CAPÍTULO 14 #4
Pero el viejo no se inmutó. En el punto más alto del vaivén, soltó la cadena con una mano, trepó por las fauces del dragón y le golpeó con el codo directamente sobre la cuenca del ojo izquierdo. El crujido resonó en toda la fosa.
El dragón soltó un alarido ensordecedor y se tambaleó hacia adelante.
Morgath utilizó la inercia para deslizarse por su cuello, rodeó la garganta de la bestia con la cadena y cayó sobre la arena.
Corrió hasta la primera argolla que encontró y deslizó la cadena en su interior.
Tiró con toda la fuerza descomunal de su Esencia hasta que arrastró al dragón hasta la argolla.
Saltó sobre su cuello y corrió hasta la siguiente argolla dónde paso la cadena de nuevo.
Tiró con todas sus fuerzas. Las venas del cuello de Morgath se hincharon como cuerdas; los músculos de su espalda crujieron bajo una tensión salvaje que desafiaba cualquier límite.
El dragón arañó el suelo desesperado, levantando nubes de polvo y dejando surcos profundos en la piedra mientras intentaba respirar mientras la cadena se hundía sin piedad entre sus escamas más y más.
Por un segundo, la fuerza del dragón pareció superar a la del anciano y logró alzase unos centímetros. El dragón agitó la cola y golpeó la espalda de Morgath, haciéndole escupir una bocanada de sangre oscura que manchó la arena.
Morgath rugió y dio un último tirón ciego, brutal y definitivo. El cuello del dragón se partió con el estruendo de un tronco centenario quebrándose en mitad de una tormenta.
La mole cayó sobre la arena, levantando una densa polvareda que tardó unos segundos en disiparse. Morgath permaneció a la espera durante un instante respirando con dificultad.
Se acercó a su cabeza y agarró el primer cuerno que vio con la mano temblorosa. Miró hacia la galería superior, clavando sus ojos negros en Cerón.
—Baja—ordenó con un hilo de voz.
Cerón obedeció. Su corazón amenaza con desbocarse en su pecho. La ansiedad lo abrazó con fuerza. Sintió la lengua seca en su boca y pensó de forma infantil que quizá lo más complicado para él sería repetir el juramento de los Cazadores. Se situó ante Morgath y se arrodilló ante él.
Morgath no perdió el tiempo. Hundió el brazo en el pecho aún caliente del dragón, desgarrando su cuerpo hasta aferrar el núcleo. Tiró con fuerza y extrajo la Esencia , que palpitaba con un brillo salvaje.
Se colocó frente a Cerón y alzó el objeto sobre su cabeza.
—Repite conmigo, muchacho —dijo el anciano con la respiración entrecortada—. Un Cazador jamás huye de la muerte.
—Un Cazador jamás huye de la muerte —pronunció Cerón. La voz le salió firme a pesar del temblor de sus manos.
—La Esencia me sostiene, la Academia me forja, mi Escama me cubre. Protegeré a la humanidad con mi propia vida. Porque un Cazador jamás huye de la muerte.
Cerón clavó la vista en la arena ensangrentada y repitió cada palabra sin titubear:
—La Esencia me sostiene, la Academia me forja, mi Escama me cubre. Protegeré a la humanidad con mi propia vida. Porque un Cazador jamás huye de la muerte.
Morgath apretó el cristal con ambas manos y lo partió en dos haciendo uso del resto de sus fuerzas.
Sus piernas temblaron tras el esfuerzo. El líquido elemental cayó sobre la cabeza de Cerón y penetró en él, encendiéndole la sangre como si le hubieran vertido plomo fundido en las venas.
Cerón arqueó la espalda con un grito sordo y clavó los dedos en la roca.
De sus ojos brotó una descarga de energía que se fracturó en diez destellos de luz.
Las diez luces comenzaron a girar a su alrededor a una velocidad vertiginosa acelerando coda vez más.
El rojo, el azul, el verde, el marrón, el dorado, el violeta, el negro, el gris, el naranja y el blanco formaron un torbellino cerrado que cortaba el aire con un zumbido ensordecedor.
De pronto, el destello azul rompió la trayectoria, se separó del resto y se hundió en el pecho de Cerón. En la galería, Elyndra saltó agitando los puños en el aire en señal de victoria.
—¡Lo sabía! ¡Lo he acertado! ¡Azul! ¡Os dije que sería ojos azu...!
El cuerpo de Cerón se alzó, sus piernas se alejaron del suelo y todo él flotó sobre el Crisol. El grito de la Cazadora se cortó en seco cuando una luz, esta vez dorada, se desprendió del torbellino y se clavó con violencia en el pecho del mago, fusionándose con la primera.
El silencio cayó como una losa sobre la galería. Los instructores se quedaron inmóviles y los cadetes se pegaron al cristal con los ojos desorbitados.
—¡Imposible! —bramó un instructor.
—¡Son dos! ¡Tiene dos colores! —gritaron en la grada.
Owen se quedó pálido, incapaz de articular palabra, mientras Freya sonreía y asentía a su lado. Nadie comprendía qué estaba pasando.
¿O sí?
Sin embargo, las ocho luces restantes no se apagaron como con el resto de Cadetes.
En lugar de ello, aceleraron su giro en una fracción de segundo y, en una ráfaga brutal, continua y sin pausa, impactaron una tras otra contra el cuerpo de Cerón.
El rojo, el verde, el marrón, el violeta, el negro, el gris, el naranja y, en último lugar el blanco, se hundieron en su carne.
Cada impacto sacudió su cuerpo contra el suelo de piedra, devorando los colores sin dejar escapar uno solo de ellos.
La sala entera quedó petrificada. Nadie gritó. Nadie respiró siquiera.
Cerón cayó de rodillas sobre la arena, jadeando, con la boca abierta expulsando densas bocanadas de vapor. Tardó unos segundos en encontrar las fuerzas para alzar la cabeza hacia la galería. Nadie era capaz de decir una palabra. Morgath lo miraba tan aterrado como incrédulo.
En sus ojos ya no quedaba rastro del color humano. Sus iris eran un prisma continuo y ardiente donde los diez colores brillaban a la vez en un círculo continuo e interminable.