CAPÍTULO 18 #4
—El tablero de juego de las deidades es muchísimo más vasto e insondable de lo que la propia Ágata, en su arrogancia, puede llegar a comprender —continuó Aylwin, sosteniendo el anillo dorado en alto para que la escasa y grisácea luz del cielo encapotado de Heindor lo acariciara.
Vórian llegó tambaleante hasta ellos. Se apoyó en Sonthorn interrogante. Desconocía por completo qué había ocurrido.
—¿Ya está? ¿Ganamos? —preguntó esperanzado. Sin embargo, al observar sus rostros su expresión cambió por completo.
Aylwin se giró hacia el neutral y alzó el anillo ante sus ojos.
—Esto es para ti —aseguró moviendo el anillo ante él.
—¿Qué… qué es esto?
—Es uno de los anillos de los neutrales —aseguró Valeria—. Con ellos podemos ir al continente. —El grupo miró a Valeria con sorpresa. Se creían completamente encerrados en aquel lugar para siempre. Una nueva esperanza se materializaba junto a sus palabras—. Así regresarán los neutrales de Egon
—¿Regresarán? —preguntó Sonthorn desconcertado.
—Sí, bueno, cuando deban hacerlo. ¿Sabes? Coordinar todo esto no es fácil —dijo Aylwin. La dragona suspiró con fuerza, frustrada por completo—. Tú te callas, que solo sabes volar y gruñir.
Aylwin tomó la mano temblorosa de Vórian, abrió sus dedos y depositó el anillo en su palma. En el instante en que la piel del neutral hizo contacto con el metal, un destello de luz dorada recorrió su superficie reconociendo al neutral con su contacto.
—¡Bien! —exclamó la joven señalando a Valeria—. Te dije que habría un neutral. ¿Te lo dije o no te lo dije? Me debes una, bonita.
Esta puso los ojos en blanco.
—¿Qué me he perdido? —preguntó Tristán.
—¿Tú? De todo, pero esto no tiene importancia. Un consejo, nunca hagas tratos con alguien que sabe todo de todos, de su pasado y de su futuro. Te acabará ganando.
Aylwin sonrió abiertamente.
Vórian se puso el anillo sin saber qué ocurriría, pues solo Valeria había visto algo así en su vida. Sin embargo, no ocurrió nada.
—Cierra el puño y el anillo creará el portal que permitirá que acudas a donde realmente deseas —dijo la joven.
—¿Dónde es eso?
—Tú sabrás, es tu vida —masculló insolente. Esmeralda golpeó el suelo con la cola tras ella—. Menuda lagarta estás hecha… en fin, que depende de ti. Yo ya lo sé, pero si no lo sabes tú, no servirá. Funciona un poco raro, ¿sabes? Las diosas y su necesidad de complicarlo todo.
Vórian frunció el ceño extrañado.
—Quiero… quiero sacar a mi gente de aquí. Quiero llevarlos a donde puedan vivir en libertad.
—Uy, de eso queda poco ya…
—¿Qué?
—Nada, nada, que libertad. Pues concéntrate en eso y cierra el puño.
Vórian suspiró y cerró el puño. En el suelo ante él se formó un círculo dorado. En su interior, el rostro agotado de un hombre de mediana edad de ojos dorados fruncía el ceño.
—¿Neyvel? —preguntó el guerrero.
—¿Un neutral? —Vórian estaba aún más desconcertado que Sonthorn
—Sí. Hay varios, pronto podrás conocerlos. Mejor quítate el anillo por ahora o se volverá loco.
Vórian se quitó el anillo de inmediato. Lo observó ante sus ojos, incrédulo.
—Aún hay esperanza —dijo Valeria—. Podemos ganar esta guerra.
—Ágata está viva —dijo Tristán. Él mejor que nadie sabía de lo que era capaz, o al menos de lo que una parte de ella era capaz.
—Toda fuerza nace con una contraria —aseguró Aylwin tan misteriosa como siempre.
Guardaron silencio cada uno absorto en sus propias dudas. Habían sobrevivido. Rotos, humillados y al borde de la muerte, pero sus pulmones seguían respirando y sus corazones latiendo. Aun había esperanza..
—¿Habéis visto a mi gente junto al glaciar? —preguntó Tristán, que se apoyó en el lomo de su loba para ponerse en pie. Le temblaban las piernas.
—¿Qué glaciar? —preguntó la joven, con el tono roto de quien intenta razonar con un espejismo—. Íbamos entre las nubes, ¿sabes? Solo había escamas verdes y nubes. ¿Cómo quieres que lo sepa? —se indignó la joven.
—Pregúntale a ella —dijo Valeria señalando a la dragona.
—Oh, es verdad. No ha visto nada más que un hoyo gigantesco, nada de glaciares —respondió tras unos segundos de comunicación con la dragona.
—Pero…. los enanos, los Vanhir, los Uldenhar… ¡todos estaban allí!
La culpa por las muertes de miles de compañeros y aliados los golpeó con dureza. Sonthorn miró hacia el cielo y después a la dragona para finalmente posar sus ojos en la joven de ojos blancos.
—Están vivos —aseguró. Una sonrisa en Aylwin confirmó su teoría—. No sé cómo, pero lo están o no habría esperanza.
—Me gusta este chiquillo —dijo Aylwin.
—Pues es mío —respondió Ónice con torpeza. Se irguió y mantuvo la verticalidad a duras penas, pero por sí sola.
Una oleada de viento ignoró a la dragona y los zarandeó en un impulso que se alejó de ellos en todas direcciones. Aylwin cerró los ojos un instante, dejando que la brisa cargada de magia le alborotara el cabello blanco.
Sintió sus presencias adentrándose en el mundo, en cada uno de sus extremos.
La joven bajó la mirada hacia el grupo ignorando las palabras de la drugana.
Una sonrisa enigmática, rebosante de una esperanza tan antigua que desafiaba el mismo fin del mundo, curvó sus labios.
Sentía el latido del universo reordenándose para la auténtica batalla.
—Ya están todos aquí —pronunció Aylwin. Su voz no fue un susurro, sino una promesa inquebrantable que quedó suspendida en el viento—. Y nosotros vamos a encontrarlos.