Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 18 #3
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CAPÍTULO 18 #3

Con una calma que dejó a Sonthorn sin aliento, la mujer dio un paso al frente, separándose de sus compañeros. No alzó escudos de luz, ni trazó runas defensivas en el aire. Simplemente comenzó a caminar directamente hacia la tormenta de fuego negro que Tristán acababa de desatar contra ella.

La marea de corrupción impactó contra Valeria con la fuerza de un huracán, pero ocurrió algo imposible. Las llamas oscuras, que minutos antes habían fundido incluso la piel de Tsuneo, se bifurcaban al entrar en contacto con su cuerpo.

No la quemaron ni la asfixiaron. El frío aura de Valeria, tejido con una magia desconocida, ligada a las raíces más profundas e inmaculadas de la existencia, actuaba como la quilla de un navío cortando las aguas negras.

Su naturaleza rechazaba la corrupción no mediante el combate, sino mediante una pureza absoluta que la Oscuridad de Ágata no podía asimilar ni destruir.

Tristán pareció confundirse. Aumentó la intensidad del fuego, enviando zarcillos sólidos para empalar a la mujer, pero las sombras resbalaban por la piel y la ropa de Valeria, deshaciéndose en inofensivas volutas de niebla antes de poder dañarla.

La Vanhir siguió avanzando, implacable, con los ojos fijos en el rostro pálido del muchacho. Cada paso que daba obligaba al fuego negro a retroceder, como si su sola presencia fuera suficiente para asfixiar la maldad de la diosa.

Llegó hasta él con las manos alzadas mostrándose inofensiva.

Tristán alzó un puño para golpearla, pero Valeria fue más rápida. Con un movimiento grácil y firme, extendió ambas manos y agarró el rostro del pelirrojo, obligándolo a mirarla directamente a los ojos.

En el instante en que la piel de Valeria hizo contacto con la carne corrompida de Tristán, un siseo atronador llenó el cráter.

El veneno de Ágata intentó defender a su huésped, lanzando descargas de energía púrpura que quemaron las palmas de las manos de la mujer.

Valeria hizo una mueca de dolor, pero no lo soltó.

Apretó su agarre, canalizando toda la inmensidad de su poder, no como un arma de destrucción, sino como un faro cegador en la noche más oscura.

—Vuelve a nosotros, Tris… —susurró Valeria, y su voz no sonó en el aire, sino que reverberó como un eco cálido en las profundidades de la mente sepultada de Tristán—. Somos la llama que abre camino, ¿recuerdas? Vuelve a tu manada. Vuelve conmigo.

Tristán soltó un alarido espeluznante, un grito dual en el que la voz del muchacho y los ecos de la diosa se entrelazaban en una guerra a muerte por el control del recipiente.

Las cicatrices negras que surcaban los antebrazos y el cuello del pelirrojo comenzaron a hervir.

La pátina de oscuridad que había parasitado sus venas se resquebrajó.

El fuego púrpura que envolvía al muchacho parpadeó, se volvió inestable y, finalmente, estalló en una explosión de calor que barrió el frío sepulcral del cráter.

La Oscuridad de Ágata, incapaz de soportar el auténtico amor y la devoción que sentía hacia Valeria, fue expulsada.

Tristán abrió la boca de par en par y vomitó un torrente de espeso humo negro, como si estuviera expulsando el aliento mismo de la muerte.

Las sombras se evaporaron en el aire, siseando hasta desaparecer por completo.

Casi de inmediato, las cadenas corruptas que crucificaban a Tsuneo se hicieron polvo, liberando al Uldenhar, que cayó pesadamente, jadeando en libertad.

Las pupilas plateadas de Tristán regresaron a sus ojos, dilatadas por el pánico y el dolor, anegadas en lágrimas.

Sin la magia oscura que lo sostenía como una marioneta, las piernas de Tristán cedieron. El muchacho se desplomó temblando de forma incontrolable, hecho un ovillo, sollozando mientras su mente traumatizada intentaba asimilar el horror de lo que había hecho y de lo que había sido obligado a ser.

Apenas había tocado el suelo cuando una mole de pelaje escarlata se abalanzó sobre él.

Raika, ignorando el dolor punzante de su cuello y su costado herido, se dejó caer junto al muchacho.

La inmensa loba hundió su hocico en el pecho del pelirrojo, inspirando profundamente.

Ya no olía a abismo, a tumba ni a magia corrompida.

Olía a ceniza, a sudor y a su cálido cuerpo familiar.

Raika soltó un gemido largo y vibrante, una mezcla de dolor y alivio infinito, y comenzó a lamer frenéticamente el rostro sucio y bañado en lágrimas de Tristán.

El pelirrojo, exhausto y roto, rodeó el grueso cuello de la loba con sus brazos temblorosos, hundiendo la cara en su pelaje manchado de sangre, abrazándose a ella como si fuera el único ancla que le impedía perderse de nuevo en la locura.

Había vuelto, pero el precio de su rescate lo perseguiría hasta el fin de sus días.

El polvo en el cráter de Heindor comenzó a asentarse de forma perezosa, revelando la verdadera y abrumadora magnitud de la devastación.

