Interferencias 1
Yo sabía que Sofía me necesitaba, aunque no siempre quisiera escucharme. Siempre acudíamos la una a la otra en momentos de emergencia. Y esta, sin duda, lo era.
Quise advertirle que estaba en peligro. Que lo que se avecinaba era más fuerte que la intuición, más oscuro que el deseo. Que la única cura era la profilaxis emocional, la huida a tiempo. Pero ella ya venía tarde…, como casi siempre.
Sofía nunca fue fan de mis ataques de madurez. Los toleraba como quien escucha una alarma mientras corre directo al precipicio. Intenté hablarle, intenté frenarla, mas ya la conocía bien: si no giraba de golpe las agujas de su brújula, iría directo a un capítulo largo y accidentado.
Podía verla desde mis orillas, lanzándose al agua, nadando contracorriente, con una fe suicida en que el amor —o lo que fuera— no la rompería.
El aire olía a tormenta, a pérdida, a una mezcla espesa de traición, orgullo y algo peor que el miedo: lo correcto.
Quería contarle todo lo que intuía durante mis escasos minutos de paz interior, esas visiones fugaces que me llegaban cuando cerraba los ojos...
, pero entonces ella me miraba. Sí, me miraba sin verme.
Fija. Íntegra. Con esa sonrisa sarcástica que decía: «No intentes salvarme.
Yo siempre he sido más valiente que tú».
Y entonces yo callaba. Porque en el fondo, era cierto.
Yo no sabía si la causa de la tormenta sería Adam o, simplemente, la forma en que Sofía tomaba las decisiones.
Sin embargo, presentía que estaba a punto de enfrentarse al enemigo invisible de todo lo bueno que pudiese suceder.
Ese fantasma que llega cuando te empiezan a pasar cosas hermosas…
y algo dentro de ti se encarga de sabotearlas.
Aunque..., tampoco confiaba del todo en mis propias visiones, pues ya mi prudencia me había robado más de una alegría. Quizá Sofía tenía razón. Quizá vivir era eso.
Yo, mientras tanto, intentaba enfocarme en mis libros, en mi desarrollo profesional, porque esa extraña capacidad alienígena de Sofía —la de tener tiempo para todo— yo no la había adquirido aún.
—Sofía, vas a una guardia, no a una pasarela. Recuerda que a veces hay que correr por los pasillos, y, cuando el ascensor no funciona, se te corre el delineado y pareces una loca.
—En todo caso, una loca sexy —me lanzó, con esa irreverencia suya —. Me voy, que mi día promete. Ya te contaré.
Y se fue como siempre. Como si la vida fuera un juego de resistencia.
Como si siempre pudiera salir ilesa. Como si ya no tuviera suficiente con lo vivido…
Sin la más mínima idea de que comenzaba un ciclo inexplicable y peligroso, sobre todo para ella que anhelaba…
no ser contaminada con otros ruidos que no fuesen los de sus propios sueños.