Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 16 #3
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CAPÍTULO 16 #3

Tsuneo se movió a una velocidad casi imperceptible, convirtiéndose en un relámpago dorado de pura determinación.

Saltó tras Tristán y, en pleno vuelo, el Uldenhar lanzó un fugaz zarpazo.

Sus afiladas garras se iluminaron con un destello dorado y cortaron el aire, seccionando los gruesos zarcillos de oscuridad con un tajo limpio y cegador.

El vínculo mágico se rompió. Tristán perdió el sustento y cayó a plomo desde varios metros de altura. Impactó con dureza contra el suelo cubierto de ceniza, rodando sobre sí mismo hasta detenerse a duras penas, tosiendo el polvo del cráter e intentando recuperar el aliento sin tragar más ceniza.

Antes de que Ágata pudiera invocar un segundo ataque o mostrar su molestia, una mole de pelaje escarlata bloqueó por completo su visión.

Raika irrumpió de un salto, interponiéndose como un muro inquebrantable entre el pelirrojo caído y la deidad oscura.

La inmensa loba roja plantó sus patas sobre las ruinas, erizando el lomo al máximo.

Hundió la cabeza entre sus hombros y desató un gruñido cavernoso, un sonido tan profundo y cargado de rabia animal que hizo temblar las piedras sueltas a su alrededor.

Arrugó el hocico, mostrándole a la mismísima encarnación de la maldad una hilera de colmillos letales, dejando claro que tendrían que arrancarle el corazón antes de dar un paso más hacia Tristán.

—¡Alto! —gritó Sonthorn. Sabía que la loba no tendría oportunidad alguna ante Ágata.

La sonrisa que curvó los labios de Lysandra no le pertenecía a la Dirigente Blanca.

Era una mueca asimétrica, cargada de una crueldad tan antigua que parecía agrietar el aire a su alrededor.

Ágata, instalada en su nuevo y majestuoso recipiente, alzó la mirada hacia la inmensa loba roja que le mostraba los colmillos como si fueran una amenaza para ella.

—Un perro rabioso defendiendo a un niño asustado —ronroneó la diosa oscura, con una voz que era a la vez cristalina y abismal—. Qué estampa tan poética. Y tan frágil.

Ágata no necesitó tejer sellos ni murmurar conjuros.

Con un simple chasquido de sus dedos pálidos, el suelo de cristal negro estalló bajo las patas de Raika.

Una docena de lanzas de obsidiana sólida, afiladas como bisturíes y rezumando un humo tóxico, brotaron de la roca buscando ensartar a la loba desde el vientre.

Pero la velocidad de la batalla ya había cambiado de escala.

Antes de que las lanzas mortales rozaran el pelaje de Raika, un relámpago dorado barrió el cráter.

Tsuneo no corrió; simplemente desapareció de su posición inicial y embistió a la loba roja con el hombro, apartándola del radio de impacto en un instante.

Las púas de sombra rasgaron el aire vacío.

Sin detener su inercia, el Uldenhar rebotó contra un muro de escombros y se abalanzó directamente hacia la deidad, convertido en un proyectil de luz dorada.

Ágata alzó una mano, interponiendo un grueso escudo de brea hirviente, pero la bestia dorada no buscaba atravesarlo.

Tsuneo clavó sus garras en la barrera oscura y, demostrando su legendaria inmunidad, la pura corrupción de Ágata no logró pudrir su carne.

En lugar de eso, su piel dorada brilló con ferocidad, neutralizando el veneno mágico y permitiéndole usar el escudo como trampolín para saltar por encima de ella.

—¡Ahora, Sonthorn! —bramó Tristán, poniéndose en pie a duras penas, con la sangre resbalándole por la comisura de los labios.

El guerrero no necesitaba la orden. Mientras Tsuneo distraía la atención de la diosa desde las alturas, Sonthorn liberó todo el poder.

Batió las cuatro inmensas alas de plumas doradas con un estruendo similar al de un huracán, barriendo el polvo en un radio de veinte metros y se elevó en el aire, superando la altura de Tsuneo.