El viento frío que entraba aullando por los muros del norte ahora que la ciudad carecía de magia, se arremolinó alrededor del grupo como un sudario fantasmagórico.

La batalla física había terminado, pero el aire estaba impregnado de un asfixiante y amargo sabor a derrota absoluta.

Tsuneo fue el primero en moverse. El Uldenhar cojeaba de forma evidente; la piel de sus piernas, antes de un oro resplandeciente e inmaculado, estaba ahora ennegrecida, agrietada y deformada por el ácido corrupto de la diosa.

Sin embargo, en sus ojos ya no había rastro del instinto luchador que lo caracterizaba en combate, sino una compasión cansada, milenaria.

Se acercó a paso lento, haciendo crujir la piedra rota, hasta donde Tristán seguía acurrucado, abrazado desesperadamente al grueso cuello escarlata de Raika.

El Uldenhar apoyó una mano en su hombro y se dejó caer a su espalda.

El pelirrojo se separó lentamente del pelaje empapado de sangre de su compañera.

Tenía el rostro desencajado, surcado de lágrimas ardientes que habían trazado caminos claros a través de la gruesa capa de hollín, sudor y sangre seca que le cubría las mejillas.

Tristán no se atrevió a levantar la vista.

No podía mirar a Tsuneo a los ojos, ni a Sonthorn, ni a la enigmática mujer que se había adentrado en las sombras para devolverle el alma.

Fijó su vista en la ceniza esparcida entre sus botas, y cuando por fin habló, su voz fue apenas un susurro roto, desgarrado por las garras de la culpa.

—No he podido evitarlo —sollozó—. No fui capaz de…

Valeria trazó una runa roja y curó a Raika mientras se arrodillaba ante Tristán. Esta vez fueron sus lágrimas las que bañaron a la loba.

—Encontraremos la solución… juntos —aseguró—. Ya nada nos volverá a separar.

Ambos se fundieron en un abrazo al que Líner aprovechó para sumarse.

Ninguno de los cuatro Vanhir supo el tiempo que transcurrió en su abrazo, pero este solo fue interrumpido cuando Sonthorn llegó con Ónice bajo su hombro.

La drugana estaba completamente desordenada y sus ojos vagaban de lugar a lugar sin saber qué estaba ocurriendo. Sonthorn sostenía casi todo su peso.

—No es culpa tuya, amigo mío —dijo el guerrero, si bien su expresión era de profunda derrota. El suelo tembló cuando la dragona cambió su posición y los protegió del viento helado del norte. Estiró las alas y cubrió a todo el grupo. El guerrero observó a la dragona con sorpresa y preocupación.

—Se llama Esmeralda —aseguró Valeria sin apartarse un centímetro del abrazo. Necesitaba a Tristán tanto como él a ella—. Está de nuestro lado, pero es una historia muy larga. Casi podría decir que merece su propio libro.

Sonthorn asintió.

—Oye, que si alguien merece un libro aparte, esa soy yo —aseguró la voz de la muchacha de ojos blancos.

—Ella es Aylwin —les presentó a todos—. Él es…

—Sé quiénes son todos, gracias —le cortó—. Recuerda que por eso estamos aquí.

Tristán apartó la vista de Valeria y se fijó en Aylwin. No sabía nada sobre ella, pero sí que había visto a un hombre similar en sus sueños. Miró a Tsuneo y de nuevo a la joven. Esta asintió orgullosa.

—Una ojos blancos… —dijo con una sorpresa mayor que ver a Valeria ante él.

Tsuneo se irguió y miró a Aylwin. Abrió los ojos de par en par al confirmar lo que Tristán decía. Abrió la boca incrédulo.

—El fin del mundo… —aseguró, si bien ya tenía más que una idea sobre que ese era el destino. Se dejó caer de espaldas respirando agónicamente.

—Toma, bebe —le ordenó Valeria mientras le tendía una cantimplora que sacó de su espalda.

Pero Tsuneo estaba demasiado agotado para hacerlo solo.

Aylwin tomó el recipiente y se lo tendió.

El Uldenhar bebió ávidamente de ella el líquido dorado.

Cuando la hubo vaciado, se dejó caer de nuevo y dejó que la magia de su especie le ayudara. Necesitaba descansar.

Todos guardaron silencio. Fue en ese preciso instante de desolación absoluta, cuando la oscuridad del inminente fin parecía haber devorado hasta la última brizna de esperanza en sus corazones, cuando Aylwin dio un paso a un lado.

La joven caminaba apoyada en un bastón de madera nudosa, ignorando por completo la destrucción que la rodeaba.

En su rostro no había ni rastro del pánico o la derrota que atenazaba a los demás; su expresión denotaba una calma oceánica, la inquebrantable tranquilidad de aquel que conoce un secreto que el resto del mundo ignora.

El sonido rítmico y seco de la base de su bastón contra la roca atrajo la atención de todos los presentes.

—El gran error de las deidades oscuras es creer que el destino se abre con una sola llave —habló Aylwin.

Se detuvo en el centro del grupo. Con un movimiento sumamente pausado, introdujo la mano derecha bajo los gruesos pliegues de su túnica marrón. Cuando la volvió a sacar, entre sus dedos descansaba, silencioso, un simple anillo dorado.