Una grieta en la armadura
II
Cuando Sofía conoció a Adam, avanzaba a toda velocidad rumbo a sus veintiséis años.
Estaba entrando en una etapa desafiante de su vida, de expansión profesional, llena de retos.
Sin pretenderlo, había logrado desprenderse de toda distracción emocional.
Segura y tranquila, creía conocerse lo suficiente como para manipular sus instintos más básicos y convertir las coincidencias en oportunidades.
Su principal objetivo era aprender tanto como fuera posible. Empoderarse. Ser la mejor. No quería perder el tiempo sintiendo demasiado; prefería invertirlo en hacer del conocimiento su carta de presentación.
La tenía difícil: joven, enérgica, hermosa y muy atrevida.
Tal vez por eso estaba en la mira de los juicios estandarizados que asocian la belleza con estupidez.
Y mucho más dentro de un hospital. Le tocaba impresionar, romper patrones, darle libertad a su cerebro, conquistar mentes extraordinarias…
y demostrar que había mucho, más allá de su sonrisa.
Estudiar el sistema nervioso no era precisamente el camino más fácil para lograrlo, mas no tenía prisa. El hospital era su lugar seguro, su hogar. Allí se sentía como pez en el agua.
Una de esas mañanas en las que el pase de visita amenazaba con eternizarse.
No porque hubiera muchos casos en la sala, sino porque el profesor a cargo disfrutaba la tortura colectiva ante cada respuesta ambigua, errada o tardía, más aún, si venía de los que, como Sofía, acababan de aterrizar creyendo que habían entrado al paraíso con acceso directo a la torre de control de todas las especialidades médicas.
Sofía se sentía poderosa. Creía que el miedo ya no tenía lugar en ella.
Después de seis largos años de universidad y casi dos como graduada, trabajando en emergencias fuera del país, por fin estaba de regreso a donde siempre había soñado estar, el mismo que, a sus diecisiete años, la había obligado a elegir entre las ciencias y las letras.
Mas la realidad era distinta: historias clínicas interminables, analíticas por transcribir, altas pendientes.
Y, encima de todo, acababa de llegar. Estaba perdida en los protocolos, con pocos amigos al alcance.
Karen y Mariam eran sus compañeras más cercanas, pero llevaban seis meses adelantadas en la Residencia.
Se las veía seguras, acostumbradas, tranquilas.
Sofía pretendía creer que no tenía miedo.
Pero lo tenía. Ahora era «la nueva», en el mismo sitio donde seis años atrás se paseaba como una niña hambrienta de saber, sin más responsabilidades que absorber todo lo que los doctores quisieran enseñarle.
Ese día, en cambio, ya era uno de ellos y debía actuar como tal.
Tocaba enfrentarse al sueño —ese que tanto había idealizado— y comenzaba a notar que el paraíso podía estar más lejos de lo que imaginaba.
En silencio, rezaba para que el doctor Rolando se complicara y llegara un poco más tarde a abochornar a los residentes.
Aún no se sabía de memoria las indicaciones de sus pacientes y siempre le había tenido pavor a decir «no sé», pero, con solo una semana trabajando en el servicio de Neurología, reconocer la ignorancia resultaba más sensato que improvisar.
El caso estrella de la sala —para más estrés— era su paciente de la cama ocho. Todas las sospechas apuntaban a un tumor cerebral. Necesitaba una interconsulta urgente con el neurocirujano de estancia.
«Zona de difícil acceso», decían. «A los dioses no se les molesta». Así les llamaban a los neurocirujanos que se creían los más importantes y necesarios del hospital, pero que casi nunca estaban localizables.
A Sofía le tocaba encontrar a uno y lograr que hiciera «el favor» en cuanto su preciado tiempo se lo permitiera.
—Hay que ir mil veces a buscarlos —le advertía Karen.
La evaluación debía hacerse antes de la discusión de imágenes a las doce del mediodía, para decidir la conducta a seguir.
Sofía solo había logrado hacer una llamada, sin respuesta.
Corría de un lado a otro, abrumada, pero feliz.
Tomaba el café de la enfermera Rosa, con la que ya empezaba a simpatizar.
Se distrajo por unos minutos y, al voltearse a chequear a su paciente de la cama ocho, se encontró con tres médicos desconocidos que ya lo estaban interrogando y examinando.
