Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 17 #3
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CAPÍTULO 17 #3

La diosa bajó la mano. Los zarcillos que ahorcaban a Raika se disolvieron en humo gris, y la inmensa loba roja se desplomó contra el suelo, tosiendo violentamente, buscando aire con desesperación mientras la sangre manaba de su cuello.

Al mismo tiempo, las ataduras que corroían a Tsuneo desaparecieron, dejando al Uldenhar postrado, jadeando y humeando, incapaz de ponerse en pie.

Tristán dejó caer la cabeza hacia adelante, apoyando las manos en la ceniza. Había perdido su honor, había traicionado su juramento, pero al menos ellos vivirían. Había terminado.

O eso creía.

Ágata lo observó desde las alturas. Admiró el cuerpo encorvado del muchacho, la vasija rota de su voluntad. Una vasija vacía era el recipiente perfecto para un nuevo propósito.

—He dicho que no los mataría —ronroneó la diosa oscura, dando un paso en el aire hasta plantarse justo frente al chico arrodillado—. Y he dicho que no perseguiría a los cobardes más allá de las murallas. Pero me temo que he omitido un pequeño detalle sobre tu propio destino, Tristán.

El pelirrojo alzó la vista, confundido y alarmado, pero fue demasiado tarde.

Antes de que pudiera reaccionar o intentar defenderse, Ágata agarró brutalmente el rostro de Tristán con ambas manos. Sus dedos pálidos, fríos como el hielo del vacío, se clavaron en las mejillas y sienes del muchacho.

La acción fue fulminante y absoluta.

Aprovechando que la mente del pelirrojo estaba hecha añicos, la diosa inyectó su propia esencia directamente en el alma de Tristán.

Fue una invasión parasitaria. Un torrente de brea hirviente, maldad primordial y oscuridad abismal brotó de las palmas de Ágata y se abrió paso por los poros, los ojos y la boca del muchacho.

El grito que escapó de Tristán no sonó humano; fue el alarido de un alma siendo triturada y devorada viva.

Su cuerpo se arqueó hacia atrás de forma antinatural, levitando unos palmos sobre el suelo mientras la corrupción circulaba por sus venas, expulsando cualquier rastro de luz.

El plata de sus ojos, recuerdo de la confianza de Irena, hirvió, oscureciéndose a un ritmo vertiginoso hasta transformarse en un morado enfermizo, tóxico, para acabar cristalizando en un negro profundo y pulsante.

Ágata no buscaba destruirlo; buscaba anularlo. Devoró su libre albedrío, apagó su consciencia y reemplazó su identidad con una sumisión ciega, devota y aterradora a la verdadera noche.

Cuando la deidad lo soltó, Tristán cayó de pie.

El silencio regresó al cráter. Sonthorn, que seguía de rodillas, abrió los ojos de par en par, paralizado por el horror. Raika gimió desde el suelo, olfateando el aire, incapaz de reconocer el olor a muerte que ahora emanaba de su propio compañero.

Tristán alzó el rostro. Su postura ya no era la de un muchacho derrotado, sino la de una máquina de matar erguida en perfecta quietud.

Sus pupilas, antes vivaces y desafiantes, se habían vaciado por completo, convertidas en dos esferas de oscuridad rodeadas por un halo de fuego púrpura y negro.

Las venas corruptas palpitaban en sus antebrazos, destilando una magia letal y pervertida.

Ágata sonrió, acariciando la mejilla fría de su nueva creación.

—No se puede conquistar un mundo sola —le susurró la deidad oscura, deleitándose en la sumisión incondicional que ahora habitaba en él—. Necesito un sabueso. Un muro que se interponga entre mi espalda y la patética resistencia de la luz.

La diosa se giró, dándole la espalda al grupo de moribundos, y señaló hacia la salida del cráter, en dirección a las montañas y al portal recién descubierto.

—Levántate, mi nuevo guardaespaldas —ordenó Ágata, y la voluntad de Tristán acató sin la más mínima duda—. Desenvaina tu fuego negro. Escolta mi marcha.

Ágata saboreó el peso del medallón de Úrsula sobre el pecho de Lysandra.

El metal, antaño un faro de la esperanza y el sacrificio de los Calán, vibró una última vez antes de rendirse por completo a la marea de corrupción que emanaba de su nueva portadora.

La deidad oscura cerró los ojos, asimilando la dirección y los secretos del portal que Tristán le había entregado junto con su alma.

La geografía del continente se desplegó en su mente como un mapa de ceniza listo para ser incendiado.

Ya no había razón para demorarse en las ruinas de aquella capital muerta. Ágata contempló el camino ante ella con una satisfacción gélida. Luego, con una elegancia perezosa, se giró levemente para observar por última vez el cuadro de desolación que dejaba a sus espaldas.

