Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 16 #4
89%

CAPÍTULO 16 #4

—Suficiente —dictaminó la deidad.

No gritó ni hizo grandes aspavientos. Simplemente dejó que la oscuridad primordial de su alma se fusionara por completo con el torrente de energía destructiva del cuerpo de Lysandra.

Un pulso esférico de magia negra y blanca, silencioso pero infinitamente denso, brotó de su pecho.

La onda expansiva aniquiló la runa roja de Tristán al instante, haciendo estallar el símbolo en el aire como si fuera cristal roto.

Tsuneo, a pesar de su resistencia a la magia negra, fue golpeado por la fuerza cinética abrumadora del poder Heindor.

El Uldenhar salió volando por los aires, recorriendo metros de campo abierto antes de estrellarse pesadamente contra el suelo desnudo de polvo ahora que la batalla lo había borrado.

La onda continuó su camino indiscriminado.

Sonthorn, que apenas se estaba levantando, intentó defenderse invocando su propia magia.

Dio una palmada y los guanteletes de Calandra volvieron a sus manos.

El guerrero imbuyó toda su fuerza en sus cuatro alas doradas para tratar de resistirse a la oscuridad, pero el choque de sombras fue despiadado: la corrupción divina devoró la luz de Sonthorn en un parpadeo.

Las plumas de sus alas chisporrotearon y se marchitaron bajo el impacto, y el guerrero fue arrojado de nuevo al suelo desprovisto de alas que iluminaran la batalla.

Raika, la más vulnerable de todos, quedó expuesta en el cráter. Ágata la vio. Un látigo de sombra sólida y afilada salió disparado hacia el cuello de la loba roja. Raika intentó esquivarlo, pero la velocidad del ataque lo volvió imposible de esquivar.

—¡No! —Tristán ignoró el dolor de sus músculos desgarrados. Con un movimiento desesperado, proyectó la última gota de su poder, manifestando una pequeña e inestable runa roja directamente en la trayectoria del látigo.

El escudo rúnico estalló al impacto, pero logró desviar la sombra apenas unos centímetros. En lugar de decapitar a Raika, el látigo oscuro le rasgó profundamente el flanco izquierdo. La loba aulló de dolor, rodando por la ceniza y dejando un reguero de sangre escarlata, pero viva.

Tristán corrió hacia ella, interponiéndose entre la bestia herida y la diosa. Tenía los pulmones ardiendo, las manos ensangrentadas y sus reservas mágicas tiritaban al borde del colapso.

El cráter quedó sumido en un silencio lúgubre, roto únicamente por la respiración entrecortada de todos ellos.

Sonthorn se arrastró hasta quedar sobre una rodilla, con la magia extinta en sus dedos, las alas perdidas y la espada apoyada en el suelo a modo de bastón.

Esta se mantenía iluminada con todo su poder, instándolo a seguir luchando.

A varios metros de distancia, Tsuneo intentó erguirse, sacudiendo la cabeza con pesadez.

El Uldenhar cojeaba de una pata, pero sus ojos seguían fijos en la amenaza.

En el centro exacto de la devastación, Ágata flotaba a un palmo del suelo.

El cuerpo de Lysandra estaba inmaculado. Ni las runas rojas, ni la luz divina, ni las garras del Uldenhar habían logrado siquiera rozar su pálida piel. La deidad oscura suspiró, sacudiendo una mota imaginaria de polvo del vestido negro que la cubría.

—Tanta luz, tantas runas y tanta furia...

y solo habéis conseguido ensuciar mi nuevo atuendo —se burló Ágata, descendiendo suavemente hasta que sus pies descalzos tocaron el suelo.

Sus ojos de abismo absoluto recorrieron al grupo destrozado con una decepción genuina—.

Os falta imaginación. Pensé que la resistencia de este mundo me ofrecería un entretenimiento mayor antes de extinguirse.

Tristán apretó los dientes, manteniendo la postura frente a Raika mientras trazaba una runa de curación sobre su herida.

La loba encogió de tamaño exhausta mientras el pelirrojo entregaba sus propias fuerzas para curarla.

Miró a Tsuneo y luego a Sonthorn. Ninguno de ellos necesitaba articular palabras para entender la dura y cruda realidad.

Tsuneo tenía razón.

No podían ganar. Todo su poder combinado, sus mejores tácticas y su voluntad inquebrantable apenas habían servido para obligarla a dar medio paso atrás y gastar una ínfima fracción de su poder. Ágata no era un enemigo al que se pudiera derrotar con espadas o magia mortal.

—No estamos aquí para matarte —escupió Tristán, con la voz rota pero cargada de un veneno desafiante, negándose a mostrar miedo—. Estamos aquí para darle tiempo a llegar a quien pueda vencerte.

La diosa ladeó la cabeza, y su sonrisa se volvió aún más fría.

—¿Te refieres a mi cobarde hermana? —Ágata soltó una carcajada que heló la sangre de los presentes—. Que venga. La estaré esperando en el trono de este mundo en ruinas. Pero vosotros... vosotros no viviréis para verlo.

Las sombras alrededor de Ágata comenzaron a alzarse de nuevo, esta vez no como látigos o escudos, sino como una marea inabarcable de raíces corruptas que amenazaba con inundar el cráter entero, listas para dar el golpe de gracia definitivo a los últimos protectores de Heindor.