Una voluntad robada (El Heredero del Cielo 18) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

UN ECLIPSE DE ALAS

Cerón se erguía despacio. El mundo a su alrededor no se había transformado con la rotundidad que vaticinaban los Cadetes tras adquirir su nueva habilidad.

Miró a Morgath confundido. El Cazador de ojos negros lo miraba desconcertado hasta el extremo tratando de adivinar qué consecuencias acarrearía lo que acababa de presenciar.

Hasta donde él sabía, no había habido nadie como él.

Sacudió la cabeza y miró hacia la grada en busca de respuestas que no obtuvo.

Todos mostraban la misma expresión de desconcierto que él.

—¿He hecho algo mal? —preguntó el mago observando su respuesta.

—No… no lo sé. —Morgath miró al cadáver del dragón tras él. Seguía sin entender lo ocurrido—. Pero me alegro de haber vivido para verlo.

—¿Para ver qué?

Cerón se volvió hacia la grada y descubrió docenas de ojos desconcertados fijos en él. Muchos brillaban tratando de averiguar algo más gracias a sus propias habilidades. Solo Freya sonreía. Owen abría y cerraba la boca incrédulo, incluso Elyndra negaba incapaz de asimilar lo que veían sus ojos.

Morgath tosió y carraspeó. Debía de terminar la ceremonia, por muy extraña que fuera. Ya tendría tiempo para aclarar lo ocurrido, si es que alguna vez podía.

—El Foso del Crisol ha dictaminado que dieciocho de vosotros seáis consagrados a la categoría de Cazadores Buscadores.

Continuar vuestro entrenamiento —dijo de forma rutinaria.

El entrenamiento en la Academia había sido cercenado de forma bruta— y encontrad vuestra Escama tras participar en la primera muerte de un dragón.

Id y rendid el respeto y recuerdo adecuado a los cuatro Cadetes que no superaron la prueba y que nunca más podrán volver a intentarlo.

Cerón agachó la cabeza en señal de respeto a los cuatro Cadetes fallecidos durante su prueba.

Al contrario que ellos, él sí sabía que jamás serían acogidos por su diosa.

Sus almas se perderían para siempre, al igual que todas las que cayeran a continuación.

Tarnicis había conseguido su objetivo y ya no había nada tras la muerte.

El mago se alejó de Morgath y esperó a que todos los ojos que lo observaban bajaran la escalera.

Morgath se llevó el cuerpo del dragón, solo que esta vez tuvo que esforzarse para lograrlo.

La ojos marrones abrió la puerta para que se llevara el cadáver y desapareció dejando a los Cazadores en el Crisol.

Él tenía que encargarse de los cuerpos como siempre había hecho.

Cuando los Buscadores rodearon a Cerón, una interminable oleada de preguntas se cernió sobre él. Por supuesto, ni comprendía ni sabía responder a ninguna de ella. Sin embargo, entendió gracias a ellas que había logrado un proeza que desconocía.

—¡Basta! —gritó Owen a los presentes—. Ya habrá tiempo para preguntas.

Id a revisar las defensas, los dragones pronto estarán aquí.

Tú —dijo señalando a una Buscadora con ojos dorados recién adquiridos.

Solo había brillado uno de los dieciocho, si no contaba a Cerón y no tenía pensado hacerlo—, organiza la defensa del patio dos.

Revisa el tres con los instructores y el cuatro con mi Destacamento. ¿Entendido?

—Sí, líder de Orden.

La joven se alejó dispuesta a cumplir sus órdenes.

Tras ella marcharon el resto de Buscadores.

Los instructores se aceraron a ver a Cerón un instante más antes de continuar tras ellos.

Owen esperó a que todos hubiesen abandonado el Crisol.

Solo Freya, Elyndra, Thorgum, Ronan, Kyran y Abbey permanecieron con él.

Todos estrecharon la mano del mago agarrando su antebrazo con fuerza. Por cada uno de ellos, los ojos de Cerón cambiaban de color al estrecharlos.

—Curioso —aseguró Ronan, sorprendido—. Deberíamos tomar nota de todo esto, Owen.

—Ya, cuando la Academia haya sobrevivido, lo estudiaremos.

—Cuando haya sobrevivido —recalcó Freya—. Ya no es si sobrevive. —La ojos rojos asió el brazo de Cerón y los ojos de este brillaron rojos con la misma fuerza que los de ella—. Has recuperado la esperanza.

—Tú misma lo dijiste. Siempre hay un contrapeso para cada poder. En este momento la balanza está en nuestra contra. Quizá hayamos encontrado a quien sea capaz de equilibrarla. —Owen apretó el antebrazo del mago y asintió mirando sus ojos dorados.

—Alguien debería decirme qué está pasando —pidió el mago.

—Volved a vuestros puestos. No tardarán en llegar —ordenó y ninguno protestó. Solo Elyndra se quedó un minuto más para abrazar las piernas del mago con fuerza.

—Siempre creí en ti —dijo antes de desaparecer dejando al mago aún más confundido

Cerón y Owen se quedaron a solas. El ojos dorados inició la marcha a través del túnel de acceso.

—Portas los diez colores en tu ser, Cerón —reveló Owen, con la voz empapada de asombro. El mago enarcó una ceja y lo miró sorprendido—. Jamás ha ocurrido. Nunca nadie ha tenido más de dos colores y esa fue la mismísima Valeria durante la Guerra de las Esencias.

