Labios rojos y café
I
Estaba algo mojada por la lluvia… y sonreía como si llegara al hospital a cumplirse un sueño.
—Muchacha, ¿y tu sombrilla? —le preguntó una enfermera de Urgencias .
—Yo no uso eso —respondió con un guiño de ojo y siguió a toda velocidad…
Esa fue la primera vez que me crucé con Sofía.
Nunca me han gustado las tendencias ni las imposiciones ni esas leyes de vida inventadas por gente que nadie conoce.
Estaba por cumplir veinticinco cuando logré desprenderme —sin culpa— de los dogmas que limitaban la expansión de mi mente…
y de mis alas. Fue entonces cuando decidí creer que, a pesar de todo, la vida era demasiado bella.
Y empecé a sacar algunas conclusiones definitivas sobre lo que no quería en la mía.
Ahí comenzaron los problemas. Porque eso de andar diciendo que no —cuando una lo tiene clarísimo—, la gente no lo suele tolerar muy bien.
Y yo, que soy de esas que sienten en superlativo y disimulan con dificultad —de esas a las que se les salen los subtítulos, aunque consigan, con mucho esfuerzo, no decir nada—, pues claro que no la he tenido muy fácil.
Pero en aquel entonces me vi obligada a hacer una pausa.
Sentía que el tiempo no me alcanzaba mientras me lo cuestionaba todo.
Creía que los diseños preestablecidos sobre la vida tenían cimientos endebles.
Que no me bastaba aprender de los otros.
Que tenía que crear mis propias experiencias: arriesgar, desafiar, ser inconforme, querer más…
pero ni todas las horas del día me parecían suficientes.
Fue por eso que me conmovió su ligereza. Se trataba de alguien que, quizás estando igual o peor que yo, elegía mojarse con la lluvia en vez de escapar de ella. Parecía flotar. Y eso —en un mundo tan denso— incomoda a más personas de las que uno cree.
Presentía que Sofía sería como ese tipo de misterio que nadie quiere descifrar del todo para que no se acabe. Se mostraba muy libre para ser y hacer: traslúcida, directa, instintiva, sin miedo a las consecuencias. Ardía con solo mirarla.
La verdad es que con ella nunca se sabía. Sin dudas, era una muchacha difícil de comprender: un ardid para las dudas y, a la vez, un filtro de duendes.
Todo eso lo fui confirmando poco a poco, después de aquella tarde en la que —por esas mañas raras del destino— terminamos compartiendo el agotamiento, el hambre y el café frío de la madrugada en la Sala de Urgencias del hospital.
Recuerdo muy bien el suspiro que soltó mientras discutíamos la conducta a seguir con un paciente que teníamos en común:
—Este hospital es lindo, después de todo…—contemplando, casi con ternura, una de las grietas enmohecidas de la pared de enfrente. De esas que, misteriosamente, nunca aparecen en las telenovelas cubanas.
Yo me preguntaba dónde ella podía verle la belleza. A veces pensaba que estaba suspendida en otra dimensión… o que venía de otras vidas.
Con el tiempo, fui descubriendo —y hasta sintiendo— su fuerza, su ímpetu.
Llegué a admirarla mucho. Me enorgullecía que formara parte de mi vida y contara conmigo para asuntos importantes.
Nos hicimos muy buenas amigas. La vi crecer y elevarse.
Dueña de un andar firme, marcando puntos completados en su bucket list.
A medida que nos fuimos acercando, empecé a notar algo extraño: había momentos en los que podía anticipar sus pasos, adivinar el temblor escondido detrás de su sonrisa, escuchar los pensamientos que ella callaba.
Llegué al punto de saber qué música estaba escuchando, aunque no la pusiera alto, como si también esa melodía se filtrara hacia mí sin que nadie la anunciara.
Ese vínculo se convirtió en una especie de código de acceso a sus secretos más profundos, incluso a lo que ni ella misma alcanzaba en lo más hondo de su ser.
A veces sentía que la comprendía mejor de lo que ella misma se permitía.
Quizás por eso nunca dejé de mantenerme alerta, siguiéndola con una mezcla de protección e intromisión, atenta a cada movimiento, cada sombra, cada giro inesperado en su vida.
Pero aquella mañana, que prometía ser igual a todas, fue la primera vez que la vi dudar.
Pálida y sudorosa, hiperestésica, como yo…
con todos los subtítulos en mayúsculas. Fue uno de esos estímulos externos que atraviesan la piel, la médula espinal y se quedan trabados en el tálamo.
No llegan nunca a la corteza cerebral, no se hacen del todo conscientes, aunque se sienten como fuego.
Esos que se piensan poco —o no se piensan nada—, pero no se olvidan.
Esa mañana fue cuando lo vio a él, por primera vez. Él, en cambio, ya la había visto a ella… varias veces .