Una y Mil Veces Sofía (Mujeres que me habitan 1) ¿Quién te lleva a casa?
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¿Quién te lleva a casa?

IV

Cuando llegó a la sala, Lidia, otra residente del servicio, la esperaba ansiosa con una invitación en la mano.

—Sofía, estamos invitadas a la fiesta de graduación de Ernesto esta noche.

Ernesto era uno de los «dioses» que recién terminaba la especialidad.

—¿Solo tú y yo? —preguntó Sofía, desconfiada, mientras buscaba la historia clínica de su paciente para anotar los resultados de la imagen.

—Bueno, no sé… Esta invitación solo tiene tu nombre y el mío. ¿Vamos?

—Pues… un poco raro, ¿no crees?, porque tan amigos no somos. Pero, bueno… tú no estás de guardia, ni yo tampoco, así que claro que vamos.

Sofía, sin saberlo, estaba firmando una sentencia anticipada al aceptar esa invitación.

Se repetía que era una buena oportunidad para socializar con sus colegas fuera del hospital y distraerse…

Eso era lo que se decía a sí misma para no admitir que lo que más la estimulaba era la posibilidad —absurda, según ella— de que Adam estuviera allí, pero se sentía lo suficiente madura como para cuidar sus pasos, evitar accidentes… y no hacer el ridículo.

Para calmarse, prefirió convencerse de que sería, al menos, una ocasión distinta: una pausa en la rutina, un paréntesis que podía servir para cualquier cosa…, aunque ni ella misma supiera bien para qué.

Lidia y Sofía salieron juntas del hospital a las cuatro de la tarde. Acordaron un punto de encuentro para llegar juntas a la fiesta, que comenzaría a las ocho.

Era la primera vez que Sofía asistía a una actividad social con sus nuevos colegas.

No estaba nerviosa, pero sí algo escéptica.

Venía de otro tipo de fiestas: aquellas parrandas épicas con sus amigas de sangre, donde mantener el glamour salía natural y no había necesidad de ponerle frenos a la diversión.

Ninguna de ellas era médico, ni lo pretendía.

Vivían en otra frecuencia. Esta noche, en cambio, tocaba mantener la compostura. Y menos mal que lo sabía.

No es que Sofía no fuera seria —lo era, y mucho—, pero su alegría, por momentos, era difícil de contener. Las ganas de vivir se le salían por los ojos, hasta por la piel.

Cerca de las siete comenzó a arreglarse.

Eligió un vestido gris strapless que le encantaba, tal vez porque equilibraba sus excesos: su risa amplia, su energía indomable, su manera de decir las cosas sin filtros.

Para combinarlo, se puso unos tacones altos que, más que necesidad, eran una declaración de poder.

Esos zapatos eran un atrevimiento, una forma de intimidar aún más con su estatura y esbeltez.

No los necesitaba, y lo sabía, pero, igual, se los ponía. Porque sí, porque podía.

Antes de salir, se miró un instante al espejo, se soltó el cabello y, por supuesto, pintó sus labios de rojo.

Se sostuvo la mirada como quien se lanza un reto.

«Seriedad», se dijo en voz baja. Pero en su subconsciente se sentía lista para cualquier cosa…

menos para fingirse ajena a sus propios deseos.

Llegaron a la fiesta poco después de las ocho.

Ya había más de cincuenta personas entre residentes, especialistas y sus acompañantes.

Las mesas estaban casi todas ocupadas, la música sonaba en tono bajo, pero animada, y el lugar, cálido y decorado con luces tenues, parecía recién estrenado para esa noche.

Un aroma a vino y flores frescas flotaba en el ambiente.

Ernesto las recibió de inmediato. Sonriente, galante, las condujo a una mesa junto a otros invitados. Lidia y Sofía se acomodaron y empezaron a conversar, aunque Sofía apenas prestaba atención.

Estaba inquieta. Su mirada se movía con sigilo por la sala, escaneando cada rincón con la esperanza de encontrar...

algo. Aunque se esforzaba por disimular, sabía muy bien lo que buscaba, y esa expectativa la incomodaba.

La avergonzaban sus propios deseos, como si esperar ver a Adam fuera una frivolidad.

Sin embargo, el hecho de que no apareciera comenzaba a convertir la fiesta en una de esas reuniones donde todo parece correcto, pero nada vibra con fuerza.

Tomaba su primera copa de vino con elegancia reforzada. A su alrededor, conversaciones médicas volaban de mesa en mesa, nadie intentaba desconectarse de guardias y diagnósticos, y ella no había salido esa noche para hablar de patologías.

El vino bajaba lento por su garganta. Empezaba a notar el ritmo de la música con los dedos, apoyados con delicadeza en el borde de la copa. Y, sin proponérselo, una necesidad creciente empezó a burbujearle por detrás del esternón.

Tenía ganas de bailar, no por cortesía, no para acompañar a nadie.

Quería moverse, sacudirse, soltar. Porque al final, lo que de verdad deseaba era encontrar una excusa para desarmar ese nudo invisible que llevaba apretado desde que había llegado.

Y bailar… bailar podía ser la forma más digna de confesarlo sin decir una sola palabra.

—¿Ese que llegó no es Adam? —preguntó Lidia con los ojos entrecerrados apuntando hacia la entrada.

