Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

Terra suspiró y se puso en pie. Cerón se acercó a ayudarlo. El ojos marrones llegó hasta el mapa y fue señalando mientras explicaba lo ocurrido. Abarcó con la mano las ciudades más cercanas a la Academia.

—Estas de aquí ya han caído —dijo con dolor. Tragó saliva—. Muchos de los Cazadores los acompañaron. No pudieron abandonarlos y…

—Comprendo —aseguró Owen—. Un Cazador no huye.

Terra asintió.

—Pero al menos ocho regresan ya, algunos con heridas graves. Los dragones atacaron las ciudades con desesperación, al igual que Vyr. Solo que esta vez no había un mago que expulsara la bruma negra. Toda la ciudad fue consumida. Muchos de nuestros hermanos con ella.

—¿Han…?

Terra negó con la cabeza. Respiró hondo.

—Son las mismas sombras que vimos en Vyr.

—Mierda, Terra. ¿Alguna buena noticia?

El ojos marrones señaló las ciudades más lejanas.

—Conseguimos convencerlos de detenerse y regresar. Ellos fueron los primeros que vieron a los dragones volar hacia aquí. No preguntes cuantos son, Owen.

—¿Muchos? Me refiero a Cazadores.

—Sí, muchos. Podría decir que todos. Les cuesta comprender lo que les decimos, pero la ayuda de Melissa es indispensable. Cuando han visto lo ocurrido, han cambiado por completo. Sin embargo…

—¿Sin embargo?

—Algunos siguen hacia las ciudades, sobre todo las grandes urbes a menos de tres días.

—¿Por qué?

—Refuerzos —dijo Cerón interrumpiendo a Terra—. Perdón...

—El extranjero tiene razón. Quieren traer toda la ayuda que puedan. Quieren reclutar a todos los Vigilantes y Soldados para luchar.

—No pueden perder el tiempo en eso. La Academia caerá antes de que lleguen, cuando además no son Cazadores siquiera. Deben regresar cuanto antes. —Owen estaba escandalizado.

—Se lo he explicado. Sin un líder en la Academia que dé instrucciones, cada armadillo se gobierna a sí mismo.

—Mierda. —Eran las normas. Cada Destacamento tiene libertada para ejercer lo mejor para la Academia que crean oportuno—. Está bien. ¿Has localizado a todos?

—Aún no. Pero quedan pocos.

—Continúa, haz lo que puedas. Haced lo que podáis los tres. Vamos arriba —le indicó al mago. Pero Cerón no lo acompañó.

El mago meditaba cómo resolver aquel misterio.

Ya había visto que las ciudades poseían armas tan impresionantes como las de la Academia.

Además, tenían a los Vigilantes y a los Soldados, grupos entrenados en la defensa de sus murallas.

Tal vez no fueran tan útiles como los Cazadores, pero habían sido entrenados parcialmente, desde luego mucho más que cualquier humano de las ciudades.

Recordó entonces la espada de Suren y cómo les habían atacado con las runas negras. ¿Habrían hecho lo mismo?

—Los Destacamentos. ¿Se enfrentaron a las ciudades? —preguntó a Terra—. Como a nosotros en Vyr, ¿te acuerdas?

—Sí, me acuerdo. No lo hicieron, de ser así buscarían lo mismo.

Cerón asintió. Una duda pasó por su mente rápida y certera.

Si la luna, representación de la magia de Sonthorn, había desaparecido, ¿qué ocurriría con la dependiente de la Oscuridad?

La había visto materializarse en el cuerpo de Ónice al otro lado del mundo, lo cual le desgarró el alma al recordarlo, pero ¿seguiría funcionando?

No podía arriesgarse sin Nefrén a trazar una runa de ninguna manera.

Si se equivocaba y la Oscuridad lograba vencerlo, se llevaría un enemigo a su bando que era imposible de imaginar hasta dónde llegaría.

Sin embargo, algo le decía que todo había cambiado y que las runas negras habían dejado de funcionar.

Una sensación de conocimiento absoluto llegó hasta él.

Liora se llevó las manos a la boca cuando los ojos de Cerón se detuvieron en el color dorado.

Brillaron con intensidad mientras la idea iba ganando peso en su mente.

Ladeó la cabeza mirando la posibilidad desde varios ángulos.

Sin embargo, provocaría tantas consecuencias en el mundo entero que le era imposible abarcar el desenlace final.

Ante él estaba la idea de que las runas, todas las runas, blancas o negras, había muerto con la caída de las diosas que las nutrían.

—Las runas —dijo exaltado—. ¿Las han usado desde que bajamos al Núcleo?

—No hemos hablado sobre ello —reconoció el ojos marrones.

—Estas ciudades, las del segundo perímetro. ¿Han caído?

—No —aseguró Liora. Como Canalizadora para Terra, veía y sabía lo mismo que él—. No hemos hablado con ninguno de ellos aún. Son los que nos faltan.

—Han tenido tiempo de llegar hasta allí aunque fuera por poco.

—¿A dónde quieres llegar? —preguntó Owen.

—A que no habrán podido corromper las Esencias de esas ciudades. Estarán protegidas y podrán enviarnos refuerzos.

—Averígualo —ordenó Owen a Terra. El Cazador respiró hondo y aceptó la idea.

Los ojos de Cerón se mantuvieron en su color dorado actual mientras su mente trabajaba.

