Fantasmas y neurocirujanos
VI
Sofía caminaba hacia el hospital con el pijama azul delimitando su cuerpo bajo la bata blanca, la trenza negra cayéndole al lado izquierdo del pecho como un cordón ceremonial.
Llevaba sus zapatillas más cómodas —por supuesto, a juego con el atuendo—, gafas de sol para el camino, mochila al hombro cargada con todo lo necesario para sobrevivir las próximas treinta horas, y un bolso pequeño, artesanal, hecho en Panamá, regalo de uno de sus amigos más queridos de la universidad, donde guardaba sus armas inmediatas: lapiceros, miniagenda de emergencia, martillo percutor, etc.
Caminaba con ritmo relajado y, como siempre, tarareando la canción que escuchaba, esta vez de Joaquín Sabina:
Sí, era domingo… Día, en teoría, más tranquilo, pese a que nadie se atrevía a decirlo en voz alta, por el mito de invocar la mala suerte.
Aun así, Sofía no deseaba precisamente paz.
Lo último que le apetecía era tener tiempo libre para ayudar a Rodrigo con su tesis, una idea que ya empezaba a parecerle tan incómoda como una jaqueca mal tratada. Intentaría esquivarlo a toda costa.
Lo sabía: esconderse un domingo en el hospital no era tarea fácil. Pero estaba de guardia con la Dra. Nerina, jefa del servicio y su casi amiga, lo cual le abría una puerta estratégica. Podía contar con ella para desaparecer si la situación lo ameritaba.
Y de pronto lo sintió otra vez: el impulso repentino, el subidón nervioso.
Como si la anticipación se transformara en electricidad estática bajo la piel, pero logró contenerse.
Aceleró el paso, respiró hondo y sonrió sola, sentía que acababa de ganar una pequeña batalla invisible.
El edificio del hospital se alzaba ya frente a ella.
Solo quedaba concentrarse en sobrevivir la guardia… y evitar todo lo que su estado emocional no estaba listo para enfrentar.
Entrando al hospital, Sofía pensaba en cómo sería el amanecer del lunes pues después de una guardia larga, nadie se veía glamuroso, y, sin embargo, el lunes era el día de la novedad. Todos llegaban arreglados, perfumados, listos para impresionar. Ella incluida y, por supuesto, él también.
Ver a Adam sería inevitable, tenían una paciente en común. Él la operaría y ella... pensaba esconderse.
«Mejor delego mis funciones. Me encierro con las historias clínicas, lo que sea», murmuraba en su cabeza mientras se acomodaba las gafas de sol y tragaba saliva. No quería ese encuentro. No ahora. No con las emociones tan cerca de la piel.
«¿Qué haces pensando en Adam, mujer? Concéntrate en la vía visual, que mañana tienes seminario con Rolando…».
Pero su cerebro no obedecía. Se adueñaba de la curva de sus labios e intentaba contenerle la risa que surgía al recordar, una y otra vez, el momento exacto en que él que se habían quedado tan cerca que casi …
Un grupo de enfermeros la saludó desde el lobby, y ella respondió con una sonrisa automática.
Justo en ese momento, bajó la vista a su reloj: iba con cinco minutos de retraso.
Aceleró el paso hacia las escaleras —siempre le impacientaba esperar el ascensor—, pero una punzada le subió por el estómago. Un deja vu acaso.
—¡Dra. Sofía!
El aire se le cortó en seco.
«No puede ser… no puede ser», imploró mentalmente mientras se aferraba al pasamanos.
Las palmas húmedas, el estómago revuelto, ese revoloteo visceral del que nadie se salva.
Ya conocía esa voz. Podría reconocerla entre un millón.
Parecía que la hubiese escuchado toda la vida, aunque apenas fueran semanas.
El tiempo se dilató. Cada paso sería en falso, cada latido, se volvía un ruido blanco.
Iba a darse la vuelta, pero no le dio tiempo.
Adam apareció rodeándola por un costado, colocándose justo frente a ella. Un escalón más arriba. Siempre sabía dónde estar para desestabilizarla.
La miró. No, la recorrió, de arriba abajo, con descaro evidente pero calmado. Como si analizara una obra de arte que le perteneciera desde antes de conocerla. Los ojos fijos, la mandíbula relajada. Y esa sonrisa…
Sofía sintió que su reloj interno se detenía. No era solo su dentadura perfecta. Era la seguridad con la que sonreía, sin esperar nada, pero preparado para todo.
—Dra. —insistió él, con picardía, bajando la voz apenas, como si estuvieran en una conversación secreta—. Usted sabía que yo estaba de guardia hoy, ¿verdad?
Sofía lo miró fijo. Le gustaba ese atrevimiento sutil, pero también la irritaba su confianza absoluta. Era el tipo de hombre que estaba acostumbrado a que lo esperaran, a no a ser cuestionado.
Respiró hondo. Enderezó la espalda. Alzó las cejas como quien prepara un contraataque elegante.
—¿Y si fuera al revés? —soltó cruzando los brazos sobre la bata—.
¿Y si quien sabía que yo estaba de guardia era usted?
—Hizo una pausa. Sabía que lo tenía escuchando cada palabra—.
