Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

UNA MANO AMIGA

La marea de oscuridad se alzó como un océano de pura aniquilación que devoró la escasa luz que aún lograba filtrarse en el cráter de Heindor.

Tristán cerró los ojos, apretó los dientes y tensó cada músculo de su cuerpo, interponiéndose inútilmente entre la ola de corrupción y el cuerpo malherido de Raika.

Sintió el frío abismal lamiéndole el rostro, el hedor a magia pútrida asfixiando sus pulmones.

Sonthorn ahogó un gruñido a su espalda sin saber qué hacer, y Tsuneo clavó sus garras en el suelo, dispuesto a ser pulverizado antes que retroceder.

El guerrero creó una esfera plateada a su alrededor y trató de extenderla hasta sus compañeros, pero la Oscuridad se apoderó de ella y la fagocitó sin que pudiera evitarlo, ni siquiera empleando todas sus fuerzas.

Esperaron el impacto. Esperaron el desgarro de sus almas y el fin de su existencia. El guerrero miró al cielo gris en el que ninguna luna volvería a mostrarse jamás para él.

Pero la muerte nunca llegó.

A un palmo del rostro de Tristán, la ola de oscuridad se congeló.

No se disipó ni retrocedió; simplemente se petrificó en el aire, sostenida por una voluntad infinitamente superior a cualquier ley física.

El silencio que siguió fue más aterrador que el estruendo de la batalla.

El sonido del terremoto parecía haberse amortiguado, convertido en un mero susurro lejano ante la abrumadora presencia de la deidad.

Tristán abrió los ojos lentamente, con la respiración entrecortada. A través de la cortina de sombras suspendidas, distinguió la silueta menuda de la Dirigente Blanca.

Ágata, habitando la perfección pálida de Lysandra, ladeó la cabeza. Sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, letal y rebosante de una diversión cruel. Había detenido el golpe final no por piedad, sino por aburrimiento. Y, sobre todo, por un destello repentino en su recién adquirida memoria.

La diosa cerró los ojos negros por un instante, aspirando el aire viciado del cráter.

Dentro de su mente, un vasto océano de conocimientos recién saqueados se desplegaba ante ella.

Había devorado la mente de Ónice por completo, asimilando cada recuerdo, cada secreto inconfesable, cada miedo y cada esperanza de la drugana negra.

Ágata navegó por los recuerdos robados con la curiosidad de un forense diseccionando un cadáver fresco.

Vio los recuerdos de la drugana sobre la rebelión, sobre su amor patético por el guerrero blanco, sobre su tiempo bajo la roca en el mundo de los enanos y, de pronto, encontró algo mucho más valioso que sus muertes.

Ágata abrió los ojos de golpe. Su mirada, ahora afilada y cargada de un propósito renovado, atravesó la distancia y se clavó como una daga de hielo directamente en el pecho de Tristán.

Con un suave movimiento de sus dedos, la muralla de sombras congeladas se disolvió en volutas de humo inofensivo, dejando al pelirrojo completamente expuesto.

—Tristán... —murmuró Ágata. El nombre brotó de sus labios con una familiaridad asquerosa. Ágata saboreó cada sílaba—. El pequeño y ferviente protector. El niño valiente que juega a ser el escudo de una estirpe extinta.

El pelirrojo tragó saliva, sintiendo un escalofrío al escuchar su nombre en aquella voz, pero mantuvo la mirada de la diosa, negándose a retroceder. Ágata torció el gesto al reconocer el color de su hermana en su mirada.

—No te molestes en mentirme —continuó la diosa, comenzando a caminar lentamente hacia él, con los pies descalzos flotando a milímetros del suelo—.

Conozco cada rincón de la mente de mi hija.

Sé lo mucho que te despreciaba y amaba. Sé lo patético que le resultabas con tus ironías y secretos.

Pero, sobre todo, sé lo que escondes en tu pecho y también sé que lo que le has robado a esta malcriada.

Tristán palideció. Por puro instinto, una fracción de segundo de debilidad que no pudo controlar, su mano izquierda se contrajo y rozó ligeramente la tela de su chaqueta, justo sobre el lugar donde descansaba el medallón completo de Úrsula.

La sonrisa de Ágata se ensanchó hasta rozar lo grotesco.

—Ahí lo tienes —ronroneó, deteniéndose a diez pasos de distancia—. Tan cerca del corazón, junto a tu esperanza de abandonar este páramo de hielo y muerte.

—Antes tendrás que matarme —aseguró mientras una línea roja aparecía ante sus dedos. Aún no había dicho su última palabra.

—Es curioso cómo los mortales veneráis objetos sin comprender su verdadero propósito.

—Ágata lo ignoró por completo, paseando la mirada por el metal oculto bajo la ropa del muchacho—.

Úrsula lo trajo hasta aquí por un motivo que ni siquiera logras imaginar.

Jamás lo entenderás, pero lo escondió para mí.

—Su objetivo era entregárselo a Valeria. Ella está muy por encima de ti —le espetó. Le hubiese gustado ser más irónico o mordaz, pero sabía que cualquier palabra fuera de lugar acarrearía su muerte y la de todos ellos.

