¿Quién te lleva a casa? #2
El silencio entre ambos pesó un par de segundos más de lo necesario . Luego él sonrió con sigilo, apenas un destello, pero suficiente. Ella lo sintió, era ese tipo de cruce que no necesita explicaciones, donde el aire cambia de densidad sin pedir permiso.
—Bueno…, Ernesto y yo conversamos bastante sobre la lista de invitados —dijo Adam, con un guiño que tenía más de confesión que de casualidad—. Al final, lo convencí de que ciertas presencias eran… imprescindibles.
Sofía ya lo había intuido, pero no sabía entrar más profundo en la mente de Adam.
Sin embargo —algo en su mirada, en la forma en que se demoraba, en cómo no se apuraba a volver con su acompañante— le susurraba que tal vez, solo tal vez, él no estaba del todo satisfecho con su elección de compañía esa noche, que, de hecho, estaba lamentando mucho haber ido con alguien más.
Pero ella también sabía que, aunque quizás él sintiera ganas de cualquier cosa, también era todo un caballero.
Y con eso bastaba para mantenerla alerta. Y un poco en llamas.
Apenas él siguió su camino Lidia no se pudo contener y con una sonrisa cargada de ironía, soltó:
—Ah…, o sea, que en realidad no nos invitó Ernesto, sino Adam. Qué curioso, ¿no? Me pregunto por qué será.
Sofía llevó el vino a los labios y bebió un sorbo lento, fingiendo que la frase no había sido pronunciada.
Llegó la hora del brindis y la cena. Las mesas se reacomodaban, las sillas chirriaban contra el suelo, el murmullo crecía como una marea desordenada.
Sofía no quería comer. Sentía en el cuerpo una urgencia distinta: quería bailar, moverse, descargar.
Sabía que era cuestión de tiempo. Los médicos, una vez cumplido el ritual de los discursos y las fotos, soltaban las riendas. Y entonces sí… la fiesta comenzaba.
Se acercó a la mesa de comida con paso tranquilo. No tenía hambre, pero algo quería llevarse a la boca. Algo pequeño que, a la vez que le ocupara las manos, le diera excusa para mirar hacia otro lado. Y en eso estaba, eligiendo distraídamente una empanada, cuando alzó la vista y lo vio.
Adam estaba justo frente a ella. A unos metros. De pie. Inmóvil. Mirándola. No pestañeaba. No disimulaba. Era una mirada fija, deliberada, insolente de tan sostenida.
Sofía sintió una punzada en el pecho. No supo si era deseo o alarma. Miró hacia los lados, buscando una salida emocional, una distracción, una duda. Pero no. Él la miraba a ella. Solo a ella. Y algo en esa mirada era distinto, más íntima, más riesgosa.
Ella lo sabía. Lo sentía en la garganta, en el estómago, y hasta en la pelvis. Y, aun así… no apartó la vista. Le devolvió la mirada como quien camina descalza sobre brasas: sin detenerse, pero sabiendo que algo puede arder.
A ella le gustaba que él la mirara así. Le gustaba más de lo que le convenía. Pero no podía permitirse el temblor. No ahí. No en ese momento. Así que sonrió, con cautela, con filo, con la dosis exacta de provocación que no se puede castigar.
Tomó la empanada con movimientos lentos, casi ceremoniales. Luego se dio la vuelta con toda la elegancia que el autocontrol permite cuando el cuerpo quiere otra cosa. Y caminó hacia el centro del salón. A cualquier sitio. Como si no pasara nada. Como si no acabara de ocurrir algo.
Sofía lo supo en ese momento. No era una simpatía pasajera.
No era un coqueteo fugaz. Era algo más físico y peligroso.
Sentía una atracción distinta hacia Adam.
Una que no se podía empujar hacia ningún recodo de la mente.
No obstante, trató de convencerse —con esa frialdad que a veces usaba para no perder el equilibrio— de que no sería algo tan difícil de manejar.
Nada demasiado serio. Nada que la desbordara. Solo un fuego menor. Controlable.
Pero lo cierto era que su fascinación por lo complejo, por lo que no se entrega de inmediato, la convertía —sin querer— en un blanco perfecto para el tipo de deseo que no se negocia.
Adam no se movía. No bailaba. Apenas salía de su sitio.
Observaba. Y entonces Sofía, inofensiva y libre…
decidió bailar sola y se sumó a un pequeño círculo de colegas que ya se habían lanzado al centro del salón.
El ritmo era alegre, tropical, vibrante con Leoni Torres de fondo y aquella canción:
♫2- Por qué me miran esos ojos que algo están buscando y hacen blanco en mí, suave que me estas matando, amor. Suave que me vuelves loco, amor. ♫
Ella comenzó a moverse con una cadencia distinta. No bailaba para entretenerse. Bailaba para reconocerse en su cuerpo y gobernarlo. En plena conciencia de sus líneas, sus curvas y sus límites. Bailaba y en cada movimiento lanzaba un mensaje cifrado al único que sabía leerlo.
Su vestido gris se desplazaba con ella, ajustado donde debía, suelto donde se necesitaba.
Los labios rojos, intactos. La mirada, a veces baja, a veces afilada.
Sabía que Adam la contemplaba y sentía una presión invisible en la piel, una electricidad tibia que le recorría la espalda.
