefería mantener bajo llave.
No era «el amor de su vida», pero sí había sido el punto de quiebre.
Con Alberto Sofía aprendió que amar también puede doler sin catástrofes, que a veces se quiere más de lo que conviene, y que hay hombres que dejan huellas sin tener que hacer promesas.
Él fue su primer vértigo emocional real.
Su primer «casi». Y el origen de más de una cicatriz con disfraz de lección.
—¡Qué alegría verte, mujer! Cada año estás más linda.
Sofía demudó el rostro, odiando que aún pudiera provocarle eso.
—Bueno, a ti los 40 no te sientan nada mal —respondió, mientras escaneaba su fisionomía intimidante de dios griego. Bata sanitaria, pijama de guardia, martillo percutor en el bolsillo— ¿42, o no?
Alberto ignoró la pregunta en tanto ella sentía una punzada de alerta cruzando su pecho, ese espacio era demasiado grande solo para ellos dos.
—¿En serio tú estás de guardia hoy… conmigo?
—Sí, como en los viejos tiempos. —Ri ó —. Cuando todavía no tenías cuño médico.
—¡No puede ser! —dijo Sofía entre risas y desconcierto.
—Mi guardia era el próximo domingo, pero Nerina me llamó anoche. Necesitaba cambiar la suya por un asunto personal.
—No te lo puedo creer, demasiada casualidad. Discúlpame que dude, pero tú eres Alberto—dijo Sofía, lo conocía demasiado bien
Alberto seguía igual de imponente. Su estatura siempre había sido demasiado atractiva para ella, se mantenía delgado, pero con esa constitución fuerte que parecía no necesitar gimnasio, el cabello castaño oscuro ahora salpicado de canas que le daban más sensualidad que años.
Él siempre había sido el tipo de hombre que a las mujeres nos gusta presumir, y solía tener ese don para aparecer en los momentos menos oportunos... o más desestabilizantes.
«El universo está conspirando en mi contra… de pronto mi vida se pone más dramática que Grey’s Anatomy en un dos por tres. Solo falta una bomba, bueno…, otra».
—La verdad, ella me propuso que incorporara a la guardia a un residente de tercer año, pero, en cuanto supe que eras tú quien estaba hoy, le dije que no era necesario —dijo Alberto, guiñándole el ojo con esa maldita seña que no había cambiado en lo absoluto.
Y tampoco su sonrisa, esa mezcla de picardía y calma que antes la dejaba sin defensas.
—Por Dios, no has cambiado nada —dijo Sofía, y lo decía con sinceridad—. Me encanta que estés de vuelta. Pero no te relajes tanto y vamos a trabajar, que hay doce pacientes por evolucionar. Cuéntame las novedades de la entrega de guardia.
—Oye, déjeme recordarte que hace 5 años tú eras estudiante de tercer año de Medicina, y yo era un residente de segundo año de esta especialidad. Ahora, tú eres residente de primero, pero yo…
—¡Sí!, está clarísimo que tú eres el especialista…, pero debiste considerarlo mejor antes de rechazar la propuesta de incorporar a un residente de tercero… —le cortó Sofía con una sonrisa burlona—, porque conmigo te va a tocar trabajar. En serio.
Esa confianza entre ellos no se había evaporado, al contrario, parecía más asentada, más madura, menos reticente. Sofía hablaba sin reservas, sin filtros, con la certeza como arma de resistencia. Con él no había necesidad de formalismos.
Alberto sonrió con regocijo. Su expresión tenía algo más que nostalgia: admiración. Sabía quién era Sofía. Sabía lo que valía. Y le gustaba tenerla cerca, incluso, cuando ella le ponía los puntos sobre las íes. Volvió a abrazarla, con una mezcla de nostalgia y alegría por el reencuentro.
—Vamos con la paciente de abajo. Sospecha de Esclerosis Múltiple, 25 años, diabética. Glucemias altísimas.
—Sí, y esto se complica si usamos esteroides —completó Sofía.
Alberto apenas parpadeó. No le sorprendía la rapidez con la que ella pensaba.
—Exacto —respondió, satisfecho.
En ese momento, Sofía no pudo evitar pensar en Adam. Con él, los diagnósticos llegaban como flechas certeras hasta sin neuroimagen. Pero este era otro caso. La Esclerosis Múltiple era una maraña de síntomas e incertidumbres. Nadie podía ser tan categórico sin usar otros estudios. Ni siquiera él.
—Pues vamos a verla a ella primero —aseveró Sofía con determinación y ajustó el estetoscopio sobre su cuello.
—¡Cómo has crecido, muchacha! —exclamó Alberto abriéndole la puerta con un gesto teatral.
«Tú no lo sabes bien» pensó ella, lo miró de reojo y sonrió sin responder. No necesitaba halagos, pero tampoco podía negar que le agradaba escucharlos…, al menos cuando venían de él.
No tenía tiempo para pensar en las consecuencias de los pedidos desaforados que le había hecho al universo el día anterior, rogando por una guardia que no le diera ni un segundo libre.
Ahora le hablaba mirando hacia arriba como una loca, refunfuñando: «Universo, contén tu euforia.
