CAPÍTULO 16
TRES ESENCIAS
El caos que devoraba las calles.
En los límites exteriores de la ciudad, junto a las murallas doradas de Heindor ahora apagadas por completo, Tsuneo jadeaba pesadamente.
El Uldenhar había estado empujando, arrastrando y, en los casos más desesperados, lanzando literalmente a los desorientados Calán por encima de los muros hacia la fría seguridad de las tierras yermas.
Su instinto de protección le había exigido sacarlos de la zona de influencia de Lysandra a cualquier precio.
Pero entonces, el aire se pudrió en una bruma ácida e intangible.
No fue un simple cambio de temperatura. Tsuneo percibió una presión asfixiante, gélida y viscosa que le abrasó los pulmones y le erizó cada centímetro de su cuerpo dorado.
Se detuvo en seco, soltando con muy poca delicadeza a la mujer que llevaba arrastrada por las ropas, y giró la cabeza hacia el corazón de la ciudad.
A lo lejos, coronando el abismo humeante donde antes se alzaba el castillo de Heindor, la colosal cúpula de magia blanca que Lysandra había erigido estaba transformándose frente a sus ojos.
El brillo inmaculado empezó a corromperse desde el interior.
Densas vetas de oscuridad treparon por la barrera como venas corrompidas, devorando el blanco hasta teñir la esfera entera de un negro absoluto, denso y abismal, que parecía tragarse la luz del día.
Tsuneo conocía ese color a la perfección.
Lo había visto en los rincones más profundos del mundo y en las peores pesadillas de su propia estirpe.
Era la Oscuridad primigenia. Y el Uldenhar sabía exactamente quién acababa de tomar el control de esa cúpula.
Solo ella sería capaz de traer las sombras de vuelta.
Ágata.
La diosa por la que los habían congelado a él y a toda su especie para evitar que escapara y ahora se alzaba ante sus ojos. Habían fallado a Calandra sin haber tenido la oportunidad de cumplir su tarea.
Un rugido atronador, un grito de guerra cargado de rabia, brotó desde lo más profundo de su pecho. Dio por terminado su deber de evacuar a los Calán. Los que quedasen en la ciudad debían seguir adelante por sus propios medios, él debía enfrentarse a Ágata.
Sin dudarlo un segundo, Tsuneo abandonó a los atónitos supervivientes, dio media vuelta y echó a correr a una velocidad desesperada hacia el centro de Heindor. Sabía a la perfección que cada segundo se haría más fuerte. Debía evitarlo como fuera.
Su carrera desesperada hizo vibrar el suelo, pero la ciudad que ahora atravesaba ya no parecía la misma.
Solo minutos atrás, cada una de sus pisadas había arrancado destellos dorados, activando las runas a su paso en un rastro de luz imposible de pasar por alto.
Ahora, la magia neutral había muerto por completo.
Bajo sus pies, las avenidas estaban frías, inertes y mudas, libres para caer al abismo sin que nadie lo impidiera.
El cataclismo desatado por la unión de Lysandra y la diosa oscura estaba terminando de despedazar la ciudad.
A medida que el Uldenhar cargaba con una furia implacable, la arquitectura de la tiranía solo sostenida por la magia de Heindor se desmoronaba a su alrededor.
Los edificios dorados caían a plomo sobre sus bases, desplomándose como castillos de naipes bajo el peso de un terremoto persistente y monstruoso que parecía azotar el mundo entero.
Las calles doradas estallaban a su paso con chasquidos ensordecedores.
Enormes grietas y abismos se abrían de improviso, engullendo estatuas, escombros y farolas apagadas.
Pero Tsuneo no frenó. Saltaba sobre las simas abiertas con su agilidad natural, esquivaba las fachadas que se derrumbaban a sus flancos y se abría paso a zarpazos entre las ruinas, convertido en una estela dorada que cruzaba una ciudad agonizante, directo hacia la cúpula negra donde aguardaba el final de todo.
Mientras Tsuneo devoraba los metros hacia Ágata, esquivando cascotes y profundas grietas en el suelo, un grito familiar y cargado de eco interrumpió el rugido del terremoto. Provenía de una fosa profunda abierta en mitad de la calzada ante él.
—¡Tsuneo! ¡Por aquí abajo! —bramó Tristán desde el interior del hoyo.
El pelirrojo no se había caído por accidente, sino que se había arrojado sin pensarlo al foso para rescatar a un niño neutral que se había precipitado al interior, aterrorizado por los estertores de la tierra y desorientado por su repentina libertad.
Justo en ese instante, Raika pasó corriendo a su lado a un galope frenético, haciendo retumbar los escombros.
La imponente criatura llevaba a cinco ciudadanos neutrales aferrados a su lomo, sorteando las fachadas que se derrumbaban a toda velocidad en dirección a la muralla exterior, decidida a sacarlos de la ratonera antes de que la capital colapsara por completo.
Volvía a tener casi el mismo tamaño que durante su carrera hacia Heindor.
El agotamiento de la loba debía de ser terrible a aquellas alturas.