Ónice estaba inconsciente; Vórian permanecía inmóvil, con el cuerpo derrotado por la magia de la ciudad; Tsuneo jadeaba sobre el suelo, con su piel dorada luchando por repeler el ácido de la sombra; Raika sangraba en el suelo tratando de respirar, y Sonthorn la miraba con una mezcla de agonía y odio impotente.

Y justo delante de todos ellos, firme como una columna de granito negro, se erguía Tristán.

La deidad se acercó al muchacho corrompido, deslizando sus dedos pálidos por la línea de su mandíbula, ahora fría como la de un cadáver.

Las venas negras y púrpuras que surcaban los antebrazos del protector palpitaban al unísono con el pulso de la diosa.

Su voluntad ya no existía; era una extensión directa de la noche.

Ágata miró hacia el cielo en la distancia y frunció el ceño.

—Quédate aquí, mi dulce sabueso —le ordenó Ágata, y su voz resonó con un eco de autoridad irrevocable que hizo vibrar el fuego negro que nacía de los puños del chico—. Asegúrate de que nadie perturbe mi marcha hacia el portal. Cuando acabes con ellos, mata a todos en este mundo helado.

Tristán ni siquiera parpadeó. Sus ojos, dos pozos vacíos rodeados por un halo de fuego púrpura, permanecieron fijos en el horizonte, acatando el mandato sin la más mínima resistencia.

—Si la bestia dorada intenta arrastrarse hacia mí, arráncale las garras —continuó la diosa, ladeando la cabeza con una mueca cruel—.

Si el gigante de las alas marchitas intenta alzarse, córtale las piernas.

No muestres piedad, no muestres vacilación.

Asesina a cualquiera que intente cruzar esta línea.

Eres mi muro, Tristán. Sé un buen perro y destroza a tus antiguos amigos.

El pelirrojo asintió con un movimiento mecánico, lento y definitivo. Dio un paso al frente y extendió los brazos a ambos lados. Un muro de fuego negro y denso, que no emitía calor sino un frío sepulcral que congelaba el polvo flotante, brotó de sus manos, sellando el camino de la diosa.

Ágata soltó una carcajada cristalina, un sonido musical y perverso que repiqueteó contra las rocas del cráter.

La ironía era deliciosa, un manjar digno de una diosa.

El gran campeón de la estirpe, el protector jurado que sus hermanas habían moldeado para ser el escudo de la luz, se había convertido en el guardián de la oscuridad, dispuesto a masacrar a su propia manada para asegurar el triunfo del abismo.

Sin mirar atrás ni una sola vez, comenzó a levitar de forma grácil, rodeada por un aura de absoluta majestuosidad oscura que distorsionaba el espacio a su alrededor.

Su vestido negro y las sombras de su poder se entrelazaron mientras se alejaba, flotando sobre las calles de piedra que la conducirían a la conquista del mundo exterior.

Su risa, cargada de un desdén milenario, continuó resonando en el aire viciado mucho después de que su silueta desapareciera entre las casas aún en pie, dejando a los héroes atrapados en el fondo del cráter, obligados a mirar a los ojos al monstruo que Ágata había creado.

El eco cristalino y perverso de la carcajada de Ágata se desvaneció lentamente entre las calles, engullido por las viviendas milenarias de la ciudad.

En el interior del cráter de Heindor, el silencio que la sucedió fue más denso y más asfixiante que la propia nube de ceniza que comenzaba a caer sobre ellos, como si Ágata la hubiese mantenido latente en el aire.

No era el silencio de la paz tras la batalla, sino la quietud sepulcral de una tumba recién sellada.

Lentamente, con la rigidez de la propia muerte, la silueta del pelirrojo comenzó a girar sobre sus talones.

Sus botas trituraron los fragmentos de piedra negra bajo sus pies, un sonido que crujió como huesos rotos en la inmensidad del abismo.

Cuando finalmente les dio la cara, el horror cristalizó en el ambiente.

Sonthorn y Tsuneo, aún luchando por recuperar el aliento tras la liberación de Lysandra, sintieron que el frío vacío de los ojos de su amigo les paralizaba la sangre.

Ya no quedaba rastro del joven impulsivo, valiente y irónico.

El rostro de Tristán era una máscara mortuoria esculpida en mármol pálido.

Las venas que surcaban su cuello y sus sienes, antes invisibles, ahora latían con una negrura purulenta, marcando el recorrido del veneno de Ágata por su torrente sanguíneo.

Pero fueron sus ojos los que confirmaron la magnitud de la tragedia. Las pupilas vibrantes del muchacho habían sido devoradas por completo. En su lugar, dos esferas de oscuridad infinita y opaca les devolvían la mirada, carentes de alma, de compasión o de humanidad.

Un quejido ronco y burbujeante rompió la extrema tensión.

Raika, la inmensa loba roja, intentaba ponerse en pie.

Sus patas temblaban violentamente, resbalando sobre su propia sangre, que aún manaba de la herida abierta en su flanco y de las laceraciones por estrangulamiento en su grueso cuello.

Cada respiración era un tormento, un silbido agónico que le desgarraba la garganta.