Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

Ninguna expresión de entendimiento apareció en su rostro, al igual que ni un solo signo de fatiga.

El pelirrojo no jadeaba, no sudaba, ni sus músculos temblaban por el agotamiento mágico.

Se movía con una precisión aterradora, carente de cualquier emoción, calculando cada ángulo de ataque con la despiadada omnisciencia táctica que la diosa oscura había incrustado en su mente.

Era una herramienta de ejecución perfecta, ajena al mundo y obediente.

Al notar que el flanco izquierdo del Uldenhar flaqueaba tras un torpe intento de esquivar a la loba herida, la voluntad de Ágata dictaminó que había llegado el momento de terminar el juego.

El pelirrojo clavó ambas manos abiertas contra el suelo.

El fuego negro se filtró por las grietas de la roca como si fuesen raíces líquidas y, un segundo después, el suelo estalló bajo el vientre de Tsuneo.

De la piedra destrozada emergieron gruesas cadenas forjadas con fuego púrpura y sombras sólidas.

Los eslabones se enroscaron violentamente alrededor de las piernas y los brazos del Uldenhar.

Tsuneo rugió, intentando liberarse, pero la magia corrupta quemó su carne al instante, fundiendo su piel con el hueso.

Trató de extender sus garras de forma inconsciente y estas se negaron a obedecer sujetas como estaban a las cadenas sombrías.

Tristán, manteniendo el rostro inexpresivo, cerró los puños y tiró de los brazos hacia atrás con una fuerza antinatural. Las cadenas respondieron a su orden y la criatura dorada fue levantada en vilo y arrastrada por el aire más de veinte metros antes de proyectarlo contra el suelo.

El impacto sacudió el cráter. Una nube de polvo gris se alzó mientras las cadenas de sombra se tensaban, anclando sus extremos en la roca firme.

Tsuneo quedó completamente inmovilizado, con los músculos tensos hasta el límite del desgarro y la respiración convertida en un gorgoteo ahogado.

El humo de la corrupción ascendía de cada centímetro de su piel. Era el final de Tsuneo.

Raika lo comprendió tan rápido como el propio Uldenhar y soltó un aullido desesperado. Su alma se desgarró cuando comprendió que aquella acción ya no tendría vuelta atrás. Perdería a Tristán si este culminaba su acción.

La loba corrió hacia Tsuneo, cojeando lastimosamente, e intentó morder las ataduras de sombra que lo apresaban.

Sin embargo, al cerrar sus fauces sobre la magia negra, el fuego púrpura le quemó el hocico, obligándola a retroceder con un gemido agudo de dolor.

Confundida y aterrada, la bestia se arrastró hasta los pies de Tristán, mirándolo con aquellos ojos rojos suplicantes, pidiéndole al monstruo que habitaba el cuerpo de su compañero que detuviera aquella locura.

Tristán ni siquiera bajó la vista hacia ella, sino que avanzó a paso lento y solemne hasta detenerse a escasos dos metros del pecho inmovilizado de la bestia dorada.

Con un movimiento fluido de su mano derecha, Tristán comenzó a concentrar toda la densidad de su magia corrupta.

El aire alrededor de su puño pareció rasgarse, succionando la poca luz que quedaba en el ambiente.

Las llamas negras y púrpuras se comprimieron sobre sí mismas, cristalizando, endureciéndose hasta formar una jabalina, una gruesa lanza de oscuridad pura y sólida.

El arma zumbó con un tono bajo y vibrante, destilando una energía que parecía llamar a la muerte.

Tristán alzó la lanza por encima de su hombro, apuntando directamente al pecho del Uldenhar, donde imaginaba que latiría su corazón dorado.

Desde su posición arrodillada en el otro extremo del campo de batalla, Sonthorn observó la escena a través de un velo de lágrimas y sangre. El gigante blanco vio al muchacho alzar el brazo ejecutor y comprendió que el final era inminente.

Tsuneo sintió la vibración letal de la lanza a escasos palmos de su pecho.

Podría haber intentado algo, pero la criatura dorada tomó su propia decisión y asumió su destino.

Tal vez Calandra le estaría esperando tras la muerte y ella se sentiría orgullosa de su valentía y honor. Solo el tiempo lo diría.

Miró a los ojos vacíos del pelirrojo, buscando en aquella negra algún pequeño vestigio del valeroso hombre que se había enfrentado al frío del glaciar a riesgo de enemistarse a su especie para salvarlo, del muchacho que se había sacrificado llorando para proteger a su compañera.

No encontró nada, pero la memoria de su sacrificio era suficiente.

Para un Uldenhar, la gratitud no era una emoción, sino un pacto eterno.

Si el precio de honrar al último protector de los Calán era morir a sus manos, Tsuneo pagaría esa deuda sin dudarlo.

Dejó de forcejear contra las ataduras. Relajó la tensión de sus músculos corroídos, extendió ligeramente el cuello para exponer por completo su pecho y, con una dignidad que ninguna magia oscura podría arrebatarle jamás, cerró los ojos aceptando su destino.