Descendió en picado empuñando su espada azul con ambas manos y descargando un tajo vertical diseñado para partir el mismísimo mundo en dos.

Ágata levantó la vista. Por primera vez, un destello de genuina sorpresa cruzó sus ojos negros. La combinación de la fuerza del drugano con la luz dorada de su hermana era una fuerza a tener en cuenta.

Pero ella ya no era solo la oscuridad; era la heredera de Heindor.

En lugar de usar sombras, Ágata recurrió al poder usurpado de Lysandra.

Un pilar de energía blanca, densa y destructiva, brotó de su palma alzada.

La colisión entre la espada dorada de Sonthorn y el rayo de la tirana generó una onda expansiva tan brutal que hizo retroceder las estructuras que rodeaban el cráter.

El sonido del impacto ensordeció a todos los presentes.

Sonthorn rugió, forzando sus músculos hasta el límite, intentando que el filo de su espada atravesara la defensa plateada.

—Sigues siendo un esclavo de las decisiones de mis hermanas —susurró Ágata, cuya voz se filtró directamente en la mente de Sonthorn por encima del estruendo—. Antes de ella, y ahora... mío.

Con un giro sutil de su muñeca, Ágata inyectó hilos de oscuridad en el rayo blanco.

La corrupción trepó por la hoja de la espada de Sonthorn, devorando la luz azul.

El drugano sintió un dolor atroz, como si le estuvieran inyectando plomo fundido en las venas, y fue repelido hacia atrás, cayendo en un giro descontrolado hasta estrellarse contra la base del muro destrozado.

—¡Raika, busca su espalda! —gritó Tristán.

Raika, comprendiendo su papel, se convirtió en una sombra escarlata.

La loba sabía que un impacto directo de aquella mujer la mataría en el acto, así que no buscó morder.

Corrió en círculos alrededor de Ágata, levantando cortinas de ceniza, fintando ataques, amagando con saltar y retrocediendo en el último segundo.

Cada vez que Ágata intentaba concentrar su magia en Tsuneo o Sonthorn, Raika amagaba una embestida, obligando a la diosa a desviar un fragmento de su atención.

Era una mosca molestando a un titán, pero era exactamente lo que Tristán necesitaba.

El pelirrojo trazó la runa negra del dolor y percibió al instante que la línea negra no respondía a su llamada Abrió los ojos de par en par y se encontró con la sonrisa macabra de Lysandra. La diosa de la oscuridad parecía reírse de él.

—Niño estúpido —le espetó—. Tratas de utilizarme para vencerme. No habrá más poder para ti.

Tristán agitó la mano y comenzó a trazar sus propias runas rojas. En ellas Ágata no tenía influencia. Lanzó rápidamente una runa de fuego sobre la diosa y le imbuyó toda su fuerza. El símbolo rodeó a Lysandra y estalló en llamas al instante.

Tsuneo entendió la maniobra. El Uldenhar se impulsó desde el suelo con todas sus fuerzas y atravesó las llamas, cayendo como un martillo directamente sobre la posición de Ágata.

Entre el enjambre de llamas carmesíes, la deidad apenas tuvo un segundo para reaccionar. Las garras del Uldenhar impactaron contra los brazos cruzados de Ágata ante su rostro.

El choque entre la magia oscura, el blanco de la magia de Heindor, el fulgor rojo de las runas y el destello dorado de Tsuneo creó una singularidad visual.

Durante tres agónicos segundos, el cráter se iluminó con una mezcla de colores aberrantes.

Tsuneo rugía, volcando todo su peso contra los brazos de la mujer.

Cayó al suelo y atacó de nuevo, esta vez a su cintura.

Lysandra contraatacó con sus raíces negras.

Estas rodearon su cuerpo, pero no dejó de atacar a la diosa.

Su piel dorada repelía los zarcillos de corrupción que intentaban pudrirlo, y sus veloces garras forzaron a Ágata a retroceder medio paso.

Medio paso. Eso fue todo lo que lograron.

La irritación en los ojos negros de Ágata se transformó en una furia fría y calculadora. Estaba cansada del juego.