Sonthorn, a unos metros de distancia, tensó la mandíbula. Tsuneo emitió un gruñido bajo y sostenido. Ambos sabían que si Ágata obtenía el medallón y escapaba hacia el mundo libre, nada ni nadie la detendría. Aunque los dejase vivir, no podrían seguirla allá adonde fuese..

—Sabes tan bien como yo qué es ese medallón —aseguró la diosa oscura, alzando una mano y dejando que pequeñas volutas de poder blanco y negro danzaran entre sus dedos—.

Es una llave, es mi llave para acceder al mundo.

—Ágata miró a Sonthorn—. Por eso decías que no saldría de aquí.

Oh, inocente semental, qué estúpido has sido.

Me has traído lo único que necesito para gobernar el mundo entero.

Es una pena que no pueda darle las gracias a tu amiga pelirroja.

Tristán acomodó su peso, sintiendo el calor del medallón en su pecho como si de pronto estuviera hecho de plomo fundido. El pelirrojo buscó a Sonthorn con la mirada y este negó con la cabeza.

—No pude salvarla. Estaba muerta cuando llegué hasta ella —aseguró con dolor. Sabía lo que representaba para su amigo.

—Creíais que mi ambición se limitaba a este montón de piedras carbonizadas —se burló Ágata, abriendo los brazos hacia las ruinas humeantes de Heindor—.

Esta ciudad es solo mi cuna. No he vuelto de las profundidades del abismo para reinar sobre cadáveres y polvo.

Voy a cruzar ese portal. Voy a expandir este manto de oscuridad por cada rincón del continente hasta que no quede un solo rayo de sol.

Y cuando el mundo esté ciego, cazaré a mi querida hermana Calandra, la arrastraré por el cabello y le haré suplicar mientras devoro su estúpida luz frente a sus propios hijos.

Ágata bajó los brazos y volvió a fijar su mirada infinita en el pelirrojo. El ambiente a su alrededor se volvió gélido, oprimiendo los pulmones de todos los presentes.

—Pero para abrir esa puerta necesito la llave al completo —sentenció la diosa—. Y tú, mi pequeño protector, me la vas a entregar.

—Jamás te lo entregaré —escupió Tristán—. Tendrás que arrancármelo del cadáver.

Ágata no se inmutó. La sonrisa que deformaba el hermoso rostro de Lysandra se volvió indulgente, casi maternal, como si estuviera observando a un niño pequeño amenazar a una tormenta con una espada de madera.

—Oh, pequeño protector... Sigues pensando como un mortal que blande acero —susurró la deidad oscura.

Su voz resonó directamente en el interior del cráneo de Tristán, ignorando la distancia que los separaba—.

La fuerza bruta es para las bestias y los desesperados.

Yo soy mucho más que eso. Somos mucho más que eso, en realidad.

Ágata no alzó las manos. No invocó látigos de sombra ni rayos destructivos. En su lugar, entrelazó la aterradora y sutil magia de control mental que pertenecía a la sangre de Lysandra con el terror primigenio y paralizante de su propia esencia divina.

Una onda expansiva, invisible y silenciosa, barrió el cráter.

No hubo impacto físico. Tristán sintió una punzada gélida detrás de los ojos, como si le hubieran clavado dos agujas de hielo directamente en el cerebro.

En el mundo real, la línea carmesí ante su dedo se extinguió de golpe, ahogado no por el viento, sino por la desesperación.

Sus músculos se tensaron hasta el límite y quedó petrificado en el acto, convertido en una estatua de carne y hueso, con la mirada perdida en el vacío.

El pelirrojo había dejado de estar en el cráter humeante de Heindor.

Cuando Tristán parpadeó, el olor a ceniza y azufre había desaparecido, sustituido por el hedor asfixiante de la sangre rancia y el frío cortante de la escarcha.

Se encontraba en la cámara-prisión subterránea.

El silencio era sepulcral, roto únicamente por el goteo incesante de un líquido oscuro.

Frente a él, arrodillada en el centro, estaba Úrsula.

Pero no era la mujer serena y resignada que Vórian había encontrado y Tristán imaginado.

Estaba destrozada, cubierta de heridas contaminadas, y las gruesas cadenas doradas no solo la apresaban, sino que se hundían en su carne, desgarrándola a cámara lenta.

La reconoció al instante. Su pelo y sus ojos no dejaban lugar a dudas.

—¡Úrsula! —gritó Tristán, intentando correr hacia ella.

Pero sus pies estaban anclados al suelo de cristal negro. Intentó trazar una runa con la que romper el suelo bajo sus pies, pero sus dedos solo produjeron un humo gris y patético. Estaba impotente.

La mujer pelirroja alzó el rostro. Sus ojos, antes llenos de dolor y sabiduría, eran ahora pozos de resentimiento y agonía pura. Clavó la mirada en el pelirrojo. Cada una de sus palabras fue una cuchillada en el alma de Tristán.

—Me prometiste que me salvarías... —sollozó Úrsula, escupiendo sangre oscura—. Juraste proteger a los Calán y me abandonaste. ¿Dónde estabas, Tristán? ¿Por qué has tardado tanto?