Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

UNA GARRA VERDE

Tristán dio el primer paso. Su avance fue el de un servidor perfecto y decidido, fluido y letal, dictado directamente por la voluntad de Ágata que ahora gobernaba su cuerpo entero e incluso su alma.

El pelirrojo acortó la distancia con Tsuneo en un parpadeo, alzando ambos puños envueltos en un fuego negro y púrpura que congelaba el aire a su paso.

Tsuneo soltó un rugido cavernoso y alzó uno de sus antebrazos para bloquear el impacto.

Cuando las llamas corruptas chocaron contra la piel del Uldenhar, no se produjeron chispas ni calor alguno, pues la magia de la Oscuridad no permite la existencia ni de la luz ni del calor.

Las sombras traen la noche y la muerte y ni la luz ni el calor forman parte de ellas.

La oscuridad se adhirió a su piel como una brea tóxica, siseando y buscando grietas por las que infiltrarse para pudrir la carne desde el interior.

El Uldenhar retrocedió un paso mientras su brazo burbujeaba en una quemadura terrible.

Tristán desprotegió su flanco de forma tan inesperada como sorprendente para la criatura dorada.

Este extendió las garras de su brazo contrario dispuesto a acabar con su enemigo allí mismo.

Comenzó a lanzar el ataque contra su pecho donde desgarraría su corazón con tres puñaladas que le atravesarían el cuerpo de adelante atrás.

Pero Tsuneo no atacó.

Cuando el Uldenhar tensaba los músculos de sus piernas para empujar su brazo, a la vez que giraba la garra para dirigir su golpe letal, los ojos vacíos del pelirrojo se cruzaron en su campo de visión.

Y entonces, Tsuneo dudó.

Recordó la prisión de hielo de la que le rescató, su determinación y su dolor por asumir el mando y el sacrificio absoluto de su propia alma para salvarlos a todos de ser asesinados por la tirana. El honor de Tsuneo, tan impenetrable como su piel dorada, se convirtió en su mayor debilidad.

O en su mayor virtud. Un destello dorado se abrió paso en el cielo nublado donde las nubes negras no permitían el paso de ninguno de sus rayos hasta aquel momento.

Redirigió su ataque y sus garras solo desgarraron su chaqueta sin causarle daños al pelirrojo.

Pero Tristán, desprovisto de consciencia y empatía, aprovechó su duda.

El pelirrojo trazó un arco letal con su brazo derecho, materializando un látigo de fuego negro que restalló contra el rostro del Uldenhar, abriendo un corte humeante.

Tsuneo rugió de dolor, retrocediendo a la defensiva tratando de ponerse a salvo.

Sus ojos no habían sido dañados por poco, pero el dolor a su alrededor era tal que no podía abrirlos.

Y por si el combate no fuera lo bastante desigual, una sombra roja se sumó a la ecuación.

Raika irrumpió en el epicentro de la pelea, arrastrando una de las patas traseras y dejando un rastro de sangre oscura sobre el suelo del cráter.

La loba roja estaba gravemente herida; la laceración en su flanco izquierdo supuraba y su respiración era un silbido agónico por los daños en su cuello.

Sin embargo, su lealtad no conocía el significado de la palabra rendición.

La cordura del Uldenhar vaciló. El dolor insoportable, la desesperación por la llegada de Ágata y la traición de Tristán parecieron romper a la criatura.

Cerró los ojos y extendió las dos garras dispuesto a atacar de nuevo se encontrase lo que se encontrase ante él.

Él era un luchador y su vida acabaría luchando, no retrocediendo.

La loba se interpuso deliberadamente entre el Uldenhar y el Tristán oscuro cuando vio a Tsuneo entrecerrando los ojos y cambiando su postura al ataque.

Erizó su pelaje y ladró con una ferocidad suicida que le arrebató las fuerzas, si bien sus daños eran tales que su voz apenas se oía a pocos metros.

El Uldenhar entrevió a la loba ante él y los recuerdos de la misma volvieron a él.

No fue solo Tristán quien le rescató del hielo, sino ambos.

Los dos compartían la carga del mando de sus respectivos congéneres sin quererlo, por un bien mayor, por una esperanza mayor. ¿Cómo enfrentarse a ella también?

El dilema de Tsuneo se volvió una pesadilla insostenible.

Ahora no solo tenía que contener sus golpes para no asesinar a Tristán, sino que debía esquivar y retroceder para no dañar a la maltrecha loba que intentaba morderle con torpeza y decisión.

En más de una ocasión, Tsuneo se vio obligado a recibir de lleno las ráfagas de fuego negro del pelirrojo, encajando el daño corrosivo en su propio pecho, única y exclusivamente por apartarse a tiempo de la trayectoria de Raika.

Era un asedio asimétrico, una danza macabra donde el atacante no tenía piedad y el defensor tenía las manos atadas por el amor y la culpa.