Eran tres aprendices de dioses. Aunque ella todavía no lo sabía.
—Buenos días, doctora. ¿Este es su paciente? —preguntó el más alto de todos, con un fuerte acento foráneo.
Tenía unos treinta años, piel trigueña y cabello negro, lacio, peinado al descuido.
Una camisa de cuadros grises se asomaba bajo la bata blanca de mangas largas, que parecía hecha para él.
Era de esos hombres que congelan con la mirada apenas hacen contacto visual.
Por si fuera poco, además de esa voz segura y tranquila y mostrarse bien plantado, tenía unos ojos cobrizos, directos y profundos, capaces de sostener la mirada sin pestañear.
Parecía un hombre de esos: «Tan seguro. Tan concentrado. Tan suyo».
Sofía alzó la vista buscando alguna aliada entre sus compañeras, pero esta vez le tocaba enfrentarse sola a aquel inminente e indisimulado exceso de magnetismo y carácter con bata blanca.
—Sí, es mi paciente. ¿En qué puedo ayudarlo? —respondió con la mayor ecuanimidad que pudo reunir.
—Soy el doctor Adam, residente de tercero de Neurocirugía. —Sonrió mientras extendía la mano y dejaba escapar una sonrisa que amenazaba con ser perfecta—. Estaba examinando a su paciente. Tiene papiledema bilateral. ¿Quiere comprobarlo?
Le ofreció un oftalmoscopio con naturalidad, liberando de sus ojos una mirada tierna e insidiosa al mismo tiempo. Al instante la sonrisa se hizo amplia, sarcástica, digna de quien sabe exactamente el efecto que provoca.
Sofía quería que la tierra se la tragara y la devolviera en cualquier sitio, a miles de leguas del hospital.
«Papiledema, oftalmoscopio, neurocirujanos, tumor cerebral, Dr. Adam de sonrisa perfecta y mirada insidiosa…
¿Qué se supone que debo responder?», pensaba para sí, sabiendo que debía actuar de modo natural en cuestión de segundos.
Antes de decir nada, sonrió. Esa era su carta letal o, al menos, eso creía hasta hacía unos minutos, cuando lo vio sonreír a él.
—Pues claro, doctor. ¡Déjeme ver! —respondió, tomando el oftalmoscopio como si lo hiciera todos los días.
Hacía meses que no practicaba un fondo de ojo, pero prefería arriesgarse antes que perder el chance o despreciar lo que parecía una cortesía profesional.
Contra todo pronóstico, el papiledema era inminente, y Sofía lo constató sin mayores problemas.
En lo que quizás no tuvo éxito fue disimulando su sorpresa.
—¿Pudo verlo, doctora?
—Sí, muchas gracias. Es cierto, tiene papiledema bilateral.
—No se preocupe —anunció él—. Yo discutiré la imagen al mediodía y lo trasladaré a mi sala. Un placer, ¿doctora…?
Supongo que por gajes del acento ella tardó un segundo en percatarse de que la entonación al final de sus palabras era una manera muy sutil de preguntarle su nombre.
—Sofía. Dra. Sofía. El placer es todo mío.
«¿En serio era neurocirujano? ¿Cómo es que todo había salido tan bien?», pensaba mientras lo veía alejarse, conversando en voz baja con sus dos compañeros.
—¡Qué suerte tuviste! —le dijo Karen, acomodándose los espejuelos. Al parecer, había estado más pendiente de la visita de los doctores que de su propio paciente—. Él es uno de los mejores… y de los menos engreídos. ¿En serio viste el papiledema?
Sofía no respondió de inmediato. Solo lanzó esa sonrisa que usaba cuando quería guardar un secreto que ni ella misma terminaba de entender hasta que asintió con la cabeza y agarró a Karen del brazo, avanzando hacia la cama uno para comenzar el pase de visita.
Sentía que los ojos le brillaban sin permiso, y ya no le importaba que el doctor Rolando no se hubiera retrasado. Tampoco le asustaba decir «no sé» si desconocía alguna respuesta.
Había conseguido la interconsulta de Neurocirugía sin el menor esfuerzo.
No tendría que luchar como fiera por una resonancia magnética a las doce del día.
Había logrado un traslado de sala sin pedirlo.
Y hasta había visto su primer papiledema en la Residencia.
Decir «no sé» no arruinaría su día. Además… Ese «además» … no estaba permitido.