Las runas negras habían corrompido a Praedesi, a los druganos negros e incluso a los dragones negros.

¿Dejarían estos de enfrentarse a los humanos?

Supo al instante que no. La visión de las bestias iniciando el vuelo hacia la Academia no era un sueño, sino que habían sido sus propios ojos los que habían observado cómo alzaban el vuelo.

El mal estaba hecho ya. Aquellos Calán que habían cedido a la Oscuridad no regresarían jamás. Los Rebeldes, en cambio, tenían una oportunidad aún.

—No funcionan —aseguró Terra. Owen miró al mago. Sabía que era importante, pero no por qué. El mundo de las runas negras era tan desconocido como el de los Cazadores para el mago.

—¡Lo sabía! —exclamó exultante. Al momento enarcó una ceja y se tragó el júbilo en una bola que se atascó en su garganta.

Si no había runas negras, no habría blancas.

Su búsqueda en la Isla había finalizado.

Su visión respecto a Esmeralda jamás se cumpliría.

Había vuelto a cambiar su futuro sin pretenderlo.

Era imposible saber ahora qué le depararía—. ¿O tal vez no?

—¿Cómo has dicho? —preguntó Melissa aún cerca de su rostro.

El mago ignoró a la Cazadora. Frunció el ceño y se concentró en las runas y en los cambios respecto a ellas.

Ante sus ojos, la imagen de Sadie golpeando con furia una mesa ganó una nitidez extraña.

Era casi traslúcida y no ni un solo sonido proveía de ella.

Era un reflejo en una bruma que no revelaba nada.

La mujer agarró una estantería y la tiró contra el suelo desperdigando todos los libros.

Bajó la mirada y descubrió que reconocía el nombre de uno de los tomos.

Dio un paso hacia delante y se agachó dispuesto a recogerlo. Melissa se apartó de su camino y abrió los ojos de par en par. Tropezó con la mesa y cayó de espaldas mientras ahogaba un grito.

—¡No puede ser! —exclamó Terra.

Pero Cerón ignoró a ambos Cazadores. Extendió la mano y sus dedos traspasaron el lomo sin llegar a tocarlo.

—¡No! —gritó furioso y decepcionado.

Apretó los dientes y cerró los ojos por un momento.

Respiró hondo y controló su respiración.

Una de las primeras normas de la Escuela de Magia se refería a mantener sus emociones bajo control.

Cerón calmó su corazón y se concentró en buscar a aquella mujer que le había permitido escapar de Praedesi.

Al menos, pudo saber que estaba viva. Sin embargo, ella tenía algo que ver con la espada de Suren, necesitaba hablar con ella.

Cuando los abrió, la escena de Sadie se había materializado a su alrededor.

Ya no escuchaba los gritos de asombro de los Cazadores ante él, sino que podía sentir el balanceo del barco en el que la mujer viajaba.

Fue como volver a su hogar, no pudo negarlo.

Se agachó y recogió el libro del suelo. Leyó el nombre y confirmó que lo conocía.

Al fin tenía “Ojos de hierro” en su mano.

Por fin podría leer la historia de Valeria y la Guerra de las Esencias.

“Por fin —pensó—. Ahora solo tenemos que sobrevivir”.

Sadie se quedó paralizada. Abrió los ojos de par en par y miró en todas direcciones en busca de quién había invadido su camarote.

Trató de dibujar una runa negra con la que defenderse sin obtener el más mínimo resultado.

Gritó de rabia y frustración y desenvainó una espada corta.

La blandió ante ella buscando al enemigo invisible que había escuchado.

—¿Quién está ahí? —preguntó sintiéndose indefensa como no lo había estado desde que se encontró con Nefrén tantos años atrás. Un escalofrío recorrió su espalda—. ¡Muéstrate!

—Soy yo, Cerón —aseguró. El mago no supo porque había confesado, si Nefrén hubiera seguido con él, sus burlas durarían semanas—. No te asustes.

Sadie dejó caer la espada y esta se clavó en la madera. Miró en todas direcciones sin encontrar al mago.

—¿Cómo… cómo lo haces?

—Es una larga historia.

—¿Qué has hecho con las runas? —preguntó. Ahora que tenía al mago ante ella, más o menos, comprendió que había llegado mucho más lejos de lo que ella habría imaginado.

—La Oscuridad se ha ido.

—No se ha ido, no puede irse cuando está en todos nosotros.

No le faltaba razón, pero no era la que ella pensaba. Sadie desconocía todo lo que él había aprendido.

—Se ha ido —se limitó a repetir. No tenía intención de contarle todo—. Se acabaron las runas.

El rostro de Sadie se contrajo. Negó con la cabeza y se acercó a su cama.

Se sentó en ella con lentitud. Cogió una daga de su espalda y la dejó sobre las mantas.

Debía de ser un clima terriblemente frío si necesitaba todas aquellas mantas.

Su ropa no era mucho más ligera. Debían de estar muy al sur, desde luego no viajaba de vuelta al continente.

—Pronto las acompañaré —aseguró—. Dijeron que traerías el fin de Praedesi. Y yo te dejé libre.

—¿Qué?

—¿Qué crees que le ocurría a quien le regala la libertad a quien destruye toda nuestra organización? —Una risa triste emergió de sus labios. Desabrochó la primera ropa de abrigo sobre su pecho—. Me castigarán por ello.

—¡Tú no tienes la culpa! Es… es complicado.