Sobre todo, considerando que el viernes en la mañana lo encontré en mi sala…
y usted estaba de postguardia. ¿Menos de 48 horas y vuelve a aparecer?
Permítame notar la coincidencia... un poco sospechosa, ¿no cree?
Avanzó escaleras arriba, deslizándose por su izquierda apenas rozándolo, pero con una firmeza que parecía un desafío. No iba a dejarle el control tan fácil.
Él se rio, sin vergüenza. Subió de inmediato y le volvió a cortar el paso, esta vez más cerca. Casi tocándola. El calor de su cuerpo se sentía a través de la bata. Sus ojos se fijaron en los suyos con un dejo de travesura contenida.
—Y si yo le dijera que tiene toda la razón... ¿qué me diría?
Se quedó ahí. Esperando. Con esa expresión de quien sabe que está a punto de salirse con la suya... o de rendirse con gusto.
Sofía sintió que el corazón le martillaba dentro del pecho.
Los instintos básicos solían vencerla con facilidad.
«Dios, si de verdad existes, demuéstramelo ahora.
No me dejes hacer una locura», pensó, en tanto se mordía con discreción el labio, para contener la carcajada nerviosa que le subía por el estómago.
—Pues… lo entiendo. Si yo fuera usted, seguro hubiera hecho lo mismo —dijo con una sonrisa rápida, casi imperceptible, y reanudó la subida por las escaleras—. Estoy atrasada, Adam. Nos vemos… más tarde.
«Adam». Decirlo en voz alta le provocó una corriente eléctrica que le recorrió la espalda.
Él la miró fijo, sentía que acababa de conseguir lo que estaba esperando.
—Guárdame café, Sofía, que huele bien… Y, por cierto, me dejaste con algunas dudas el viernes cuando regresábamos a tu casa. Quiero aclararlas.
Ella lo miró desde arriba, sin dejar de subir, y movió la cabeza despacio como diciendo que no con ironía. Un gesto escueto, casi elegante, casi distante. Pero en su pecho, seguía encendiéndose algo y no sabía bien si quería apagarlo o dejarlo arder.
Era la primera vez que se decían sus nombres sin los títulos. Se sentía como un secreto dicho en voz baja. Una línea había sido cruzada. Con suavidad, pero sin retorno.
No se preocupaba por las «dudas». Estaba convencida de que había dicho tonterías, pero nada que no pudiera atribuirse con justicia al vino.
«¿Y este qué hace aquí, justo hoy?», pensaba mientras caminaba por el pasillo como en piloto automático, aunque también percibía que su equilibrio emocional pendía de un hilo.
Los jueguitos de adrenalina la estimulaban, sí…
, pero esto ya era otra cosa. Esto era un campo minado con varios frentes abiertos.
Rodrigo seguía estando de guardia en Emergencias, lo cual convertía en casi inevitable algún encuentro.
Pero ahora le daba igual, aunque sí le resultaba incómodo.
Era una molestia que no lograba ubicar. Intentar algo con Rodrigo había dejado de ser una opción.
Y no precisamente por culpa de Rodrigo, aunque tal vez un poco sí.
Cuando llegó a su sala, el puesto de enfermería estaba vacío.
Entró al cuarto médico esperando encontrar a Nerina, pero tampoco había rastro de su mochila ni del típico bolsito con los caramelos de menta.
Se quitó la bata despacio, como sacándose de encima un peso invisible, y dejó sus cosas en la taquilla.
Se acercó a la ventana. Afuera no había nada más que los árboles inmóviles del jardín trasero, una brisa apenas perceptible y un cielo que no decidía si nublarse o despejarse.
Suspiró profundo, agarró su móvil y escribió un mensaje en ¿Y ahora qué hiciste?
Sofía: Chicas, Adam está aquí.
Estoy casi segura de que cambió su guardia para coincidir…,
pero Rodrigo también
Las mantengo al tanto.
Se sentó en una de las dos camas y empezó a revisar los historiales clínicos. Fingir concentración era más fácil que asumir lo que fuera que experimentaba. Entonces vio su nombre: «Paciente: Alicia Contreras – Cirugía programada: Dr. A. Figueroa».
Adam no había pasado a evolucionarla. O sea, volvería. Y ella… lo estaba esperando. Aunque no soportara admitirlo. Escuchó pasos fuertes acercándose por el pasillo. La puerta se abrió de golpe y, cuando alzó la vista…, dio un brinco del susto. Entonces sí quiso que la tierra se la tragara.
—¡Alberto Domínguez…! ¿Qué rayos haces tú aquí? —exclamó Sofía, con los ojos como platos.
—Pues de guardia, mujer. ¿Qué manera es esa de recibir al amor de tu vida? —respondió él con una sonrisa ancha y el mismo tono burlón de siempre.
Ella se quedó paralizada por un segundo.
Intentó reaccionar rápido, pero la bata se le había torcido en la carrera por el pasillo y el cabello le caía a medio rostro.
Trató de acomodarse con dignidad, pero, al levantar la vista, lo único que vio fue su propia imagen reflejada en el cristal de la puerta: despelucada, respirando agitada y con el escote de la blusa del pijama ligeramente abierto.
Se sonrojó. «Perfecto, el desastre personificado.
Muy profesional, Sofía» pensó, y tuvo que reírse de sí misma.