Sofía giró apenas la cabeza. Fingía curiosidad casual, pero el pulso la traicionó antes de confirmar con la vista. Y sí… era él.

Lo reconoció al instante, su cuerpo lo percibió antes que sus ojos. Sintió una oleada de alivio —casi placer— estallándole en el pecho. Puede que hasta le brillaran los ojos. Puede que un salto involuntario en el estómago delatara el entusiasmo que intentaba ocultar.

Ahí estaba Adam. Vestía sencillo, elegante, como quien sabe que no necesita hacer esfuerzo para imponerse.

Llevaba el cabello un poco al descuido, cruzándosele por los ojos, la camisa abierta en el cuello y esa postura suya —un equilibrio entre distancia y dominio— que lo hacía destacar, incluso, entre los más seguros de sí.

Sofía se quedó quieta. Lo observaba desde su rincón estratégico, protegida por la penumbra del salón, en un ángulo donde él difícilmente podría verla. Agradecía ese anonimato momentáneo. Podía permitirse mirarlo sin reservas.

Lo veía buscar con la mirada algún sitio donde sentarse, aunque no se movía. Parecía suspendido en el aire. Su sola presencia parecía contener a toda la sala.

Ella se llevó la copa a los labios sin apartar los ojos de él. El vino ya no sabía igual. Todo el cuerpo le vibraba con esa atención clandestina que solo quienes han deseado en silencio conocen. Sonrió, sutil, aceptando la emoción con una mezcla de indulgencia y vergüenza.

Y justo entonces —como una nota discordante que arruina el compás perfecto de una sinfonía— una muchacha joven, de cabello teñido de rubio, simpática, sonriente, se acercó a él con paso decidido y lo tomó de la mano.

No dijo nada. No preguntó. Solo lo hizo.

El gesto fue sencillo, pero en la mente de Sofía sonó como un portazo.

La sonrisa se le congeló en la cara antes de desaparecer del todo.

Parpadeó dos veces. Bajó la copa. Se quedó quieta, pero por dentro algo se desarmó.

Como una grieta que se expande en silencio sobre una superficie pulida, sin hacer ruido… , pero dejando marca.

No supo cuánto tiempo pasó. Solo sintió el vino estancado en la garganta y una incomodidad invisible que tensaba su esófago. Trató de convencerse de que no pasaba nada. Pero sí pasaba. No entendía tanta somatización, no debía ser para tanto…, pero lo era.

Pasaba que no quería mirarlos más, que se sentía tonta y se descubría vulnerable en un sitio donde no había margen para mostrarse débil. Se giró hacia Lidia, como queriendo hablar, pero no dijo nada. Solo deseó, con una fuerza difícil de admitir, no haber ido a la fiesta.

El recién llegado y la chica comenzaron a caminar juntos, saludando a los invitados con naturalidad. Lidia los siguió con la mirada hasta que soltó, sorprendida y algo ácida:

—¡Ah, pero si tiene novia!

Sofía la escuchó, pero fingió no hacerlo. Apenas vio la escena —la mano, la cercanía, el gesto inequívoco—, giró la vista en dirección opuesta. Se acomodó de inmediato en una conversación con el profesor Fernando, que se encontraba con su esposa en la mesa contigua.

—¡Sofía! —insistió Lidia, inclinándose hacia ella— ¿Viste que Adam vino con su novia?

—No, no me fijé… ¿y eso qué tiene de alarmante? ¿Es que te gusta? —respondió con una sonrisa forzada, fingiendo indiferencia.

—No, ¡qué va! Too much  para conservar la calma. Me cae bien, pero no es mi tipo. Solo que... creía que vendría solo. Y no creas que no me he fijado cómo se miran los dos cuando les coinciden los pacientes.

—¿De qué hablas, Lidia? Ya estás alucinando —dijo Sofía con voz serena.

Pero por dentro sabía otra cosa. Ese día, sin dudas, las buenas vibras del universo habían decidido esquivarla. Lidia no insistió. Pero sabía que tenía razón. Continuaron bebiendo vino y, con un suspiro disfrazado de ligereza, cambiaron de tema.

Adam se sentó con su acompañante. Intercambiaron algunas palabras, pero pronto él se levantó. Solo. Comenzó a recorrer el salón saludando a sus colegas con cortesía, pero manteniendo esa distancia que le era tan propia.

Cuando se acercó a la mesa del profesor Fernando, Sofía ya lo había notado.

No lo miró, pero su cuerpo sí. Reacomodó la postura, cruzó las piernas con elegancia, y comenzó a tararear bajito la canción que sonaba, como si toda su atención estuviera en el ritmo...

, aunque cada fibra de su piel supiera que él estaba justo detrás.

Sofía giró apenas el rostro, pero pudo mirarlo directo a los ojos. No le bastaba con escuchar, tenía que constatar su presencia. Y allí estaba él, sin bata, sin urgencias, sin la coraza de la Neurociencia entre ambos.

—Buenas noches doctoras. ¡Qué sorpresa encontrarlas acá! —dijo él en tono provocador.

—Buenas noches, doctor. Yo también estoy un poco sorprendida, la verdad… de que Ernesto nos haya invitado —respondió, midiendo cada palabra, eligiendo con cuidado dónde poner el filo.