Sin perder un segundo, Tsuneo se asomó al borde del agujero.
Tristán, sosteniendo al pequeño con esfuerzo con uno de sus brazos, se lo lanzó a la bestia dorada.
El Uldenhar sujetó al niño por las ropas sin ninguna delicadeza y lo izó de un tirón hacia la superficie, dejándolo caer al suelo de la temblorosa calle.
Tristán trepó justo detrás, impulsándose con rabia hasta salir del foso de un salto ágil.
—¡Corre hacia la muralla! ¡Sigue el rastro de Raika y no mires atrás! —le ordenó el pelirrojo al muchacho, señalando la ruta de evacuación. El niño, espantado pero libre por fin del letargo mágico, asintió y echó a correr con todas sus fuerzas siguiendo las instrucciones del protector.
Tristán se giró hacia Tsuneo, limpiándose el sudor de la frente mezclado con la ceniza que ya lo cubría todo.
Fue en ese momento cuando notó la tremenda rigidez en los músculos de la criatura dorada y cómo su mirada seguía clavada en la cúpula, que terminaba de teñirse de una oscuridad corrupta y absoluta.
El Uldenhar exhaló un siseo ronco y profundo, y el mensaje llegó nítido a la mente del pelirrojo, cargado de una urgencia ancestral.
—Ágata está aquí —le dijo Tsuneo—. Debemos detenerla.
Tristán apretó los puños y abrió los ojos de par en par. No conocía a Ágata, pero sabía lo que había hecho en Ónice con solo una breve insinuación de su presencia y era más que suficiente para temerla.
—No podemos vencerla, Tristán. Ni ahora, ni nunca. Al menos solos. Jamás podremos derrotarla sin la ayuda de Calandra.
Tristán asimiló las palabras de la criatura dorada. Sabía que Tsuneo no exageraba; el peso de la historia y el abismo de poder que representaba la deidad de los druganos negros eran imposibles de ignorar.
La esfera comenzó a girar en un vórtice de oscuridad atravesado por líneas blancas, danzantes y erráticas, ganando velocidad a cada segundo.
—Nuestro papel tal vez no sea derrotarla, Tsuneo —replicó Tristán, volviendo la mirada hacia la colosal masa de tinieblas que se erguía sobre lo que antes había sido el castillo—.
Sino solo ayudar. Ser el escudo de los que aún respiran, plantar cara y ganar el tiempo suficiente para protegerlos.
Si nosotros no podemos matarla hoy, al menos nos aseguraremos de que haya un mundo en pie para cuando Calandra decida participar.
El Uldenhar sostuvo la mirada del protector durante un largo y denso segundo.
En aquellos profundos ojos brilló un respeto absoluto.
No era una estrategia de victoria, era un pacto de sacrificio.
Tsuneo emitió un bufido ronco, bajando su cabeza dorada en un gesto de solemne aceptación.
Si su destino era arder en aquel cráter para darle una oportunidad al futuro, lo harían juntos.
Antes de que pudieran dar el primer paso hacia la cúpula para enfrentarla, el sonido de unas garras rasgando violentamente el suelo dorado anunció una nueva llegada.
Raika irrumpió derrapando entre las ruinas de la calzada.
La enorme loba roja, tras haberse asegurado de que su última carga de ciudadanos llegaba a salvo hasta la muralla exterior, había regresado a una velocidad suicida.
Su pelaje escarlata estaba cubierto de polvo y ceniza, y su respiración era un fuelle ardiente, pero sus músculos estaban tensos como acero forjado.
Sus ojos decididos se movieron intermitentemente entre Tristán y Tsuneo.
“Te he oído —le dijo mentalmente a su compañero. Este tragó saliva y asintió”.
“Lo sé. —Tristán dio paso hacia ella y acarició su cabeza con cariño—. Lo sé”.
Una lágrima recorrió la mandíbula de la loba.
“Supongo que no tenemos tiempo para despedirnos como se merece, ¿verdad? —preguntó con esperanza”.
Tristán apoyó la cabeza en su frente y suspiró con dolor.
“Ese lugar está corrompido ahora que Ágata está libre —aseguró. Lo sabía tan bien como ella. Una sensación de rabia lo invadió cuando la loba le transmitió su furia. ¿Cómo osaba destruir su lugar especial?”
“Acabaremos con ella —dijo con determinación—. No sé cómo ni cuándo, pero lo lograremos”.
Raika aulló con todas sus fuerzas hundiendo las patas delanteras en el suelo fracturado, ignorando por completo los edificios que seguían colapsando a su espalda.
Toda su atención estaba fija en el antiguo corazón de Heindor.
Erizó el lomo al completo y echó las orejas hacia atrás.
Un gruñido profundo, ostensible y vibrante, cargado de un odio animal y primitivo, brotó de sus fauces dirigido directamente hacia la cúpula.
Echó a correr hacia la oscuridad sin que ninguna despedida saliera de sus labios. Ella no estaba dispuesta a ser derrotada por una simple diosa. Salvaría a su compañero fuera como fuera.