Más allá de lo elemental
III
Pasaron las semanas. Entrando la primavera Sofía se concentraba en los libros de Neuroanatomía.
Poco a poco fue ganándose el respeto y la admiración de colegas y profesores.
También el cariño. No le costaba, tenía un carácter abierto y una extraña habilidad para quedarse con lo mejor de cada persona.
A sus compañeros de guardia les encantaba verla entrar como si estuviera a punto de comenzar una fiesta.
No era común que alguien llegara feliz a pasar veinticuatro horas sin dormir.
Pero, para Sofía, cada guardia era mucho más que eso.
Cargaba su termo como quien carga una extensión del alma: café fuerte, sin pretensiones, indispensable en un hospital sin Starbucks ni máquinas de espresso.
Llevaba los labios pintados de rojo y esa energía suya que no se apagaba ni cuando el hospital estaba patas arriba.
Funcionaba como una batería recargable. Una mezcla de seguridad, pasión y ese grado justo de miedo necesario para no perder la precisión.
Con Adam y el resto de los «dioses» ya conversaba sin nervios. Se entendía con ellos con sorprendente facilidad, y hasta había logrado que las discrepancias profesionales resultaran agradables, a veces, hasta divertidas.
Ya no rezaba para que el doctor Rolando se apareciera tarde al pase de visita. Al contrario, había logrado construir con él una relación profesional basada en la empatía y el respeto. Sin atajos. Sin transgresiones.
Sofía estaba en paz. Tranquila. Hablaba del amor en pasado, recordaba con ternura e imaginaba futuros lejanos con protagonistas aleatorios.
Tenía claro su orden de prioridades. Quizás en esos días también había sentido un click, una chispa inesperada que no sabía clasificar.
Y eso la molestaba un poco. No estaba en su plan.
Su lógica le exigía calma, enfoque, control absoluto.
Sin embargo, había percibido una grieta traviesa en ese blindaje…
por la cual desconocía si estaba dispuesta a mirar.
Una parte de ella se desconcentraba ocasionalmente al pensar en el próximo regreso de Alberto.
Él había sido una especie de amor platónico a los veinte.
Luego se convirtió en la transición brusca de la idealización a la realidad.
En aquel entonces, él era el residente apuesto de Neurología, y ella, la alumna de tercer año de Medicina, deslumbrada por todo lo que se imaginaba y se inventaba sobre él.
Ahora Alberto volvería convertido en colega. Tal vez, incluso, en su profesor.
La idea de volver a verse no le parecía ni inquietante ni descabellada.
Más bien divertida. Un juego sutil del destino.
Un reencuentro desde su presente que, con todos sus logros y certezas, se sentía como abono para su autoestima.
No es que lo necesitara, pero un desquite espontáneo, sin esfuerzo, tampoco le venía mal.
Y, pese a que se repetía que ya no sentía nada, que solo era parte del pasado, una pequeña fisura en el control aparecía cada vez que lo imaginaba entrando por la puerta del hospital.
Por algún lugar, muy en el fondo, quería que él notara la diferencia, que se sorprendiera, que viera, con claridad, cuánto había crecido.
Fuera del hospital su vida era igual de activa.
Rodeada de amigos maravillosos, siempre dispuestos a inventar locuras o encuentros para distraerse.
Y si no, pues las inventaba ella. Sus amigas más cercanas también estaban solteras, lo que facilitaba las noches largas, los planes improvisados y la ausencia de culpas.
Disfrutaba la soledad. En vez de sentirse sola, la agradecía. No había vacíos: solo espacio para la calma. Todo en sus días ocurría en armonía. Estaba donde quería estar y hacía lo que quería hacer. No necesitaba enfrentarse a sí misma ni luchar contra lo que no quería. Eso... era paz.
Su vida privada no tenía grandes complicaciones.
De vez en cuando, alguna relación esporádica para contrastar, pero nunca las definía.
Sexo casual y abrazos superficiales le bastaban para recargar sus baterías y mantener equilibrados sus neurotransmisores.
Evitaba amanecer acompañada. A veces la cortesía la obligaba a esperar el sol, pero era ella siempre la primera que se iba.