Podía percibirlo todo: el recelo, la sorpresa, la incomodidad, el deseo. Y eso… eso la encendía.
Ella no lo miraba de frente, pero le lanzaba destellos. Lo justo, lo suficiente para mantenerlo atado. Porque, si algo había aprendido, era que a veces, no mirar fijo a alguien… era la forma más provocadora de decir: «Te estoy mirando».
Fue entonces cuando apareció Dany, desenfadado y divertido. Se acercó con una sonrisa amplia, tambaleando algo por el efecto del ron, y le tendió la mano con un gesto audaz, casi infantil.
—Hasta que al fin aparece un valiente —dijo Sofía, con tono irreverente, y le tomó la mano. Aquel gesto se sentía como una victoria compartida.
La pista se abría. La música subía. Sofía se entregó al ritmo como si no hubiera nadie más que ella, su cuerpo, y el eco de una mirada que aún sentía clavada en la espalda. Adam se puso de pie en el acto. No dijo nada, no avanzó, solo la miraba. Tenso, inmóvil, conteniéndose.
Ella bailaba con Dany con una libertad elegante, medida, pero sensual.
El vino le había soltado los frenos precisos.
Movía las caderas con ritmo seguro, los ojos brillantes, la sonrisa encendida.
Y lo sabía. Sabía que Adam seguía allí, sin dejar de observarla.
Y eso le bastaba para seguir bailando sin importar lo que pasara al terminarse la canción.
Antes de que esta acabara, él se acercó inesperadamente.
Interrumpió el momento con una excusa seca:
—Me voy. Vine a despedirme —dijo, lanzando una mirada general a sus colegas.
Sofía no se inmutó. Apenas giró la cabeza. No paró de moverse.
—¿Ya? Pero es temprano —comentó Dany sin dejar de bailar.
—No me siento muy bien —respondió Adam sin apartar la vista de ella.
La miró con insistencia. Había rabia en su mirada. No era descontrol, pero sí un filo peligroso de algo que no podía decirse en voz alta. De repente ya no pudo sostener el silencio, se dirigió directo a ella, en un tono que bordeaba el reproche:
—¡Sofía! ¿Quién te llevará a tu casa?
Ella detuvo un segundo el baile. Lo miró de frente. Le sostuvo la mirada con una calma filosa.
—Mis pies, doctor. No le tengo miedo a la oscuridad.
Dany, sorprendido, trató de intervenir:
—Yo la llevo —dijo tambaleando un poco, con la voz arrastrada por el alcohol.
Adam lo miró como si calculara el nivel de riesgo clínico. A ese ritmo, imaginaba a Dany en una camilla antes del amanecer, con suero y una enfermera aburrida al lado.
—Bueno…, vayan con cuidado. No la dejes sola, Dany. Yo ya me voy.
Sofía bebió el último sorbo de su copa y esbozó una sonrisa trémula.
—Adiós, doctor. Buen viaje —dijo con una dulzura sarcástica que cortaba como bisturí. Y siguió bailando.
Lidia ya se había ido. Y sus amigas —las que siempre sabían cuándo era momento de callar o desaparecer con gracia— no estaban allí para rescatarla del ridículo. Estaba sola. Y lo sabía.
Le resultaba ambigua, incluso molesta, la preocupación de Adam por su seguridad. Porque, si en verdad le preocupaba… «¿por qué había llegado de la mano de alguien más? ¿Por qué su inquietud tenía, con toda probabilidad, reflejos rubios?»
Pasaron más de treinta minutos. La fiesta se iba apagando.
Faltaba poco para el final. Casi todos se habían marchado.
Dany seguía bebiendo cerveza, el tiempo para él no existía.
Y Sofía… Sofía seguía bailando. Mareada, sí, pero estable.
Sabía que, si se sentaba, el mundo le daría vueltas.
Así que se sostuvo en el movimiento. Bailaba sin precisión, pero con toda la intención de mantenerse consciente a fuerza de ritmo.
Cantaba, o creía cantar. Y entre una nota y otra, volvió a verlo a él.
«Comenzaron las alucinaciones», pensó, medio riendo por dentro.
Lo veía sentado frente a ella, serio. Mirándola fijo, igual que media hora antes: profundo, inquisitivo, soberbio, con la intención de desnudarla con los ojos…
o de leerle en los pliegues del pensamiento, ese mapa oculto de lo que nunca se dice.
Esa imagen de él, reconocía, tenerla grabada en su corteza visual, casi tatuada.
Pero, en ese momento, se percibía tangible.
Cerró los ojos. Intentó reajustar sinapsis, sacudirse el alcohol.
Pero el holograma no se iba, seguía ahí, igual de intenso.
Se detuvo. Abrió los ojos y reaccionó, no estaba alucinando.
Adam estaba ahí. En carne y hueso. Sentado en silencio con una botella de agua en la mano y la mirada fija, penetrante, como si la hubiese estado esperando todo el tiempo y verla así, agotada, desarmada, brillante de sudor y vino, fuese exactamente lo que quería y no quería ver.
—¿Qué hace usted aquí… si ya se fue? —le preguntó Sofía, con la voz entrecortada por la sorpresa, la confusión... y algo más difícil de nombrar.
Adam no respondió de inmediato. Se tomó unos segundos para mirarla y calcular cada palabra que diría. Luego, con tono bajo, pero firme y una media sonrisa, soltó: