Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 17 #4
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CAPÍTULO 17 #4

La bestia alzó la enorme cabeza y clavó sus ojos rojos en la figura de Tristán.

Su agudo olfato captó el hedor a tumba abierta, a magia corrupta y a aniquilación que emanaba del chico.

Ya no olía a sudor, a cuero o a la ironía cálida que ella conocía y amaba.

Olía a la misma abominación que había estado a punto de ahorcarla minutos atrás.

Raika soltó un gemido lastimero, agachando las orejas, profundamente confundida.

Su cerebro no lograba conciliar la imagen visual de su compañero con la información que le enviaban sus sentidos.

Dio un paso tambaleante hacia él, deteniéndose.

Volvió a gemir, como si le estuviera preguntando a aquel cascarón vacío dónde estaba el verdadero Tristán.

El pelirrojo no parpadeó; ni siquiera bajó la mirada para reconocer la presencia de su compañera.

Simplemente permaneció inmóvil, custodiando la marcha de Ágata, envuelto en su aura de noche gélida.

La loba roja miró hacia atrás, observando a Sonthorn y a Tsuneo.

Vio en ellos la postura de los enemigos, la tensión de quienes se preparan para un combate a muerte.

Y fue entonces cuando el dilema se resolvió en la mente de la loba.

Una Vanhir era leal hasta la muerte. Él era su compañero y con él seguiría más allá de ella, la llevara adonde la llevara.

Era el muchacho que la había criado, que había luchado por ella y que, en un acto de sacrificio supremo, acababa de entregar el mundo entero para salvarle la vida.

Un gruñido sordo, profundo y escalofriante, comenzó a gestarse en el pecho herido de Raika.

Ignorando el dolor, la sangre y el cansancio extremo, la loba avanzó cojeando hasta situarse exactamente a la derecha de Tristán.

Se giró hacia el drugano blanco y la bestia dorada, erizó el pelo de su lomo escarlata y desnudó unos colmillos manchados de su propia sangre.

Estaba dispuesta a morir defendiendo al monstruo en el que se había convertido su compañero, porque el amor de una Vanhir, a diferencia del de los hombres, no entiende de redenciones ni de corrupciones; solo entiende de lealtad.

Sonthorn observó la escena con el corazón hecho pedazos.

Con un esfuerzo titánico que le arrancó un quejido gutural, clavó la pesada hoja de su espada en el suelo y la utilizó como bastón para lograr ponerse en pie.

Sus rodillas temblaban. Los daños que había recibido de Ágata eran cuantiosos, pero la herida emocional que ahora le atravesaba el pecho era infinitamente peor.

El coloso alzó la vista hacia el chico. Recordó al muchacho insolente que le había jurado lealtad, al joven dispuesto a dar su vida por una estirpe que apenas conocía, al héroe improvisado que no había dudado en enfrentarse a la oscuridad absoluta.

Y ahora, se le exigía que levantara su arma contra él.

Las manos de Sonthorn, fuertes y poderosas, aun cubiertas por los guanteletes de Calandra, temblaron sobre la empuñadura de su espada.

Era un guerrero de la luz, un drugano blanco diseñado para erradicar la corrupción allí donde echara raíces.

Su sangre le gritaba que debía enfrentar al pelirrojo sin vacilar.

Pero no podía. La parálisis que lo embargó no era física, era una barrera moral infranqueable.

Tristán se había sacrificado por ellos. Había perdido su alma, su voluntad única y exclusivamente para evitar que a ellos los despellejaran vivos.

¿Cómo podía pagar esa deuda asesinándolo?

El drugano aflojó el agarre de su arma, incapaz de procesar la crueldad infinita del destino, dejando que una lágrima silenciosa resbalara por su mejilla cubierta de polvo. Estaba roto. No libraría esa batalla.

—No me enfrentaré a ti, amigo —dijo en voz alta poniéndose en pie a duras penas.

A su lado, Tsuneo experimentó su propio desgarro interno, un conflicto devastador que amenazó con partir su mente en dos.

El joven le había salvado la vida, lo había liberado de su cárcel de hielo.

Le debía un respeto absoluto, un honor que las criaturas como él comprendían mejor que cualquier tratado escrito por los hombres.

Sin embargo, su raciocinio, frío y calculado, le decía la verdad que Sonthorn se negaba a aceptar: aquel ya no era Tristán.

Era solo un títere de carne, un obstáculo de sombras disfrazado con el rostro de un aliado.

El chico que los había salvado ya estaba muerto; Ágata lo había asesinado en el mismo instante en que inyectó su corrupción en sus venas.

Tristán pareció percibir el cambio de actitud en la criatura dorada. Sus ojos vacíos se fijaron en el Uldenhar. Con un movimiento sincronizado y carente de toda humanidad, el pelirrojo alzó ambos brazos hacia el cielo.

El fuego negro estalló con una virulencia colosal.

Un inmenso muro de llamas púrpuras y ébano, que congelaba la piedra y asfixiaba la poca luz restante, se alzó desde el suelo hasta formar una cúpula.

Era una muralla infranqueable de pura muerte, un sello absoluto tejido con la magia pervertida de los Calán.

Raika, a su lado, lanzó un ladrido ensordecedor, confirmando que la frágil tregua había terminado por completo.

Tsuneo exhaló un largo y denso suspiro. El sonido fue una elegía, una disculpa silenciosa enviada al alma perdida del muchacho.

La piedad era un lujo que el mundo no se podía permitir.

Con una lentitud cargada de una determinación sombría, la criatura dorada dio un paso al frente.

Su piel comenzó a brillar de nuevo con la luz inmaculada de su estirpe, preparándose para el embate definitivo.

El dolor le partía el pecho, pero el Uldenhar lo asumió con trágica resignación: su próxima batalla a muerte, brutal y despiadada, sería contra el hombre que acababa de darle la vida y contra la loba que había derramado su sangre a su lado.