Había aprendido a identificar las señales de alerta: hombres que decían «te amo» a los tres días, en medio de la calle, por ejemplo.
Ese pobre ser, claro, causaba baja automática.
Y, aunque reía con sus amigas al contarlo, en el fondo sabía que no era frialdad sino otra forma de protegerse, de no perder el rumbo, de elegir.
Era viernes. Sofía llegó al hospital como siempre: antes que todos. La ciudad aún bostezaba, pero ella ya estaba bien despierta. Subió directo al quinto piso, lista para comenzar su ronda con los pacientes. Al abrir la puerta de la sala se detuvo en seco.
Adam estaba sentado en el puesto de enfermería, con la cara marcada por el cansancio de la postguardia, escribiendo una historia clínica.
Llevaba la bata blanca algo arrugada y un scrubs azul oscuro que acentuaba su aire serio y desafiante.
El cabello, algo despeinado, mantenía su estilo descuidado habitual.
Tenía ojeras, sí, pero seguía con esa expresión tranquila e imperturbable.
Esa tranquilidad molesta de los que nunca pierden el control.
La sorpresa no le desagradó. Al contrario, la descolocó un poco… y no de forma negativa. Verlo ahí, tan centrado, tan ensimismado, le provocó una sensación rara, una mezcla de desconcierto y desafío. Había llegado antes que el día, como quien sentía que todo empezaba con él.
Sofía intentó restarle importancia. Esperaba encontrarlo vencido por el sueño, pero ahí estaba, seguro, enfocado. Como siempre, ella se repitió que no pasaba nada. Que era solo Adam, trabajando. Pero, por dentro, una parte suya ya se acomodaba a su presencia como si fuera algo inevitable.
—Buenos días, doctor —lo saludó sin dramatismos, pero con más atención de la necesaria — ¿Usted por aquí tan tempranito...? ¿Qué me perdí?
—Paciente nueva, doctora Sofía. Ingresó anoche —dijo Adam haciéndole un guiño de ojos, sin dejar de escribir—. Hemorragia subaracnoidea. Un aneurisma de la arteria comunicante posterior. Así que, pronto… estará en mi sala.
Sofía alzó una ceja, intrigada.
—Ah, ¿porque ya se le realizó la angiotomografía?
Adam sonrió sin levantar la vista. Esa sonrisa suya: serena, casi perezosa.
—No, doctora. Todavía es muy temprano —respondió entregándole la historia clínica con gesto despreocupado—, pero a veces la angiotomografía no es ne cesar ia para saber dónde está el aneurisma. Mírele los ojos cuando la examine… y entenderá por qué se lo digo.
Hizo una pausa breve. La miró de frente. Y ahí, entregándole el historial con un tono perfectamente medido, añadió:
—Por cierto, está usted muy bonita hoy. Aunque, bueno… eso ya no sorprende a nadie.
Sofía lo miraba fijo, sin darse cuenta de que él también la observaba.
Estaba absorta, casi enternecida, mientras escuchaba su voz.
Cuando oyó sus últimas palabras, giró la vista y sonrió.
No dijo nada. Fingió que el comentario no la había afectado.
Que no importaba. Aunque sí importaba. Y ambos lo sabían.
En tanto él se marchaba sin apuro, Sofía se dirigió hacia la enfermera Rosa, que ponía en orden la estación antes de que llegaran los demás médicos.
—Tan inteligente y bonito… y qué agradable es, ¿no te parece? —le susurró Rosa, con esa voz suya que decía las cosas como al pasar, pero nunca al azar.
—¡Buenos días, Rosa…, ¡buenos días! —repitió Sofía, riéndose y negando con la cabeza, alejándose rumbo a la cama de su nueva paciente.
Todos parecían tener algo que decir sobre Adam, pero Rosa, como siempre, lo dijo primero.
La paciente era una mujer de 47 años, en apariencia estable, conversadora, con el rostro plácido.
Sin embargo, cuando Sofía se acercó a examinarla y la miró directo a los ojos —como le había sugerido el doctor—, notó algo inquietante: la pupila derecha dilatada, con muy poca reacción a la luz.
«Tan inteligente el muy pillo…», pensó de inmediato.
