Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) ¿Y ahora qué hiciste?
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¿Y ahora qué hiciste?

V

Camila:     ¿Alguien llegó viva anoche?

Rachel:     ¡Sofíaaaa! No te hagas de rogar,       repórtate YA.

Paula:  S oldado caído. Déjenla dormir,       parece que hubo fuego cruzado.

Sarah:     Ja,ja,ja… ustedes no tienen compasión. Denle un chance.

Camila:     ¿Qué ropa se habrá puesto? No mandó ni fotos.

Amber:     Este silencio tiene cara de enfermedad inflamatoria pélvica. Yo advertí de algunas       posiciones,       pero nadie me escucha.

Rachel:     ¡Queremos detalles!

Camila:     Yo necesito acción para sobrevivir esta rutina.

Amber:     A mí cuéntenme algo interesante, no quiero novelitas rosas.

Paula:     Si hubiera pasado algo, ¿ya lo habría contado…o es que no tuvo tiempo?

Veintitantos mensajes más esperaban su atención. Sofía los leyó duplicado, sin energía para responder, con la cabeza a punto de estallar y los ojos ardiendo…, además, no tenía el discurso claro todavía.

Se incorporó lentamente. Un dolor sordo la envolvía desde la base del cráneo hasta las sienes, con luces centelleantes que amenazaban con convertirse en migraña. La boca le sabía a vino viejo y tenía sed, sed de océano.

El estómago le dio un vuelco. Las imágenes comenzaron a alinearse: luces, copas, risas… Adam. Su voz en el oído, el calor de su aliento. Sonrió sin querer. Estaba en su cama. Sola, con la ropa puesta. Y dio gracias al cielo por eso.

Lidia también había escrito: «¿Cómo llegaste?», pero no respondió a nadie de inmediato. Primero necesitaba una ducha fría, que le corriera por la nuca como un castigo reparador. Luego, un café bien cargado.

En la ducha, el agua helada le arrancó un gemido.

El recuerdo apareció nítido: él inclinándose, susurrando sobre su cuello y sintió una especie de calambre recorriéndole las caderas.

Cerró los ojos con fuerza, reprimió un suspiro.

«Tranquila», se dijo. «No pasó nada». Se sacudió como si la hubiera poseído un demonio.

Ya vestida, mientras se secaba el pelo, Isabel, su hermana menor, irrumpió sin llamar, con la certeza de que ese también era su cuarto.

—¿Y? ¿Fue el susodicho a la fiesta?

Sofía la miró con una sonrisa débil. Isabel, con sus veinte años, trigueña, temperamental, estudiante de Odontología, siempre era un juicio de valor disfrazado de sororidad.

Le contó todo: la llegada, el cruce de miradas, la tensión, el final inesperado.

Isabel la escuchó sin interrumpir, hasta que llegó el dato de la «acompañante rubia».

Su cara era un poema, ya Adam  iba en desventaja, tenía el primer punto en contra en el Senado.

—No bajes la guardia, por favor. No confío —dijo protectora antes de salir.

Sofía la vio marcharse, respiró hondo y volvió al celular. Las notificaciones seguían cayendo. Sabía que tarde o temprano tendría que hablar. Pero todavía no.

Primero necesitaba ordenar el corazón. No podía describir la imagen exacta de aquella chica de  cabello rubio.

Su aparición le parecía un eco distante.

No sabía si sentir alivio o celos. De cualquier modo, no importaba, pero el hecho de no saber cómo se veía la joven le sacó una punta de incomodidad. ¿Tan concentrada había estado en Adam?

Se sonrió. No era dispersa; solo sabía en qué quería concentrarse. Tenía la certeza de que no debía pensar demasiado en eso. La decepción era un riesgo real, pero algo la inquietaba en su interior: «habían sellado un pacto sin saberlo». Y eso era… aterradoramente excitante.

Se vistió, más ligera que otras mañanas.

Desayunó con apetito voraz. El dolor de cabeza cedió tras la cafeína, y por fin consiguió sentarse frente a su escritorio.

Abrió el libro de Neuroanatomía, pero el intento fue en vano, no podía concentrarse.

Cada línea que intentaba leer se deshacía en imágenes sueltas: la música, la fiesta, Adam regresando a buscarla, inevitable.

Pretendía enfocarse en la vía visual, pero su cuerpo tenía otra agenda. Se cruzó de piernas, cambió de posición varias veces, tratando de sacudirse el recuerdo. Nada. Seguía ahí.

