Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 17 #2
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CAPÍTULO 17 #2

—¡Hice lo que pude! ¡No pude llegar a tiempo! —gritó, con las lágrimas resbalando por sus mejillas, tirando de sus propias piernas hasta desgarrarse los músculos, inútilmente.

—Eres débil —la voz de Úrsula se distorsionó, adquiriendo el eco aterrador de Ágata—. Siempre fuiste débil. Un niño jugando con líneas de colores mientras los adultos decidían el destino del mundo. Por tu culpa estoy muerta. Por tu culpa he sufrido en este infierno durante décadas.

De repente, el escenario giró vertiginosamente. Tristán ya no estaba lejos de ella. Estaba justo a su lado, de pie sobre el suelo cubierto con la sangre de Úrsula. Y sus manos, que segundos antes estaban vacías, ahora empuñaban la espada rúnica de Vórian. La reconoció al instante.

—No... no, no, no... —balbuceó Tristán, intentando soltar el arma. Pero sus dedos parecían fundidos a la empuñadura. Su cuerpo no le obedecía y solo podía seguir las instrucciones de Lysandra.

La presencia de Ágata lo envolvía como una segunda piel, controlando cada fibra de su ser, obligándolo a alzar la hoja.

—Siente el peso de tu fracaso, protector —susurró la diosa en su oído, su aliento helado acariciándole la nuca.

Con un movimiento brutal que Tristán fue obligado a ejecutar, la espada descendió.

El muchacho sintió la repulsiva y vívida resistencia de la carne y el hueso al ser seccionados.

Sintió la sangre caliente de Úrsula salpicarle el rostro, manchándole las manos y empapando su ropa.

El cuerpo inerte de la Calán cayó a sus pies, con los ojos aún abiertos, acusándolo para toda la eternidad.

El grito que escapó de la garganta de Tristán fue tan desgarrador que quebró el mundo irreal.

Ágata sonrió y le hizo volver.

De vuelta en el plano físico, apenas había transcurrido un segundo.

Tristán se desplomó como un peso muerto.

Sus rodillas chocaron violentamente contra el suelo de piedra.

Se abrazó a sí mismo, jadeando, con los ojos desorbitados y anegados en lágrimas, roto.

La culpa, el horror y la impotencia habían destrozado sus defensas mentales.

Raika se acercó a su lado y trató de lamerle el rostro.

Ágata lo observó desde las alturas, satisfecha con su obra. Había quebrado el espíritu del pelirrojo sin siquiera tocarlo. Pero sabía que un espíritu roto aún podía aferrarse a la terquedad si no tenía motivos para ceder. Necesitaba proporcionarle el empujón final.

—Es fascinante lo fácil que os rompéis por dentro —comentó Ágata, extendiendo ambas manos hacia los lados.

El aire a su alrededor se condensó. La oscuridad respondió a su llamada con una violencia inusitada. Docenas de gruesos zarcillos de brea hirviente brotaron del suelo como víboras colosales, lanzándose a una velocidad vertiginosa contra los únicos aliados que le quedaban al pelirrojo.

Raika no tuvo tiempo de reaccionar. Las sombras se enroscaron como un nudo corredizo alrededor de su grueso cuello rojo y tiraron hacia arriba.

La inmensa loba fue izada en vilo a tres metros de altura.

Sus patas patalearon con desesperación en el vacío, intentando encontrar un apoyo que no existía.

La herida previa en su flanco se abrió de par en par, manando un torrente de sangre roja que salpicó a Tristán, mientras un gemido ahogado y lastimero escapaba de su garganta asfixiada.

A pocos metros, Tsuneo rugió e intentó abalanzarse sobre la deidad para liberar a la loba, pero Ágata ya lo había anticipado.

Nuevos zarcillos de oscuridad brotaron bajo las patas del Uldenhar, enredándose en sus extremidades como grilletes de plomo.

Tsuneo tiró con todas sus fuerzas; su inmunidad natural intentó repeler la magia negra con destellos dorados, pero la diferencia de poder era ahora absoluta.

Ágata no solo lo apresó, sino que inyectó su poder divino de corrupción directamente a través de los zarcillos.

La piel dorada de Tsuneo, que creía impenetrable, comenzó a sisear.

Un humo tóxico y verdoso se elevó de las patas del Uldenhar mientras la oscuridad de la diosa empezaba a pudrir su piel.

Tsuneo aulló, un sonido ensordecedor y antinatural, doblándose de dolor mientras el ácido mágico carcomía su defensa más absoluta.

Sonthorn intentó alzar su espada, pero la mirada de Ágata recayó sobre él por una fracción de segundo.

El remanente de sumisión de Lysandra que aún latía en su sangre le paralizó los músculos, obligándolo a permanecer arrodillado, como un testigo mudo de la masacre. Fue incapaz de resistirse por completo.

Tristán alzó la vista, temblando de forma incontrolable. Vio a su compañera ahogándose, con los ojos en blanco por la falta de aire, y escuchó los aullidos de dolor del inquebrantable Uldenhar.