Mientras el choque entre el dorado, la sangre escarlata y el fuego negro iluminaba el centro de la catástrofe, los bordes del cráter ofrecían un retablo de pura desolación. Heindor se había convertido en un cementerio de esperanzas rotas.

A escasos metros del lugar por la que la deidad había escapado, Ónice yacía sobre el suelo.

La drugana negra permanecía sumida en un desmayo profundo y absoluto, pálida como el marfil.

Su cuerpo, tras haber albergado la esencia de la maldad absoluta y haber sido vaciado de ella, parecía una cáscara inerte, atrapada en un letargo del que tal vez nunca despertaría.

No muy lejos de ella, Vórian agonizaba. El neutral estaba tendido boca arriba, apenas consciente.

Su piel estaba surcada por quemaduras, un mapa de carne carbonizada que evidenciaba el daño sufrido al canalizar el poder de Heindor hacia Lysandra.

Su pecho subía y bajaba de forma errática, emitiendo un estertor húmedo que anunciaba que sus horas, si no sus minutos, estaban contados.

Y presidiendo la masacre, como un monumento a la impotencia, se alzaba Sonthorn.

El drugano blanco se mostraba de rodillas sin ningún ala que le diera fuerzas o le otorgara algo de entereza en un momento como aquel.

Sin una luna que le entregara su poder e impelido de la ayuda de Calandra gracias a Ágata, se sentía impotente El guerrero tenía ambas manos aferradas a la empuñadura de su espada, cuyo filo estaba clavado en el suelo para sostener su peso.

Su rostro se apoyaba entre sus antebrazos en una posición de derrota completa.

Había fallado.

Había fallado por completo.

Ágata estaba libre de nuevo y Lysandra se había salido con la suya, más o menos. Todo por lo que habían luchado se había desmoronado ante sus ojos. ¿Cómo continuar ante algo así? Sacudió la cabeza y respiró hondo.

No se rendiría mientras una sola gota de sangre recorriera su cuerpo.

Tarnicis seguía viva.

Los enanos en camino.

Los Uldenhar esperando ser liberados.

Los elfos confiaban en él.

Cerón recorría el mundo solo en busca de ayuda.

¿Cómo iba él a rendirse cuando todos a su alrededor daban lo mejor de sí mismos? Él aún tenía mucho que dar.

Sonthorn miró el combate ante él con los ojos anegados en lágrimas. Su mente le gritaba que se levantara, que cargara contra la aberración en la que se había convertido Tristán y acabara con él para liberar a Tsuneo de aquel martirio.

Pero Tristán era su amigo, su compañero durante meses de viaje.

Habían peleado juntos en todos los extremos del continente, no podía simplemente aceptar su cambio y su pérdida.

Tenía que haber una manera de salvarlo, de liberarlo tal y como habían logrado con Ónice.

Apretó los dientes y extendió su mente a su alrededor.

Una coraza de Oscuridad bloqueó sus ojos impidiéndole ver nada. Ni siquiera sus manos aparecían ante él. Solo podía sentir una presencia a su alrededor y una risa fría y cruel que se burlaba de él.

“No, no, no… —Casi podía ver un dedo negro moviéndose ante sus ojos de forma alternativa—. Solo podrás detenerlo acabando con él. Nada de trucos blancos. Es m á s, nada de druganos por hoy. Mis hermanas estarán ocupadas”.

El cuerpo del guerrero se tensó y volvió a la realidad.

Sus ojos seguían fijos en la lucha ante él, pero sus músculos dejaron de obedecerlo por completo.

Su cuerpo adoptó una postura de tensa espera en la que él solo era testigo de lo que sus ojos veían.

Era como sus visiones del pasado, solo que esta vez la muerte estaba ante él y no dentro de él.

El guerrero se vio obligado a observar el sacrificio sin poder hacer nada. Ni él ni Ónice ni Vórian pudieron moverse en absoluto, si bien dos de ellos permanecían inconscientes en el suelo. Ágata impidió cualquier ayuda contra su criatura y se deleitó con el dolor del guerrero.

Tsuneo dio un paso hacia atrás. Su resistencia a la corrupción comenzó a ceder de forma evidente.

El fuego negro que emanaba de Tristán no se comportaba como una llama. Era un parásito vivo, una manifestación física del hambre insaciable de la Oscuridad. Cada vez que los latigazos púrpuras y ébano rozaban el cuerpo del Uldenhar, un frío gélido y mortal penetraba más profundo en su organismo.

Tsuneo gruñía, retrocediendo palmo a palmo.

Su cuerpo comenzó a perder su brillo dorado, opacándose hasta adquirir el color de la miel para corromperse hasta el de la herrumbre enferma.

Cada paso que daba dejaba una huella humeante sobre el suelo, un testimonio mudo del dolor agónico que estaba soportando en silencio.

Su respiración, habitualmente pausada y majestuosa, se había convertido en un fuelle roto que escupía vapor manchado de gris.

—No lo hagas, amigo —dijo tratando de reclamar su mente de nuevo—. Tienes que llevarme a la Isla, ¿te acuerdas?