El móvil vibró otra vez, ella dio un salto: «Dr. Rodrigo llamando». De repente, un nuevo latido. Rodrigo existía. Habían estado viéndose sin ataduras desde antes de conocer a Adam. Y, ahora, por alguna razón, su nombre le quemaba en la garganta.

Respondió sin entusiasmo:

—Hola, Rodrigo, ¿cómo estás?

Y la tensión entre pasado reciente y futuro posible se hizo estruendosa.

—Pues con ganas de que sea mañana para verte —respondió con tono cálido.

Sofía, aún aturdida, se llevó la mano a la frente. Tampoco recordaba que él había cambiado su guardia para coincidir con ella, un detalle que solo ahora le parecía una carga.

—Oh, sí, ya casi… falta poco —dijo, fingiendo alegría—. Recuerda llevar la tesis para revisar juntos los arreglos finales.

Su tono se volvió mecánico. Estaba en otra frecuencia, una dictada por el cuerpo y hasta por el alma, de la cual aspiraba fugarse sin éxito.

Rodrigo hablaba, pero ella pensaba en Adam.

En lo que había sentido al recostar la cabeza en su hombro.

En la forma en que él la había mirado cuando pensaba que ella no lo notaba.

Rodrigo seguía explicando algo sobre un protocolo nuevo para la fibrilación auricular.

Ella no lo oía. Pensaba en otra arritmia, una más peligrosa: la suya.

Rodrigo no esperó demasiado.

—Bueno… ¿y cómo te fue en la fiesta anoche?

Sofía sintió cómo algo le apretaba el estómago. Apretó el celular con más fuerza de la necesaria , necesitando anclarse a algo para no salirse de sí misma. Su mirada se perdió en el suelo, sin ver realmente nada.

—Bien…, tranquila —respondió con una pausa que no supo disimular.

La mentira era tan ligera como un soplo, pero pesaba como una piedra. Igual a ella no le interesaba demasiado darle explicaciones y él lo sabía muy bien. Rodrigo no preguntó más, era un hombre inteligente, reconoció en el tono de su voz la falta de entusiasmo… y ella agradeció ese silencio.

Pasó su mano por el cuello, ansiando disipar el calor que le subía en oleadas. Lo peor no era haber visto a Adam. Lo peor era la sensación de que ella había sido vista por él de una forma distinta y de que algo en ella se hubiera quedado más expuesto de lo que debería.

Se despidió rápido, con la excusa de que tenía que estudiar.

Al colgar, se quedó unos segundos inmóvil, con el celular aún en la mano.

Constataba que algo había cambiado, el aire alrededor se sentía más liviano, y el silencio habitual de las paredes le resonaba distinto, extraño.

No sabía qué, pero lo sentía en lo profundo.

El Dr. Rodrigo era un «casi especialista» en Cardiología, de 34 años, al que Sofía había conocido tras varias coincidencias clínicas.

Alto, apuesto, con cabello oscuro, piel de porcelana y unos ojos expresivos que parecían estar siempre a punto de decir algo...

, pero nunca lo hacían. Su timidez no era sutil.

Hablaba bajo, evitaba miradas largas, y prefería las zonas comunes del hospital donde no pasaban demasiadas cosas.

A Sofía le resultaba simpático, pero demasiado correcto.

Su torpeza social le parecía enternecedora al principio, hasta que se convertía en silencio incómodo.

Le costaba conectar con alguien más fuera del personal de enfermería que lo mimaba abiertamente, o con María —una paciente de 50 años, enamorada de él con ensañamiento—, que aparecía en cada guardia con café en termo, cena casera y un nuevo delineado en los ojos.

Aquella mujer le divertía más de lo que le molestaba.

Sofía ya había presenciado la escena en un par de ocasiones, ganándose de regreso la mirada envenenada de María, que detectaba en ella competencia directa por su «cardiólogo de cabecera».

Rodrigo, en cambio, se ponía rojo hasta las orejas, sin saber dónde esconderse, balbuceando cualquier frase de escape.

Era dulce después de todo, incómodo, pero dulce.

Y sí, Sofía creía por momentos que con el tiempo podían llegar a ser algo. Algo más que amigos o lo que fuera ese extraño punto de no-definición en el que estaban. A veces, pensaba que él podía funcionar como bálsamo, que tal vez la hacía reír, que era buena gente.

Pero si el viernes a las ocho de la noche aún no tenía prisa por averiguarlo, el sábado a las once de la mañana tenía menos aún. Mucho menos.

Le preocupaba más esa intranquilidad en su epidermis, la que provocaba el neurocirujano impetuoso que se le enredaba como hiedra en las curvas de su mente.