CAPÍTULO 15 #3
—No lo es —aseguró. Una segunda capa de abrigo cayó en la cama—. Tu libertad, mi muerte.
—Huye de allí.
Sadie negó con la cabeza. Comenzó a desatar la camisa.
—Soy una mujer adulta en un mundo de jóvenes guerreros. Sin mi magia, no soy nada.
La camisa cayó sobre su cintura. Apoyó la mano sobre la daga y respiró hondo.
—¡Espera! ¡No lo hagas!
Pero Sadie no se dejaría matar cuando ella podía elegir. Siempre podía elegir.
—Nos encontraremos en otra vida, mago.
—¡No hay otra vida ya! —gritó desesperado. Corrió hacia la mujer mientras esta levantaba la daga y la apoyaba bajo su pecho izquierdo.
—Nunca la hubo para nosotros.
—¡No!
Un rugido atronador zarandeó los muros de la Academia. La estructura de la biblioteca, herida casi de muerte tras la destrucción del Núcleo, cedió parcialmente bajo la fuerza de su grito.
—¡Cuidado! —gritó Owen, que derribó a Cerón antes de que este reaccionara. Sus ojos, uno marrón y otro naranja, seguían dentro del barco de Praedesi. El Cazador arrastró al mago mientras Terra se enfocaba en que la gravedad ignorara a la estructura que se desmoronaba sobre ellos.
—¡Darius! —gritó Liora corriendo hacia el agujero en el suelo. Este comenzó a desmoronarse ante ella—. ¡No!
Melissa sujetó a Liora y tiró de ella alejándola del abismo que se abría.
La Cazadora se resistió, pero su habilidad no era física y no pudo contrarrestar la juventud de Melissa.
Los cinco lograron salir de la biblioteca y Terra se vio obligado a dejarla caer por completo.
Apartó los ojos con dolor sabiendo que sería un castillo de naipes desmoronándose sobre Darius.
Liora gritó desgarrada por el dolor. Owen la miró con una lágrima en los ojos, pero no podía permitirse el luto.
Corrió al exterior y se asomó al patio. Miró al cielo y vio la figura que más temía encontrarse.
La hermana de Rhogar volaba la Academia en un círculo de expectación que pronto se abriría para ella.
Owen volvió al interior de la fortaleza. Cerón seguía en el suelo donde lo había dejado. Sus ojos seguían fijos en ninguna parte. Se arrodilló a su lado y lo sacudió por la chaqueta.
—¡La hermana de Rhogar está aquí! —le gritó. Terra y Melissa se volvieron hacia él. Un segundo después, Rhogar entró corriendo en la estructura.
—Vexia está aquí —aseguró identificando por primera vez a su hermana.
“Vexia… —pensó el mago—. ¿Dónde he escuchado ese nombre antes?”
La mente del mago se alejó de la Academia.
El techo de la fortaleza vibró y se difuminó para mostrar un cielo despejado y suave, de temperatura agradable, quizá demasiado húmeda.
Un segundo después, confirmó que la humedad era frustrante.
El recuerdo de los bosques de los elfos estalló ante él.
Sin embargo, no se encontraba en un bosque, sino en una explanada descubierta de vegetación.
Para su sorpresa, era un círculo de destrucción en el que habían sido arrancados, aplastados o quemados más de cien metros de bosque.
Sacudió la cabeza con sorpresa. Los elfos se tomarían muy mal aquella catástrofe.
—Alguien ocupará tu lugar —dijo la voz delicada, armoniosa e inconfundible de una elfa. Cerón se puso en pie y se volvió hacia la voz. Tal y como había identificado, una elfa de rubios cabellos y rasgos delicados se erguía con firmeza en mitad del desastre.
Su figura reflejaba una belleza regia e imponente, realzada por el intenso tono verde de sus ojos, que refulgían como esmeraldas vivas en medio de la desolación.
Cubría su cuerpo con una ajustada armadura de tono verde hoja que se amoldaba con elegancia a su silueta, brillando sutilmente con los reflejos del entorno.
Llevaba el casco quitado por completo, dejando al descubierto su larga melena dorada, que caía en suaves ondas sobre los hombros y contrastaba con el metal de su peto.
Frente a ella, dominando la escena con una presencia aterradora, se alzaba una mole de escamas oscuras como la noche.
Un colosal dragón negro observaba la escena, cuya imponente figura superaba con facilidad los treinta metros de altura únicamente hasta la grupa.
La pálida figura de la elfa y su brillante armadura destacaban diminutas, pero desafiantes, contra la sombra gigantesca y amenazante de la bestia ante ella.
“Nadie puede ocupar mi lugar —replicó el dragón mentalmente. Su inmenso poder irradió hasta el propio mago, a incontables leguas de distancia, si bien ni siquiera sabía si era real. Sin embargo, estaba seguro de que lo era—. Rhogar no es lo bastante maduro y Vexia jamás debe hacerlo. Ella no será capaz de rechazar la Oscuridad”.
—Tal vez sí, Kalmenter.
Cerón abrió los ojos de par en par. Con sorpresa, observó al monstruoso dragón que había acabado con Roland caminando en el mundo de los vivos de nuevo.
Tal vez fueran imaginaciones suyas o solo el hecho de verlo en todo su esplendor, pero habría jurado que era más grande que antes.
El recuerdo de Nefrén cuando Kalmenter llegó a la Torre de Mármol Negro bajo las órdenes de Nurae se lo confirmó. Era mucho más grande ahora.
El dragón bufó ante la elfa y arañó el suelo con rabia.
“Ella no debe liderar jamás. No soportará la carga”.
La elfa asintió confiando en su criterio.
—¿Qué vas a hacer?
“Regresar antes de que sea demasiado tarde. Demasiados años han pasado ya”.
—¿Y a ella? —preguntó señalando un cuerpo que Kalmenter escondía bajo su garra derecha donde Cerón no pudo distinguirla—. ¿Te la vas a llevar contigo?
La cabeza del dragón descendió hasta situarse ante la elfa.
Sus dientes eran más altos que ella. Sin embargo, la elfa mantuvo la posición sin retroceder lo más mínimo.
Chasqueó las mandíbulas ante ella sin éxito.
Finalmente, Kalmenter lanzó una nube de humo negro sobre ella.
La elfa movió una mano y el viento borró todo rastro de la humareda.
“Sí —decidió. No le estaba preguntando y ni mucho menos pidiendo permiso. Los Calán jamás piden permiso—. Debo protegerla”.
—Buen vuelo, entonces. Saluda a mis hermanas cuando las veas.
“Algo me dice que una te está escuchando”.