—Tiene que ser una broma. —Por mucho que lo pensó, no encontró otra explicación.

El ojos dorados negó con la cabeza. Fueron pasando ante las jaulas de los dragones sacrificados. Estas habían sufrido la ira de incontables especímenes previos y aparecían mutiladas por las garras de sus presas.

—No lo es. Los diez colores volvieron a ti y no sé qué significa.

Solo entiendo que debe haber una razón, y la única que se me ocurre es que el mundo se ha ido a la mierda por completo.

—Cerón no pudo rechazar su teoría. Era lo único de lo que él estaba seguro—.

Primero una ojos blancos, después un Tharbrins muerto, ahora la caída de la Academia y la destrucción de las ciudades.

—En verdad, ignoro qué nueva calamidad pueda sacudir este mundo, pero me alegro de tenerte de nuestro lado.

—Es el único lado, Owen, no me lo agradezcas.

—Los Cazadores no nos guardamos nuestros sentimientos, porque demasiado a menudo no tenemos más oportunidades para expresarlos.

Ojalá hubieses conocido la Academia en su apogeo —dijo con un suspiro al salir de la montañas.

La noche había caído durante la ceremonia.

El patio se mostraba ahora repleto de armas preparadas para repeler los ataques.

Cerón no conocía casi ninguna de ellas—.

Vendrán desde el norte, desde allí —aseguró señalando por encima de la muralla interior—.

No tienen otro camino, estamos respaldados de montañas demasiado altas incluso para ellos.

—Yo los he visto volar por encima de la cordillera central sin problemas. ¿Estás seguro de que no serán capaces?

—Ahora mismo ya no estoy seguro de nada —dijo tras una risa apenada—. Si llegan desde la montaña nuestra defensa no servirá de mucho. Hay cuatro murallas, cuatro patios para defendernos. Trataremos de hacerlos caer con los escorpiones, pero la gran batalla se librará en el suelo.

—¿Por los dragones Rebeldes? ¿Los que no tienen alas?

—Sí, en parte.

Cerón negó con la cabeza.

—No creo que nos ataquen —aseguró sorprendiendo al Cazador—. Aún no han volado, no han sido corrompidos por la Oscuridad. Tal vez esquiven la llamada…

—Es una posibilidad, pero no podemos correr riesgos. Toda criatura con garras que acuda será repelida.

—Rhogar no lo aceptará. Son sus hermanos. Él logró escapar y busca lo mismo para ellos. No debemos hacerles daño.

Owen frunció el ceño. La decisión no era fácil.

—Tu magia, ¿es capaz de mejorar tu vista? —Cerón asintió—. Te subirás a la torre más alta. Desde ahí vigilarás el cielo y el suelo. Quiero saber todo lo que ocurre más allá de las murallas.

—¿Cómo te informo?

Owen arqueó una ceja. Se señaló los ojos y después hizo lo mismo con los del mago.

“Creen que tengo todos los colores —se recordó. Sin embargo, él no sentía nada especial en sí mismo. Owen comprendió su frustración”.

—La posesión no implica control. Para algo nos formamos durante cuatro años, ¿no te parece? Llegará, eres inteligente, encontrarás la manera. Ven conmigo, quiero ver cómo va Terra. Ya ha tenido tiempo a lograr algún resultado.

Cerón caminó junto al ojos dorados, pero su mirada se volvió instintivamente hacia el cielo buscando quizá, un pequeño destello dorado que los ayudara en las próximas horas.

No localizó el brillo que buscaba y se extrañó de que en el cielo no había luna ninguna cuando la noche previa, o la anterior, dado que había estado encerrado en el Fogón la previa, sí había una vigilando desde el firmamento.

Frunció el ceño con preocupación y se adentró en la fortaleza.

Siguieron el camino hasta que llegaron a la biblioteca, donde Terra estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, concentrado.

Ante él se situaba Liora con la misma expresión.

Melissa, con el pelo revuelto y los labios resecos, permanecía sentada en la mesa que sostenía el mapa de su mundo.

Los observó acercarse y se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio.

Owen asintió y esperó junto al mapa. Cerón hizo lo mismo, lo que le permitió a Melissa descubrir su mirada.

Se frotó los ojos y volvió a mirarlo, sin duda creyendo que su agotamiento mostraba imágenes extrañas ante ella.

Miró a Owen que repitió su gesto y le pidió silencio. La ojos violetas lo miro furiosa, pero soportó la curiosidad, al menos por el momento. Los tres aguardaron a que Terra y Liora volvieran en sí. El maduro ojos marrones se dejó caer de espaldas agotado.

—¿Se puede saber qué narices le ha pasado? —estalló Melissa señalando al mago. Se puso en pie y se acercó a él hasta no estar a más de un palmo de su rostro—. No puedo creerlo…

Terra y Liora volvieron la cabeza hacia ellos y descubrieron al momento lo que preocupaba a Melissa. Terra negó con la cabeza, pero Liora asintió sin más, como si comprendiera lo que ocurría.

—Ya era hora —aseguró la Cazadora. Se giró hacia Terra—. Sigamos.

—¡Espera! —la atajó Owen—. Infórmanos de los avances.