Me parece que no había que exagerar… Te has pasado mil millas».
Comenzaron la ronda. Examinaron juntos a los pacientes, empezando por Rita, la joven con sospecha de Esclerosis Múltiple.
Sofía mantenía la compostura, atenta a los datos clínicos, a las respuestas de la paciente, a las observaciones de Alberto.
Pero había algo que no lograba evitar: su mirada se desviaba cada tanto, como reflejo involuntario, hacia las manos de él.
Grandes, rudas, cuidadas. Pasaban con precisión por las hojas del historial del paciente, tomaban el bolígrafo con ese gesto técnico y fluido que, a ella, en otro tiempo, le resultó hipnótico.
De pronto las recordó sobre su espalda… y se frisó par de segundos hasta que sacudió la cabeza con disimulo, como para espantar el recuerdo. Pero ahí estaba, inevitable, nítido.
Alberto fue el primero que le enseñó a explorar a un paciente neurológico.
Con él aprendió a examinar los pares craneales, a identificar una marcha atáxica, a sospechar una hemiparesia.
Fue junto a él que pronunció por primera vez palabras como «sinestesia», «nistagmo» o «hemianopsia».
Fue con él que dio sus primeros pasos en la Neurología…
y se apasionó intensamente, con la neurología… , claro está.
La ironía la hizo sonreír y disimuló mirando la historia de Rita.
Recordar ese tiempo era como mirar una película antigua.
Tenía la nostalgia del blanco y negro, pero también la certeza de que no quería volver a vivirlo.
Había admirado a Alberto, había aprendido de él, incluso lo había deseado con la ingenuidad desaforada de los veinte años…
, pero todo eso estaba lejos. O eso se repetía a sí misma cada vez que esos recuerdos se le colaban por alguna rendija del presente. Suspiró y regresó al ahora.
—La respuesta neurológica parece más estable —comentó haciéndole un guiño a Rita—. Aún queda mucho por evaluar, pero va mejorando.
—Coincido —dijo Alberto, sin dejar de escribir—. Y bastante, considerando cómo comenzó todo.
Sofía asintió. Profesional, imperturbable. Aunque por dentro, algo pequeño y absurdo seguía latiendo. Quizás era ese viejo eco de las primeras veces. De cuando la Neurología le cambió la vida… y Alberto, sin querer, también.
Comenzaron a escribir juntos todas las notas médicas, como en los viejos tiempos.
No obstante a que los especialistas rara vez se molestaban en escribir más de lo necesario , Alberto lo hacía y Sofía conocía la causa de aquel empeño.
Él quería recuperar algo. Ganarse de nuevo su atención o, tal vez, más que eso.
Ella se dejaba consentir, sin prisa, sin culpa.
Total, estaba convencida de que, por mucho que él lo intentara, todo su esfuerzo sería en vano.
Pero ahora tocaba utilizar a su favor sus excesos de bondades, ¿o no?
Ya ella dominaba el arte de la manipulación con tanta pericia, que nadie se daba cuenta.
—No sabía que los especialistas todavía escribían historiales tan completos —dijo con una ceja en alto, sin levantar la vista del papel—. ¿Será que la nostalgia rejuvenece la vocación?
Alberto sonrió, le siguió el juego. Ella también, pero sin dejar fisuras. El cinismo de Sofía no era un escudo, se había convertido en su lenguaje natural. Y, aunque la complicidad seguía ahí, el vértigo ya no estaba, se había esfumado, gracias a Dios.
Así que se dejó llevar por la rutina, por el ritmo de trabajo, por la responsabilidad que disfrutaba. Era consciente de que él lo notaba. Y en el fondo, eso también le daba cierta satisfacción. Porque esta vez tenía muy claro hacia dónde quería mirar y no pensaba perder el tiempo. O eso creía.
—Sofía… ¿y si mañana en la noche te invito a cenar fuera? — preguntó él sin pensarlo mucho, osado y soberano, adornando su impulso con su clásica señita.
Sofía se mordió los labios y alzó la mirada con dulzura como si estuviese a punto de decirle que sí:
—Tu esposa va con nosotros, ¿verdad? — preguntó Sofía con todas las intenciones del mundo de neutralizarlo.
Quizás era más fácil decirle que no y punto, pero ella no podía perder una mínima oportunidad para demostrarle a Alberto que ya no era la niña de antes, gracias a él.
—Nunca lo vas a olvidar, ¿verdad?
—¿Cómo podría? Si fue el año en el que hubieras ganado el Oscar por mejor actor, y yo el Nobel de la tontería… ¿Quieres café?
A Sofía no le habían dolido tanto las mentiras de Alberto en aquellos años como su propio nivel excelso de ingenuidad.
—A la paciente de la cama 7 le falta la evolución del neurocirujano —dijo él cambiando de tema mientras agarraba la taza de café.
El olor del café subió hasta la nariz de Sofía justo cuando el nombre de Adam se instaló de nuevo sin permiso en su cabeza. El salto en el estómago fue inmediato, casi ridículo. Esa mezcla de alerta y expectativa que no podía disimular ni siquiera consigo misma.