Adam no había hecho magia. Solo había aplicado, con precisión quirúrgica, lo que otros aún estudiaban con dudas: semiología, neuroanatomía y lógica clínica.
Abrió la historia clínica y leyó la evaluación que él había hecho.
En lugar de escribir la habitual frase prudente «Hemorragia subaracnoidea de posible etiología aneurismática…
» él había sido directo: «Hemorragia subaracnoidea por aneurisma de la arteria comunicante posterior».
Nada de «posible». Ni siquiera «probable».
Dicen que en cuestiones de Medicina dos más dos no siempre es igual a cuatro, pero, ella misma escuchó a Adam, una vez decir, que sí era cuatro, solo que alguna gente no sabía sumar.
Sofía levantó las cejas con discreción. Esa seguridad brutal, sin adjetivos atenuantes, era una rareza en su mundo, donde los diagnósticos se redactaban con guantes.
Pero él era reincidente en esto de acertar y permanecer invicto, no tenía miedo a equivocarse.
Ella no sabía si admirarlo… o desconfiar de tanta certeza.
Y, aunque por un segundo se reprochó no haber llegado antes y ser la primera en atar todos los cabos clínicos, reconocía que él, además de saber sumar bien, sabía detectar señales más allá de lo elemental.
Cuando llegó el momento de presentar a la paciente en la entrega de guardia, repitió casi textual el planteamiento de Adam.
Nadie se enteró de su visita previa. La jefa de servicio indicó interconsulta urgente con Neurocirugía.
Sofía solo asintió. Ya estaba hecha. Y el mérito…
flotaba en el aire. Rosa le sonreía con complicidad desde la esquina del salón.
Horas después, bajó al segundo piso a buscar el resultado de la angiotomografía.
En el ascensor, tres médicos se sumaron al viaje.
Entre ellos… Adam. La tensión le subió por la nuca, como una gota helada.
Sintió el olor tenue de su perfume que ya podía reconocer sin esforzarse y, por un segundo, deseó que no le hablara, pero eso no sucedió:
—Dra., ¿cómo está su paciente? —preguntó desde atrás, con voz controlada.
—Muy bien. Tiene una midriasis hiporreactiva en el ojo derecho…, pero eso usted ya lo sabía, ¿verdad? —respondió sin girarse, fingiendo calma mientras se apretaba la historia clínica a su pecho para contenerse.
Adam solo sonrió. Silencioso. Las puertas se abrieron. Caminaron juntos hacia el Servicio de Neuroimagenología. A cada paso, Sofía intentaba ajustar su expresión: neutral, profesional… aunque sentía cómo el pulso le latía en la garganta.
Él le abrió la puerta. Fueron juntos a observar la neuroimagen. Allí estaba: el aneurisma, claro como el día, justo donde él lo había dicho. Sofía no lo miró, apenas levantó una ceja e hizo un microgesto sutil, pero suficiente para admitir que tenía razón, aunque ya eso lo sabía.
—Bueno, toca programar la cirugía. Yo mismo iré a evolucionar el caso todos los días y a indicar los exámenes, así que no se preocupe.
Ella pensó en soltarle algo sarcástico: «Gracias, pero eso es parte de su trabajo, doctor».
Pero, cuando lo miró —ahí, revisando la imagen una y otra vez, atento a cada detalle como si fuese su propio familiar—, supo que no era soberbia. Era compromiso. Era ética.
No usaba la palabra «posible» porque no lo necesitaba. Y esa convicción que en otro le habría parecido arrogancia, en él se sentía limpia. Verdadera.
—Yo me ocupo de los exámenes, doctor. No se preocupe —dijo Sofía finalmente, con voz neutra.
Él levantó la vista, sorprendido, y, justo cuando ella ya estaba por darse la vuelta para irse, se le acercó y le susurró en el oído:
—Pero, si lo haces todo tú… ¿qué excusa me dejas para ir a tu sala todos los días?
Ella sintió un escalofrío, bajó la vista y sonrió, con las mejillas ruborizadas… luego continuó su paso.
En el ascensor de regreso, se cruzó de brazos. Respiró profundo. Y pensó, sin querer pensarlo: «Este hombre va a ser un problema».