Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Tristán y Tsuneo la siguieron a la carrera y los tres se detuvieron a escasos veinte metros.

La esfera, que apenas unos minutos antes había brillado con la perfecta luz plateada de Lysandra, era ahora una aberración.

La oscuridad que la conformaba se había vuelto tan densa y absoluta que parecía engullir la luz del día, convirtiéndose en un agujero ciego y asfixiante en mitad de la capital.

Alrededor de su superficie de brea giraban y estallaban gruesos relámpagos blancos, chasquidos de energía corrupta que azotaban el aire de forma errática y violenta, acompañados de truenos que rivalizaban con el bramido del terremoto.

El interior de la cúpula parecía impenetrable.

Tristán entrecerró los ojos, forzando la vista en un intento inútil de perforar las sombras para buscar algún atisbo de Vórian, de Ónice o de Sonthorn, pero la barrera no cedía ni un ápice de información.

No podían ver qué horrores se estaban desatando bajo esa tormenta de negrura y rayos.

Solo sabían que, si querían cumplir con su papel, tendrían que cruzarla a ciegas.

Tsuneo no esperó a trazar un plan. Guiado por la furia protectora de su linaje, el Uldenhar flexionó sus poderosos cuartos traseros y se lanzó a una velocidad vertiginosa contra la barrera de tinieblas.

El impacto de la bestia contra la cúpula fue colosal.

En el punto exacto de la colisión, un estallido de pura luz dorada, brillante como el sol del amanecer, brotó de las escamas de Tsuneo y se estrelló contra el muro de brea.

La energía mágica se extendió por la superficie esférica como una onda expansiva, intentando purgar la corrupción y abrir una brecha.

Durante una fracción de segundo, el destello iluminó las ruinas de Heindor y la red de sombras pareció ceder bajo el peso de su nobleza.

Pero la oscuridad de Ágata era un abismo demasiado profundo para que la luz se adentrase en él.

La negrura espesa se revolvió como un océano enfurecido, cerrándose sobre la luz con una avidez aterradora.

Engulló el destello dorado en un parpadeo, apagándolo por completo y rechazando a Tsuneo hacia atrás con un violento latigazo repulsivo que devolvió la cúpula a su estado de impenetrable y absoluta noche.

Al otro lado de la barrera, en el interior aislado y opresivo del cráter, el eco de aquel embate se percibió de forma muy distinta.

El aire bajo la cúpula era pesado, denso como el plomo y cargado del hedor de la magia corrompida.

El polvo de la destrucción del castillo lo cubría todo, pero en el centro exacto de la desolación reinaba una quietud aterradora.

Allí, la figura menuda y pálida de Lysandra se erguía intacta.

Sin embargo, los movimientos de su cuerpo, la inclinación lánguida de su cuello y la forma en que sus pies descalzos pisaban la ceniza ya no le pertenecían a la tirana.

Eran los de una entidad milenaria estrenando un recipiente perfecto.

Ágata alzó el rostro hacia la bóveda de sombras justo en el instante en que el fugaz destello dorado acariciaba el techo interior de su dominio.

Los pozos negros y absolutos que ahora eran sus ojos reflejaron el moribundo rastro de luz de Tsuneo antes de que su propia oscuridad lo devorara. Un chasquido de genuina frustración escapó de sus labios, torciendo la belleza inmaculada del rostro de Lysandra en una mueca de fastidio.

Ágata entrecerró los ojos, profundamente irritada.

Reconocía ese rastro, la tenacidad absurda de la bestia dorada y la firma inconfundible de los herederos de Calandra negándose a morir en silencio.

Le molestaba sobremanera que, incluso tras haber usurpado el vértice del poder de Heindor, aquellas insignificantes motas de polvo siguieran intentando rasgar la puerta de su nuevo reino para interrumpir su momento de gloria.

La frustración de Ágata al ver el destello de la bestia en su cúpula duró apenas un suspiro.

Tenía asuntos mucho más importantes que atender en el interior de su nuevo dominio.

Volvió su atención hacia el centro del cráter, donde Vórian se alzaba a duras penas.

Su cuerpo temblaba agotado por el esfuerzo.

Sacudía la cabeza incrédulo por cómo había acabado todo.

Lo que debía ser la salvación de Heindor se estaba alzando como su auténtica pesadilla.

El neutral no lograba comprender qué había salido mal. Había seguido las instrucciones de Elara y de Úrsula al detalle. Ambas habían sacrificado sus vidas para aquel final inesperado. ¿Qué había salido mal?

—¿Qué ha salido mal? —se preguntó en voz alta llamando la atención de la diosa sobre él.

—Arrodíllate ante mí —ordenó Ágata a través de los labios de Lysandra.

Con un simple giro de su cabeza, los pozos negros que tenía por ojos se clavaron en el neutral. La mirada de la diosa fue suficiente para doblegarlo. Sus piernas, agotadas por el esfuerzo e incapaces de soportar el poder abrumador que emanaba de ella, cedieron a su orden.

