Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) ¿Quién te lleva a casa? #3
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¿Quién te lleva a casa? #3

—Vine a llevarte a casa… No porque no puedas cuidarte sola. Ya sé que tienes tus… maravillosas piernas —le dijo mientras se las observaba con intención—, pero es solo que… no confío en ellas a esta hora, y mucho menos en el cerebelo de Dany.

Sofía intentó abrir la boca para decir algo sarcástico, pero el mareo le robó la agudeza. El suelo no giraba, pero su cuerpo sí. Fue en ese instante que apareció Dany, con los ojos vidriosos y la lengua suelta:

—Bueno, Sofi… ¿dónde es que vives?

Adam giró el rostro de inmediato. Lo miró desde arriba, sin agresividad, pero con una claridad de jerarquía que no necesitaba gritarse.

—No te preocupes, Dany. Ve a tu casa. Date un baño. Descansa. En cinco horas estás de guardia. Yo me encargo.

Dany apenas reaccionó. Solo asintió con una sonrisa tonta y aceptó la orden, que se sentía como un alivio.

—Ah… regresaste. Ok. Mejor así. Chao, cuídense.

Se alejó tambaleando junto a otro colega, arrastrando los pies en una dirección que ninguno de los dos supo identificar. Ni falta que hacía.

Sofía no se movía, solo lo miraba. Adam no le había cuestionado nada, tampoco sus copas de más.

No parecía molesto ni incómodo, como cuando había abandonado la fiesta un rato antes.

Esta vez se mostraba imperturbable. No intentó salvarla.

Solo había regresado. Y, aunque no lo dijo, Sofía lo entendió con claridad: no había vuelto para rescatarla, había vuelto porque no podía no hacerlo.

—Bueno…, Sofi…, ahora sí, ¿dónde vives? —preguntó Adam, acercándose lo justo para colocarle el brazo, como quien ofrece algo más que apoyo.

Ella lo miró de reojo. No dijo nada. Se limitó a sentir el calor del contacto, la firmeza sutil del músculo bajo la tela, la diferencia de temperatura entre su piel y la de él. Y se sujetó fingiendo que no lo hacía por equilibrio, cuando lo que más deseaba era probar cómo se sentía encajar allí.

—Usted no tiene acceso al servicio solicitado —soltó, con voz baja, preparando una especie de hechizo sin mirar a los ojos—. ¿No cree que va muy rápido, doctor?

Adam se rio, con ganas. No de burla, pero sí por genuina sorpresa. Y luego bajó la voz, como si de pronto estuvieran solos en el universo:

—Estoy de acuerdo. Yo tenía pensada otra estrategia, pero usted me ha dejado sin opciones, doctora.

La calle respiraba un calor húmedo de madrugada. Ella se aferraba a su brazo con la naturalidad de quien siempre ha pertenecido allí. Él caminaba con paso seguro y atento, sosteniéndola sin hacerla sentir frágil.

El mundo estaba en silencio. Pero el cuerpo hablaba.

Y entre ellos dos… el idioma era claro. Sofía sonrió con una de esas sonrisas que se sienten en las piernas, en la nuca, en el centro mismo del torso, vibrando con cada latido...

Caminaba por la calle, en plena madrugada, agarrada del brazo del Dr. Maravilla.

Y, aunque aún no lo sabía, esa escena se iba a quedar anclada en su cuerpo… mucho más que en su memoria.

Sofía había olvidado lo agradable que podía ser algo tan «insignificante» como caminar del brazo de alguien. Sin embargo, lo que aún no comprendía del todo —o no quería   comprender— era que Adam no solo había regresado a la fiesta por ella. Había regresado por lo que no podía permitir perderse.

—Es por aquí —murmuró con voz de niña cansada, mientras apoyaba con suavidad la cabeza en su hombro.

El roce fue mínimo, pero bastó. La piel de Adam se tensó bajo su camisa. Ella lo sintió. Gracias a los tacones, su rostro quedaba a la altura perfecta para refugiarse allí. Su cuerpo ya parecía conocer ese espacio; lo había reclamado mucho antes.

—Tengo mucho sueño —dijo casi en un suspiro.

Adam tragó saliva. No respondió de inmediato.

Se detuvieron frente a su casa a un par de pasos de la entrada, bajo una farola apagada.

Y fue ahí, en ese instante suspendido que ocurrió lo que ninguno de los dos había planeado.

Sofía se giró para buscar las llaves en su bolso.

Adam se quedó frente a ella, muy cerca. Demasiado cerca.

El cuerpo de él proyectaba un calor que ella podía sentir en la cara, en el pecho, en los muslos.

Cuando levantó la cabeza, sus rostros quedaron a milímetros.

Los ojos de él bajaron lentos a su boca.

Los de ella... también a la de él. No hubo palabras.

Solo un silencio denso. Una respiración compartida.

Un pulso duplicado. El aire entre ambos cortaba.

Y entonces, sin moverse del todo, sin tocarla más allá del brazo ya entrelazado, Adam susurró:

—Esto es probable que mañana no lo recuerdes… pero tengo que decirte algo.

Sofía lo miró, apenas pestañeando, estaban demasiado cerca…

—Estás preciosa… Eras la mujer más hermosa de toda la fiesta.

Ella sonrió, sin retroceder.

—Doctor... ¿en serio eso le funciona? Va a tener que esforzarse un poquito más.

Adam soltó otra carcajada legítima. Sofía seguía lanzando dardos con una puntería impecable, incluso con cierto grado de alcohol en la sangre…

El momento se sostuvo unos segundos más.

Ni un paso más. Ni uno menos. Y en ese justo momento, algo la despertó e hizo que se girase bruscamente hacia la puerta.

—¡Llegamos! Esta es mi casa —anunció—. Gracias por ir a rescatarme como un lord inglés. Seguro que nunca voy a olvidar este… detalle del siglo XIX.

—Seguro que no lo harás —murmuró Adam.

Y antes de que pudiera decir algo más, Sofía ya había abierto la puerta, deslizándose al interior y cerrándola sin decir adiós tras de sí.

Ni beso. Ni abrazo. Ni promesa. Solo la certeza de lo que no pasó y de todo lo que estuvo a punto de pasar.