—Podría arrancarte el corazón y tomar el medallón de tu cadáver ensangrentado —aseguró Ágata, caminando despacio hasta situarse frente al pelirrojo arrodillado, mirándolo con una frialdad sepulcral—.

Pero quizá haya una manera más… humana de hacerlo.

—La diosa se agachó ligeramente, acercando su rostro pálido al de Tristán—. Quiero que me la des tú, Tristán.

Tristán apretó los labios, negando con la cabeza en un gesto agónico.

—No... no lo haré.

Ágata suspiró, fingiendo una lástima que no sentía. Levantó una mano y apretó ligeramente el puño.

En el aire, los zarcillos que apresaban a Raika se tensaron.

Un crujido espantoso resonó en el cráter cuando los huesos del cuello de la loba comenzaron a ceder bajo la presión.

Raika dejó de patalear; su cuerpo se arqueó en un espasmo de pura agonía.

Al mismo tiempo, la corrupción en las patas de Tsuneo se aceleró, alcanzando la carne viva bajo las escamas y provocando que la bestia dorada cayera de bruces, incapaz de sostener su propio peso.

—Aquí tienes tu elección, protector —dictaminó Ágata, y su voz fue un yunque aplastando las últimas esperanzas del muchacho—.

Entrégame la llave y tu voluntad. Ríndete a mí.

Si te niegas, verás cómo despellejo a esta loba milímetro a milímetro ante tus propios ojos.

Escucharás a tu amigo dorado pudrirse hasta los huesos.

Y cuando haya terminado con ellos... volaré hacia la muralla exterior.

Alcanzaré a los cientos de neutrales que acaban de escapar.

Los cazaré uno a uno y los empalaré en estacas de sombra hasta que no quede ni una gota de la sangre que juraste defender en este continente.

Ágata extendió la palma de su mano blanca hacia Tristán, esperando.

—Tu gente, tu manada, tu fracaso. Todo depende de tu orgullo. Dámelo.

El segundo crujido en el cuello de Raika no fue un sonido físico, sino una sentencia de muerte que resonó directamente en el alma de Tristán.

La inmensa loba roja dejó de debatirse por completo.

Su lengua asomaba entre los colmillos, sus ojos se habían inyectado en sangre y comenzaban a volverse opacos y desenfocados, cediendo ante la muerte.

A su derecha, el bramido de Tsuneo se había convertido en un gorgoteo húmedo y agónico; el ácido oscuro de la diosa estaba fundiendo la piel del Uldenhar, exponiendo la carne viva a una necrosis mágica y despiadada.

Tristán miró a sus amigos, los únicos seres que no lo habían abandonado, que habían saltado al vacío por él. Luego, imaginó a los cientos de neutrales de la estirpe Calán, vagando desorientados más allá de las murallas, presas fáciles para la sed de sangre de aquella abominación.

El peso de su propio fracaso lo aplastó. El título de protector, el juramento a Irena, el fuego de su linaje… todo era una farsa patética ante el abismo que lo reclamaba. No podía salvar el mundo. Apenas podía intentar salvar a los dos animales moribundos que tenía delante.

El pelirrojo se quebró.

Un sollozo ronco, cargado de pura frustración y amargura, rasgó su garganta.

Cayó de rodillas sobre el suelo, rindiéndose.

Con las manos temblando de forma incontrolable, guiadas por la derrota absoluta, Tristán deslizó los dedos bajo la solapa de su chaqueta.

Sonthorn trató de hablar pero su cuerpo se negó a obedecerle una vez más.

—Detente… —suplicó el muchacho, con la voz ahogada por las lágrimas—. Por favor, detente.

Ágata no liberó la presión de los zarcillos oscuros, pero detuvo su avance mortal. Sus pozos negros brillaron con anticipación. Mantuvo la mano extendida, exigiendo el tributo.

Tristán tiró de la cadena y sacó el medallón completo.

La antigua reliquia de Calandra palpitaba con una luz cálida, dorada y tenue, un contraste doloroso y frágil frente a la abrumadora oscuridad que envolvía el cráter.

El metal estaba caliente contra su palma, como si el alma residual de Calandra llorara al comprender lo que estaba a punto de suceder.

La escena se congeló en una solemnidad trágica. El viento cargado de ceniza pareció detenerse para presenciar la caída definitiva del Protector de los Calán, derrotado.

Tristán levantó el rostro, manchado de sangre, polvo y lágrimas, y miró a la diosa oscura. Su sonrisa era un abismo de triunfo.

—Y ahora, la llave —exigió la deidad, moviendo ligeramente los dedos pálidos.

Tristán cerró los ojos, pidiéndole perdón en el silencio de su mente destrozada, y depositó el medallón en la mano de la tirana.

En el instante exacto en que la reliquia abandonó la piel del muchacho, la cálida luz dorada que emitía el metal fue devorada de inmediato por el aura corrupta de Ágata, apagándose para siempre, convertida ahora en una llave que conduciría al fin de los días.

—Un muchacho razonable, al fin y al cabo —susurró Ágata, colgándose el medallón al cuello—. Un trato es un trato.