El neutral se desplomó de bruces contra el suelo de ceniza.

Tosió sangre sobre el polvo y se quedó inmóvil, apenas aferrándose a la vida, demasiado débil para siquiera intentar levantarse.

Cerca de él yacía Ónice, sumida en un profundo e inmóvil desmayo, ajena a lo que la rodeaba y a quien gobernaba allí.

Solo Sonthorn y la diosa oscura permanecían en pie.

Ágata caminó hacia el cuerpo caído de Vórian con una lentitud insultante, deleitándose en la ligereza y el inmenso poder del recipiente de Lysandra. Se detuvo ante el neutral y lo observó desde las alturas, sintiendo el rastro de la magia que fluía desde sus brazos heridos.

—Hueles a ella... —susurró Ágata. Su voz era una combinación aterradora: el tono cristalino de la Dirigente Blanca superpuesto con un eco abismal y vibrante—.

Tienes los poderes de mi hermana Calandra en tu interior.

¿Pero de qué te servirán ahora, neutral inútil?

He regresado a este mundo tras tantos milenios atrapada.

Yo sola he roto mis cadenas, mientras ella sigue escondida.

Ágata apartó la mirada del guerrero y alzó los brazos hacia la inmensa bóveda negra que había creado, embriagada por su propia resurrección.

—Ya no hay más cárceles para mí —proclamó, con una intensidad que hizo temblar las rocas bajo sus pies descalzos—.

Abandonaré este lugar y dominaré el mundo que me fue negado.

La oscuridad reinará absoluta y la luz se apagará para siempre.

Solo cuando todo esté sumido en las sombras, mis hermanas entenderán el imperdonable error que cometieron al encerrarme.

Sonthorn apretó los puños. La imponente figura del drugano contrastaba con la pequeña y letal silueta de la mujer, pero el drugano no dio un paso atrás. Clavó sus ojos en el demonio que ahora habitaba el cuerpo de la tirana de Heindor.

—No te permitiré escapar de este mundo, Ágata —sentenció Sonthorn, con su voz profunda resonando firme y solemne pese a la catástrofe—. No hay escapatoria de este mundo. Ni tú ni nadie puede salir de aquí. Tu tumba solo se ha hecho más grande.

La diosa oscura detuvo su monólogo. Ladeó la cabeza y clavó su mirada infinita en el guerrero. Una sonrisa lenta, cruel y cargada de un conocimiento perturbador asomó a los labios de Lysandra.

—Ay, mi dulce y predecible sobrino… —ronroneó Ágata, alzando una mano pálida para tocarse la sien con un dedo afilado—. Olvidas un pequeño detalle. Olvidas a quién usé como puente para llegar hasta este cuerpo.

Sonthorn miró de reojo a Ónice, desmayada en el polvo, y un escalofrío helado le recorrió la espalda al comprender la magnitud de la tragedia.

—He vaciado su mente por completo antes de abandonarla —continuó Ágata, saboreando el horror en el rostro de Sonthorn—.

No solo poseo el inmenso poder destructivo de esta zorra plateada...

Tengo todos los recuerdos de tu pequeña aberración.

Todas sus ideas, sus secretos, sus miedos...

y sus conocimientos. Sé exactamente todo lo que Ónice sabe.

Y te aseguro que esas puertas que tú crees cerradas...

para mí, ahora, se abrirán de par en par.

La sonrisa de Ágata se ensanchó, saboreando el peso de su nueva omnisciencia.

Con un movimiento lánguido y casi aburrido de su mano pálida, la colosal cúpula de oscuridad absoluta que los aislaba se deshizo.

No estalló ni se desmoronó; simplemente se disipó como humo negro arrastrado por un vendaval, dejando el cráter de Heindor expuesto de nuevo al cielo gris y a las ruinas humeantes de la capital.

En el borde del abismo, la repentina desaparición de la barrera dejó al descubierto a los recién llegados.

Tristán se quedó petrificado por una fracción de segundo al asimilar el dantesco escenario: Vórian agonizando en el suelo, Ónice inerte en el polvo, Sonthorn a la defensiva y, en el centro de la desolación, a Lysandra con la mirada devorada por el abismo.

Ágata clavó sus pozos negros en el pelirrojo. Gracias a los recuerdos recién saqueados de la mente de Ónice, sabía perfectamente quién era ese muchacho, cuál era su linaje y el asco que la drugana negra sentía por su insolencia continua.

Sin mediar palabra, la diosa oscura hizo un gesto seco con los dedos.

De las sombras proyectadas por los escombros bajo los pies de Tristán, brotaron gruesas raíces de sombra sólida, rápidas como víboras al acecho.

Estas se enroscaron violentamente alrededor de los tobillos y el torso del pelirrojo antes de que este pudiera siquiera defenderse.

Con un tirón descomunal, las sombras lo alzaron en vilo y tiraron de él hacia el centro del cráter, arrastrándolo directo hacia las garras de la diosa.

Pero Ágata había subestimado los reflejos de un Uldenhar, la auténtica criatura heredera del poder de su hermana.