Prefería sumirse en la muerte eterna antes que despedazar al hombre que le había regalado su última oportunidad, su memoria y la cordura.

El brazo de Tristán se tensó. Con una fuerza brutal y definitiva, el golpe letal inició su descenso, partiendo el aire con un silbido de pura muerte, directo a perforar el corazón dorado oculto bajo su pecho.

El filo de la lanza de oscuridad descendió partiendo el aire viciado del cráter con un silbido. Tsuneo, con los ojos cerrados, exhaló su último aliento, esperando el golpe que extinguiría su milenaria existencia.

Pero el impacto letal jamás llegó a rozar su piel.

A escasos centímetros del pecho del Uldenhar, el aire pareció congelarse sobre él.

Una masa helada creció desde su pecho y atrapó a la lanza de sombras en su interior, extendiéndose a través de ella hasta la mano de Tristán.

Este se vio obligado a soltar su arma para no ser atrapado en el hielo y dio un paso atrás, sorprendido por completo.

La lanza de oscuridad, forjada con la voluntad corrompida de una diosa, estalló en mil pedazos de humo negro que destrozó el hielo sobre el Uldenhar.

La fuerza de la explosión fue tal que el propio Tristán fue empujado violentamente varios metros hacia atrás, arrastrando las botas por el suelo hasta lograr estabilizarse.

Tsuneo abrió los ojos, atónito, mientras Sonthorn alzaba la cabeza desde su posición en el suelo, sin dar crédito a lo que acababa de ocurrir. Sintió al instante que la garra que mantenía su mente y su cuerpo inmovilizados se retiraba de forma tan súbita como la explosión.

Un rugido atronador desgarró el cielo grisáceo y de entre las nubes emergió una sombra alada verde y aterradora.

Sus ojos estaban puestos en la batalla bajo ella.

Cerró las alas y se dejó caer en picado sobre el cráter creado por la explosión.

Aterrizó con una brutalidad tal que el suelo tembló bajo sus garras.

Giró sobre sí misma y lanzó un latigazo a Tristán que impactó en su pecho lanzándolo por los aires más de veinte metros.

Volvió a enfrentar a la criatura mientras dos figuras descendían de su lomo.

—Basta, ¡no sabes aterrizar y nunca aprenderás, dragona inútil! —dijo una muchacha poco más que una adolescente de pelo completamente blanco.

La joven avanzó con una serenidad que rozaba lo antinatural, apoyada en un bastón, con sus ojos blancos antiguos escudriñando la devastación del cráter como si estuviera leyendo las páginas de un libro que ya conocía.

Observó a Sonthorn y asintió conforme de algo que solo ella sabía y que nadie más descubriría jamás.

Su insulto a la dragona le granjeó una mirada de odio puro. De sus fauces emergió una voluta de humo negro. Volvió a observar a Tristán que se ponía en pie dispuesto a seguir con la contienda.

—¡No lo ataques! —gritó una voz femenina rota por el dolor y miedo.

Valeria apareció tras la dragona. Tras ella, una pantera negra que le llegaba a la cintura.

El animal ignoró a todos y corrió hacia Raika y saltó sobre ella, tan preocupada o más que la propia Valeria.

La conversación entre ellas fue apresurada, pero en pocos segundos Valeria tenía una idea de lo ocurrido hasta ese momento y su rostro palideció aún más.

Corrió hasta situarse ante la dragona y se interpuso entre ella y Tristán.

Ahogó un grito de terror al asimilar la escena del Uldenhar encadenado, a Sonthorn derrotado tratando al fin de ponerse en pie, Ónice y Vórian yaciendo como cadáveres...

y en el centro de todo, el joven protector de los Calán, rodeado por un fuego negro que desafiaba todas las leyes de la naturaleza.

La dragona miró a la joven de pelo blanco y sacudió la cabeza. Ante ella tenía a la Oscuridad, ocupara el cuerpo que ocupara. Debían acabar con ella cuanto antes.

Pero la muchacha negó con la cabeza lentamente.

—Confía en ella —le pidió en un suspiro.

La dragona entrecerró los ojos y cambió su postura dejando sitio a Valeria para que hiciera lo que creyera oportuno. Sin embargo, permaneció atenta a cualquier peligro. No tardaría en calcinar media ciudad si era necesario.

Tristán, reajustando su postura tras el impacto, giró el rostro hacia los recién llegados.

Sus pozos vacíos se fijaron en las nuevas amenazas.

La orden de Ágata seguía grabada en su cerebro corrompido: asesina a cualquiera que intente cruzar esta línea.

Sin emitir un solo sonido, el pelirrojo alzó ambos brazos.

El suelo tembló y una marea de llamas púrpuras y ébano se alzó como un tsunami, dispuesta a engullir a los intrusos antes de que pudieran dar un paso más.

—¡Atrás! —rugió Sonthorn ahora que podía volver a hacer uso de su cuerpo. Corrió hacia Ónice y saltó sobre ella mientras una esfera de luz blanca los protegía a ambos.

Pero Valeria no retrocedió. Ni siquiera desenvainó un arma.